Epílogo — Las dos Sevillas
Seis meses después, Reyes Cala entró en la Audiencia Provincial de Sevilla vestida de uniforme, con el pelo recogido y una carpeta bajo el brazo que ya no era azul ni pertenecía a Algeciras, sino un expediente ordenado y completo, listo para ser presentado ante un tribunal que llevaba semanas siguiendo, con una atención mediática sin precedentes en la historia reciente de la región, el juicio contra Ricardo Fontán, Rodrigo Solaz, Ignacio Almazán, Roberto Salido, Gonzalo Valdelomar, Fernando Iglesias, Emilio Restrepo y Andrés Miralles.
El juicio se había prolongado durante casi tres semanas, con sesiones que los periódicos nacionales cubrían cada día en portada, con las grabaciones de Miralles reproducidas ante el tribunal en un silencio sepulcral que Reyes recordaría, probablemente, durante el resto de su carrera, y con Rocío Bermúdez, ya con trece años recién cumplidos, prestando declaración por videoconferencia protegida desde una sala habilitada especialmente para menores, con una entereza que había hecho llorar, según le contaron después, a más de un periodista curtido en salas de justicia.
La sentencia, dictada aquella misma mañana, condenaba a Ricardo Fontán a dieciocho años de prisión por corrupción, coacciones y un delito de riesgo agravado para la integridad de un menor, con inhabilitación absoluta para cargo público de por vida; a Rodrigo Solaz, gracias a su colaboración, a nueve años, con beneficios penitenciarios condicionados a la reparación económica de las comunidades afectadas; a Almazán y a Gonzalo Valdelomar, a penas de entre seis y ocho años; y al resto de implicados, condenas proporcionales a su grado de participación, con Miralles y Restrepo recibiendo las condenas más reducidas en atención a su colaboración decisiva.
Enrique Valdelomar no llegó a sentarse en el banquillo —su coartada para la noche de la desaparición había resultado, al final, tan sólida como parecía—, pero salió del juicio con el apellido familiar arrastrado por los periódicos durante semanas y con el fondo patrimonial que llevaba tres generaciones sosteniendo prácticamente intervenido: la investigación patrimonial derivada del caso obligó a una auditoría completa de cada sociedad vinculada a los Valdelomar, y el propio Enrique, según supo Reyes por la prensa económica, había anunciado su retirada de cualquier cargo de administración, dejando el resto del patrimonio familiar en manos de gestores externos por primera vez en la historia de la firma.
La investigación derivada de los once proyectos documentados en la finca de Aracena había abierto, en los meses posteriores, procedimientos judiciales independientes en Almería, Huelva y Jaén, con equipos de la Unidad Central desplegados en cada provincia para reconstruir, comunidad por comunidad, el mismo patrón de intimidación y desalojo forzoso que Rocío Bermúdez, sin saberlo, había ayudado a desenmascarar por completo.
En Jaén, el proceso de recalificación que amenazaba a un núcleo de población gitana se había paralizado por completo, y el propio Ayuntamiento, presionado por la atención mediática, había anunciado un plan de realojo digno, negociado directamente con los representantes de la comunidad afectada, algo que, según le confesó a Reyes una periodista especializada en temas sociales, no tenía precedentes recientes en toda Andalucía.
Para El Vacie, la sentencia llegó acompañada, semanas antes, de algo que ni Custodio ni ninguno de sus vecinos se hubiera atrevido a esperar tras noventa años de promesas incumplidas: un plan de realojo digno, negociado directamente con una comisión vecinal presidida por el propio Custodio, con viviendas de protección oficial repartidas en varios barrios de la ciudad, respetando en la medida de lo posible los vínculos familiares y comunitarios que habían mantenido unida a aquella gente durante generaciones enteras, y con un compromiso público, firmado ante notario y ante las cámaras de televisión, de que el proceso no se completaría hasta que cada familia hubiera dado su consentimiento informado y voluntario.
Reyes fue a El Vacie aquella misma tarde, después de salir de la Audiencia, todavía con el uniforme puesto, incapaz de dejar pasar un día tan importante sin compartirlo con la gente que había convertido aquella investigación en algo mucho más profundo que un simple caso profesional.
