Capítulo 38 #2
—Ese nodo lleva cuatro meses activo —dijo—. Y un hombre desde Hamburgo lo está usando como referencia de navegación sin que nadie le haya enseñado cómo hacerlo.
La estructura estaba funcionando. Lo que Elena había construido funcionaba.
Comieron en silencio durante un rato. Fuera, Lyon a la hora de cenar, el ruido amortiguado de la ciudad bajo la lluvia.
—¿Cuándo vuelven a Madrid? —dijo Claire.
—Mañana —dijo Daniel.
—¿Y yo que hago?
Daniel miró a Sara. Sara tenía el tenedor en la mano pero no comía.
—Usted nos manda todo lo que tiene —dijo Daniel—. Copias del cuaderno, de las carpetas, los diagramas digitalizados. —Una pausa—. Y si quiere, viene a Madrid la semana que viene.
Claire miró el diagrama de la pared. Ciento cuatro cruces, seis meses, tres idiomas de anotaciones.
—Sí —dijo—. Quiero.
* * *
Después de cenar, Claire sacó el cuarto cuaderno otra vez y lo abrió por una página que tenía el margen doblado.
—Esto lo escribí la semana pasada. —Lo giró hacia ellos—. Después del cruce en que la arquitecta se orientó hacia mí.
Era un párrafo en francés. Sara lo leyó en voz baja y lo tradujo para Daniel: «El proceso no es solo lo que nos ocurre a nosotros.
Es lo que nosotros le ocurrimos al proceso.
Cada cruce cambia la estructura del interior.
Cada cruce cambia también al que cruza. No es una dirección.
Son dos. Y quien lleva más tiempo dentro ha tenido más tiempo para entender ambas. »
Daniel leyó el párrafo dos veces.
—¿Cuándo lo entendió usted? —dijo.
—No lo he entendido del todo. Pero sí entendí que la persona que está dentro no está atrapada porque no pueda salir. Está ahí porque eligió quedarse para entender la segunda dirección.
El silencio posterior era diferente de los anteriores. Era el silencio de algo que ha sido dicho y no puede desdecirse.
Sara tenía los codos sobre la mesa y las manos juntas. Miraba el cuaderno sin leerlo.
—¿Siente usted las dos direcciones? —dijo Sara a Claire. Sin girarse hacia ella: mirando el cuaderno.
—La primera, sí. Cruzar cambia algo en mí cada vez. La segunda... —Claire eligió las palabras—. Solo la insinúo. Desde fuera del nodo central. Desde cerca del borde.
Sara levantó la vista.
—Yo la siento desde el viernes —dijo.
Claire la miró durante un momento.
—Lo sé —dijo—. Por eso vine a Lyon y esperé.
Daniel los miraba a los dos. Fuera, la lluvia había parado. La ciudad más silenciosa.
—¿Cuánto tiempo lleva esperando? —dijo Daniel a Claire.
—Pensé en venir desde que empecé a sentir que el cuarto nodo se estabilizaba. Hace ocho días. —Una pausa—. Sabía que quien lo había anclado vendría a entender lo que había hecho. Pero sabía que no sería necesario venirhasta hace tres días.
Daniel pensó en el significado de eso. Claire decidió volver a Lyon hace tres días porque sentía, desde dentro del Umbral, que la persona que había construido el cuarto nodo estaba en camino.
Sara sabía lo que había construido. Lo supo desde el momento en que Daniel le dijo que el nodo central era el ancla del sistema.
Lo supo antes de que se lo dijera.
—¿Qué necesita de nosotros? —dijo Daniel a Claire.
—Necesito que alguien entre al nodo central —dijo Claire—. No yo. Yo no tengo el acceso. Pero usted —miró a Sara— ya estuvo ahí. Volvió diferente. Y la estructura se estabilizó.
—¿Dice que debería entrar otra vez? —dijo Sara.
—No lo sé con exactitud. Pero creo que lo que está dentro puede comunicarse con lo que está fuera de una manera que hasta ahora no ha sido posible. Si hay alguien en el nodo central que sepa moverse en las dos direcciones... —Claire se detuvo—. Creo que la arquitecta podría hablar.
Nadie dijo nada durante un momento.
Daniel miró el monitor portátil. La señal de Sara, el treinta y cuatro por ciento. La señal de Elena, estable en la banda inferior.
Sara miró a Daniel.
—No esta noche —dijo Daniel.
—No —dijo Sara. Y no dijo nada más.
Recogieron la mesa en silencio. Claire les dejó las llaves de un apartamento de un amigo a dos bloques.
Cuando salieron a la calle, la lluvia había dejado el adoquín brillante y el aire tenía el olor específico de Lyon a esa hora: piedra mojada, el río cerca, algo que podía ser pan o podía ser madera.
—Mañana —dijo Sara.
No como promesa. Como dato.
En el apartamento del amigo de Claire, Daniel se sentó a la mesa con el cuaderno de notas y escribió las dos direcciones que había mencionado Claire. No para recordarlo: para verlo escrito. El proceso cambia al que cruza. Y el que cruza cambia el proceso.
Dos años. Cuarenta sesiones. Nueve cuadernos de Carvalho. Todo ese tiempo pensando en el Umbral como algo que ocurría y en él mismo como alguien a quien le ocurría. Sin ver la segunda dirección.
Elena la había visto. Había estado dos años dentro entendiendo las dos direcciones a la vez.
Y Sara las estaba entendiendo ahora, desde fuera, con el treinta y cuatro por ciento de su señal ya cambiada.
Mañana entrarían al nodo central.
No como plan. Como la consecuencia inevitable de todo lo que habían hecho desde el lunes.
Ciento cuatro cruces. Seis meses. Una sola observadora, sin equipo ni red. Lo que los nueve cuadernos de Carvalho no habían podido dar porque Carvalho siempre había estado fuera. Lo que el cuaderno de Claire tenía porque ella había decidido entrar.
Daniel cerró el cuaderno de notas. Sara dormía. Fuera, Lyon a las dos de la mañana.