1 La mansión despierta #2
Thiago no tocó su taza.
—¿Elettra sabe lo de la inspección adelantada?
Alice miró a William. William miró a Brand. No fue un gesto casual. Fue una asignación.
—Lo sabrá hoy —dijo William—. Y tú irás a decírselo.
Brand dejó el cuchillo.
—¿Yo?
—Tú fuiste quien entró primero a Saint-Michel —dijo Alice, y en su voz no había arbitrariedad, sino una inteligencia casi feroz—. Tú ya conoces el lugar. Y, al parecer, la señorita Rinaldi no te ha cerrado la puerta todavía.
Nick soltó una risa breve, demasiado hermosa para ser inocente.
—Todavía.
Brand giró hacia él con una frialdad tan nítida que por un segundo el comedor pareció quedarse sin aire.
—¿Tienes algo más que decir?
Nick sostuvo su mirada. Tenía la herida todavía en el cuerpo, aunque se negara a reconocerle nombre. No era solo despecho. Era algo peor: la humillación de seguir deseando donde no lo habían elegido. Cuando habló, la ligereza fue un disfraz demasiado fino para taparlo del todo.
—Sí. —Apoyó los codos en la mesa—. Que cuando una mujer como Elizaveta entra a un salón, todos ustedes se comportan como si la inteligencia se les hubiera quedado en el guardarropa.
Philip levantó la vista, sorprendido de encontrar verdad entre tanta provocación.
Thiago observó a Nick con una atención nueva. Brand no se movió. Alice dejó la servilleta junto al plato.
—Nicholas.
—No he terminado. —La sonrisa de Nick ya no era sonrisa; era una costura a punto de abrirse—.
Y ahora tenemos a otra. No igual, no. Peor para nosotros.
Porque una mujer como Elettra no viene a seducir a nadie.
Viene a estar de pie. Y ustedes siempre pierden la cabeza con las mujeres que no los admiran.
Thiago se irguió apenas.
—Basta.
La palabra no sonó fuerte. Sonó cansada.
Nick giró hacia él.
—¿Te molesta lo que digo o que lo diga yo?
Thiago sostuvo su mirada sin mover un músculo. Y ahí estaba la diferencia feroz entre ambos: Nick parecía lanzarse hacia el mundo con todo el cuerpo por delante; Thiago apenas se inclinaba, pero algo en él hacía retroceder incluso el ruido.
—Me molesta que conviertas en espectáculo todo lo que te hiere.
Nick apartó la vista primero. No por derrota. Por defensa.
Tomó la taza y bebió de nuevo, como si el café pudiera ayudarlo a tragarse algo que no estaba dispuesto a nombrar. Alice exhaló muy despacio. William volvió al papel oficial. Philip miró hacia la ventana, donde la lluvia seguía marcando el cristal con dedos finos.
Fue Brand quien habló al final.
—Iré a Saint-Michel.
Alice asintió una vez, breve.
—Bien.
Pero Brand no había terminado.
—Y si alguien está usando la inspección para tocar a Lilianne, al orfanato o a la escuela, quiero saber quién.
William levantó la vista.
Hubo algo en sus ojos, apenas un reflejo de aprobación.
—Eso también —dijo— te concierne.
Nick soltó una pequeña risa sin humor.
—Mira qué rápido se vuelven personales las obras de caridad cuando hay una mujer en el centro.
Thiago cerró la mano sobre la servilleta.
No con fuerza. Con control. Demasiado control.
Brand lo vio y no le gustó sentir la incomodidad exacta que eso le produjo.
Porque entendía lo que significaba: Thiago no estaba reaccionando a Nick.
Estaba reaccionando al nombre de Elettra aunque nadie la hubiera pronunciado todavía en voz alta.
Aquello dejó en el pecho de Brand una punzada desagradable, casi indecorosa.
Celos, pensó con irritación. No. No todavía.
Pero la idea no desapareció.
El desayuno terminó con la lentitud falsa de las mañanas aristocráticas.
Los criados retiraron platos. Alice se llevó dos cartas al salón pequeño.
William pidió al mayordomo que llamara al chófer para Brand.
Philip se excusó con una inclinación mínima y desapareció por el corredor este, envuelto ya en esa elegancia de hombre que ha aprendido a salir de las escenas antes de que lo obliguen a convertirse en personaje central.
Nick se quedó de pie junto a la ventana, mirando la lluvia con las manos en los bolsillos, hermoso y deshecho de un modo que lo volvía más peligroso.
Thiago recogió un periódico sin leerlo de verdad.
Brand se puso los guantes.
Al pasar junto a Nick, este habló sin mirarlo:
—No vayas a Saint-Michel con esa cara.
—¿Qué cara?
Nick volvió la cabeza, justo para que el perfil le quedara perfecto.
—La de hombre que cree que puede arreglarlo todo si entra derecho por la puerta correcta.
Brand sintió un latigazo mínimo de ira.
—Cuida tu propio desastre.
Nick sonrió al cristal.
—Eso intento. Por eso reconozco el tuyo.
Brand siguió andando.
En el vestíbulo, Thiago ya estaba esperándolo junto al perchero central. No parecía haber corrido para alcanzarlo. En Thiago, incluso la urgencia conservaba modales.
—Brand.
Él se volvió.
El silencio entre ambos era antiguo, complejo, más lleno que muchas conversaciones. Afuera, la lluvia había empezado a caer con más constancia, fina y obstinada, como si París quisiera emborronar los bordes del día antes de dejar que ocurriera.
Thiago se metió una mano en el bolsillo del abrigo.
—Si vas a verla, no la uses.
Brand entornó apenas los ojos.
—¿Perdón?
—No hagas de Elettra una respuesta a todo lo demás.
La frase fue dicha con suavidad. Precisamente por eso golpeó más hondo. Brand se quedó inmóvil un segundo.
—No sabes de qué hablas.
Thiago no se defendió. No insistió. Solo lo miró con ese cansancio sereno que a veces parecía venirle de más lejos que la edad.
—Ojalá.
Y dio un paso atrás.
No había rabia en él. Ni desafío. Y acaso por eso Brand sintió la necesidad brutal, impropia, de decir algo que corrigiera aquella escena. Pero no encontró qué. Porque una parte suya odiaba que Thiago hubiera visto tanto. Y otra —más pequeña, más insoportable— odiaba que quizá hubiera visto bien.
El mayordomo abrió la puerta principal.
El aire húmedo de la mañana entró como una página nueva.
Brand salió sin mirar atrás. El coche esperaba ya junto a la escalinata, oscuro y brillante bajo la lluvia.
Al subir, levantó la vista una sola vez hacia las ventanas altas de la mansión.
Detrás de uno de los vidrios del primer piso creyó distinguir un movimiento: tal vez Alice, tal vez nadie.
La casa, con toda su piedra, su prestigio y su belleza disciplinada, parecía observarlo marcharse como si supiera algo que él todavía no.
El automóvil arrancó.
París se abrió ante él con sus bulevares húmedos, sus puentes de hierro, sus escaparates empañados y esa manera suya de parecer siempre al borde de una confidencia o una traición.
Mientras avanzaba hacia Saint-Michel, Brand apoyó el pulgar contra el borde del guante y pensó, no por primera vez, que el peligro verdadero rara vez se presenta con el rostro que uno ha temido durante años.
A veces llega con otro nombre. Con otra lengua. Con otro modo de mantenerse erguida y entonces no se siente como una caída, se siente, peor, como el principio.