Encontró a Custodio en su lugar de siempre, aunque la verja sin óxido, comprendió con una punzada de nostalgia anticipada, probablemente no seguiría allí mucho más tiempo, sustituida en unos meses por la puerta de un piso nuevo en algún barrio de la ciudad que Custodio todavía se resistía a nombrar sin cierta melancolía.
—Se ha hecho justicia, inspectora. Dieciocho años para Fontán. Hace un año, ni en mis mejores sueños hubiera imaginado ver algo así.
—Se lo debemos a mucha gente, Custodio. A usted, a Fermín, a Rosario, al Rafita, a Rocío sobre todo, que tuvo el valor de correr aquella noche en lugar de quedarse quieta.
—Se lo debemos también a usted, inspectora, y no pienso dejar que lo minimice otra vez.
Pero le voy a decir algo más, algo que llevo días pensando y que quiero que se lleve consigo, allá donde la lleve su carrera a partir de ahora: lo importante no ha sido solo condenar a esta gente.
Lo importante ha sido que, por primera vez en noventa años, alguien de fuera nos ha mirado de frente, sin prejuicios, sin dar nada por sentado, dispuesto a ver la verdad completa allá donde estuviera, dentro o fuera de estas calles.
Eso, inspectora, vale más que cualquier sentencia judicial.
Reyes visitó a Rafael Bermúdez en Alcalá de Guadaíra una semana después, aprovechando un domingo libre que llevaba meses sin poder disfrutar del todo, y lo encontró en el mismo patio de siempre, con la guitarra de su padre ya fuera de su rincón habitual, apoyada contra la pared con las cuerdas nuevas y relucientes, como si alguien hubiera vuelto, después de mucho tiempo, a tocarla con regularidad.
—Fermín viene algunos fines de semana, con Rocío y con Josele —le explicó Rafael, siguiendo la dirección de su mirada hacia el instrumento—.
Diez años de silencio, inspectora, y ahora no consigo que dejen de venir.
La vida tiene estas cosas, supongo: a veces hace falta que todo se rompa del todo para que, por fin, alguien decida arreglarlo de verdad.
—Me alegro mucho, Rafael. Se lo merece, después de todo lo que hizo por Rocío.
—No hice más de lo que cualquier familia debería hacer por los suyos, inspectora. Aunque le agradezco que insista en recordármelo. Ayuda a que uno no se sienta tan tonto por haber tardado diez años en descolgar un teléfono.
Antes de marcharse, Rafael le mencionó, de pasada, que Chano Vargas se había mudado definitivamente a Alcalá, recuperándose todavía de las secuelas físicas de la paliza recibida meses atrás, pero trabajando ya, con cierta regularidad, en el mantenimiento de las cuevas turísticas del arrabal de San Miguel, lejos por fin de las deudas y de los hombres peligrosos que habían estado a punto de costarle la vida.
—Le costó perdonarse a sí mismo, inspectora, por el miedo que sintió aquella noche, por no haber sido capaz de plantarle cara a esa gente antes de que las cosas llegaran tan lejos. Pero está mejor. Cada día un poco mejor.
—Me alegra mucho saberlo, Rafael. Se lo merece tanto como cualquiera.
Un año después de la sentencia, Reyes recibió una invitación que guardó, sin dudarlo un segundo, en el primer cajón de su nueva mesa en la comisaría, ya ascendida a inspectora jefe del Distrito Norte tras la jubilación de Ceballos, que se había marchado con una ceremonia sencilla y un discurso breve en el que había mencionado, sin poder contener la emoción, que aquel caso había sido «la prueba definitiva de que todavía merece la pena creer en este trabajo, incluso después de veintitrés años».
En esa misma ceremonia, Aróstegui le había hecho llegar noticias de Nuria Castán, ya condecorada por la operación de Aracena y trasladada a un puesto de mayor responsabilidad dentro de la Unidad Central: un mensaje breve, tan escueto como todo lo suyo, que decía solo que se alegraba de haber sido, aunque fuera por una sola noche, una pieza pequeña de algo que había merecido tanto la pena.
La invitación, escrita con una letra infantil todavía en proceso de perfeccionarse, anunciaba la apertura de un pequeño salón de peluquería en un local alquilado cerca de la Alameda de Hércules, gestionado por una academia de formación profesional para jóvenes de barrios desfavorecidos, con una lista de alumnas en prácticas encabezada, con orgullo evidente, por el nombre de Rocío Bermúdez, catorce años recién cumplidos, la más joven de todas las inscritas gracias a un programa especial de becas que la propia Fundación Secretariado Gitano había gestionado para ella tras conocer su historia.
Reyes acudió a la inauguración un sábado por la mañana, con el local pequeño pero luminoso lleno hasta los topes de familiares y vecinos venidos desde El Vacie, o desde los distintos barrios donde el realojo había ido dispersando, poco a poco, a aquella comunidad que sin embargo, comprobó Reyes con alivio, seguía tan unida como siempre, reuniéndose cada semana en algún punto acordado para no perder el hilo que llevaba generaciones sosteniéndolos.
Encontró a Rocío en el centro del pequeño salón, vestida con una bata blanca de aprendiz que le quedaba visiblemente grande, peinando con una concentración absoluta el pelo de una clienta voluntaria, entre los sillones blancos que había soñado durante tantas noches de miedo y de escondite, ahora convertidos, por fin, en algo tangible en lugar de en una fantasía infantil con la que consolarse.
—Inspectora Cala —dijo, al verla entrar, dejando el peine a un lado para correr a abrazarla con la misma efusividad de siempre—. ¿Ha visto los sillones? Son exactamente como los imaginaba. Bueno, casi exactamente. En mi cabeza eran un poco más grandes.
—Son perfectos, Rocío. Y tú estás mucho más guapa con esa bata de lo que ninguna peluquera profesional que yo conozca haya estado nunca.
Rocío se rió, con una risa despreocupada, absolutamente infantil, que Reyes había temido, durante los meses más oscuros de aquella investigación, que aquella niña jamás volviera a recuperar del todo.
Salió del salón a media tarde, después de una celebración sencilla con dulces caseros y refrescos compartidos entre vecinos que ya no vivían todos en el mismo callejón pero que seguían siendo, en el sentido más profundo de la palabra, la misma familia extensa de siempre, y caminó despacio hacia el coche, dejando que el sol de la tarde le calentara la espalda mientras cruzaba la Alameda de Hércules en dirección al centro histórico.
Se detuvo, sin planearlo del todo, en un mirador improvisado junto al río, desde donde se veía, a un lado, la Giralda recortada contra un cielo ya anaranjado, y al otro, mucho más lejos pero perfectamente visible en la distancia clara de aquella tarde, la Torre Sevilla asomando sobre el perfil de la ciudad como un dedo de cristal apuntando hacia un futuro todavía por escribir.
Pensó en el primer día que había cruzado la frontera de Cádiz, meses atrás, calculando aquella misma distancia entre dos torres, entre dos siglos, entre dos ciudades que llevaban generaciones enteras coexistiendo sin llegar nunca a mirarse de verdad.
Pensó en El Vacie, ya dispersado en pisos nuevos repartidos por toda la ciudad, pero todavía unido por lazos que ningún realojo, por bien gestionado que estuviera, podría romper del todo.
Pensó en Rocío, con su bata blanca de aprendiz y sus sillones «casi exactamente» como los había imaginado.
Y pensó, por último, en Custodio, y en aquella frase que se le había quedado grabada como pocas otras a lo largo de toda la investigación: que lo importante, más allá de cualquier sentencia judicial, había sido que alguien de fuera, por fin, hubiera decidido mirar de frente.
Aquellas dos Sevillas, comprendió Reyes mientras el sol terminaba de ponerse sobre el río, no habían dejado de ser distintas, ni lo serían nunca del todo, con sus propias historias, sus propias heridas, sus propias maneras de entender el mundo.
Pero por primera vez en noventa años, algo tan simple y tan profundo como una mirada honesta había conseguido tender un puente entre ambas, un puente frágil todavía, construido apenas con la fuerza de un puñado de personas dispuestas a confiar cuando todo, durante generaciones, les había enseñado a no hacerlo.
Y quizás, pensó Reyes, subiendo por fin al coche mientras las primeras luces de la ciudad empezaban a encenderse contra el cielo ya oscuro, aquel puente frágil fuera, después de todo, la única clase de justicia verdadera que una ciudad entera podía ofrecerse a sí misma: no la ausencia de diferencia, sino la decisión constante, renovada cada día, de seguir mirándose de frente.