Capítulo 22
Herrera
La reunión con la UCACE no fue lo que Marcos había prometido.
Las instalaciones de la calle Alcalá eran una quinta planta sin logotipo en la puerta: tres despachos, una sala de reuniones con una mesa demasiado grande para el espacio, ventanas que daban a la mediana de la avenida.
En la pared del fondo había una pantalla que mostraba datos en tiempo real que Daniel tardó un momento en reconocer.
Cuando los reconoció, tuvo que obligarse a no mirarla.
Era la señal de su propio laboratorio.
La UCACE llevaba cuatro meses monitorizando el campo electromagnético del edificio del Instituto en tiempo real.
En la pantalla estaban las tres plantas, los pasillos, las oficinas, y en el extremo superior derecho el rectángulo que correspondía al laboratorio de biofeedback, pulsando a un ritmo que Daniel conocía de memoria porque era el mismo que veía en el monitor del GIM cada noche.
Exactamente el mismo pulso que llevaba semanas midiendo Sara.
El que la UCACE había estado midiendo desde fuera, sin equipo especializado, con la instrumentación estándar de su departamento, y había conseguido de todas formas porque la señal era lo bastante fuerte como para no necesitar filtros propietarios.
Cortés no fingió que Daniel no lo había visto.
—Lo que mide esa pantalla —dijo— no es cognición.
No es actividad neurológica. Es campo. El campo que genera el laboratorio a dos plantas de distancia ha triplicado su intensidad en estas cuatro semanas.
Y a diferencia de cualquier otro campo que hayamos medido en un contexto de investigación científica, este tiene estructura.
Patrón. Se reorganiza de maneras que no son aleatorias.
—Cortés inclinó la cabeza hacia la pantalla—.
Lo que la UCACE necesita saber, Dr. Vega, es si usted controla esa reorganización o si la reorganización lo controla a usted.
Daniel miró la pantalla. Pensó en la cuarta señal del monitor del GIM. En el ruido de fondo que Carvalho había archivado treinta años atrás. En el decimoquinto símbolo formado en la pared del laboratorio mientras el edificio dormía.
—No lo sé —dijo. Era la primera vez en semanas que respondía con exactitud a una pregunta directa, sin calcular antes lo que la respuesta iba a costar.
Cortés asintió. No con satisfacción: con el alivio de quien lleva meses esperando que alguien deje de mentirle.
—Le voy a enseñar algo. —Cortés fue a la pantalla.
Seleccionó un gráfico que Daniel no había visto en la visualización inicial—.
Esta es la curva de expansión del campo electromagnético en los últimos cuatro meses.
—La línea era exponencial. No lineal, no gradual: exponencial—.
Cuando comenzamos la monitorización, el campo era mesurable hasta cuarenta metros del edificio.
Esta semana alcanza los ciento treinta. A este ritmo, en unas tres semanas alcanzará el kilómetro.
Marcos no dijo nada.
—¿Y eso qué implica? —dijo Daniel.
—Que hay personas en las tres manzanas adyacentes al Instituto que están siendo afectadas por un fenómeno que no hemos clasificado todavía, que no han sido informadas, y que no han dado ningún tipo de consentimiento.
—Cortés cerró el gráfico—. La UCACE no investiga protocolos.
Investiga efectos. Y los efectos de lo que ocurre en su laboratorio ya no están dentro de su laboratorio.
Marcos intervino entonces. La reunión derivó hacia tecnicismos: documentación de protocolo, plazos de publicación de resultados, definición de qué constituía exactamente la actividad experimental declarada bajo el acuerdo sectorial vigente.
Había un abogado en la sala, del lado de la UCACE, que tomaba notas sin hablar.
Cuarenta minutos después, cuando parecía que se acercaban a los términos de algún tipo de acuerdo provisional, Cortés abrió una carpeta que hasta ese momento había estado cerrada sobre la mesa.
—Antes de cerrar la reunión. —Sacó dos hojas—.
El jueves pasado, con los datos de expansión de campo de esa semana, la UCACE presentó ante el ministerio una solicitud de suspensión de financiación pública del protocolo LÚCID-3.
La solicitud está en revisión. El plazo de resolución es de una semana.
—Dejó las hojas sobre la mesa frente a Marcos—.
Eso significa que el viernes a las diez de la mañana, independientemente de lo que acordemos hoy, el ministerio decidirá si el protocolo puede continuar bajo fondos públicos.
Silencio.
—No nos lo habían notificado —dijo Marcos.
—La notificación es simultánea al procedimiento. —Cortés no se disculpó—. No es una amenaza, es un proceso. Pero el proceso ya ha empezado.
Daniel miró a Marcos. Marcos miraba las hojas con la cara de alguien que acaba de descubrir que el tablero de juego tenía una dimensión que no había visto.
En doce años de gestionar umbraleros para el GIM, Marcos había gestionado comités, UCACE, ministerios, y la intersección burocrática de todos ellos.
Pero lo que Cortés acababa de poner sobre la mesa no era una negociación.
Era un hecho consumado con temporizador.
Una semana desde el jueves. El viernes a las diez sabrían algo.
Cuatro días, si el laboratorio seguía abierto hasta el viernes. Tres si la solicitud se procesaba antes.
—¿Qué necesitan para retirar la solicitud? —dijo Daniel.
Cortés lo miró. Era la primera pregunta directa que Daniel había hecho en toda la reunión.
—Demostración de que los efectos de campo son controlables y contenibles dentro del perímetro del laboratorio. No un compromiso verbal. No un documento de síntesis. Datos en tiempo real que demuestren que el campo no sigue expandiéndose.
—Eso no es posible —dijo Daniel—. No en cuatro días.
—Lo sé. —Cortés cerró la carpeta—. Por eso presentamos la solicitud el jueves.
Salieron a las once y media. En la calle, Marcos caminó media manzana sin decir nada. El tráfico de la Alcalá a mediodía, el ruido de las obras en la acera de enfrente, el frío de noviembre que todavía no había decidido si era otoño o ya era otra cosa.
—Gana tiempo —había dicho Marcos el domingo. Era lo que siempre decía Marcos cuando no tenía solución: ganar tiempo, esperar que la situación se reequilibrara, encontrar el ángulo institucional que dejaba a todos en la posición de poder pretender que no había pasado nada irreversible.
Esta vez no lo dijo.
—¿Cuánto necesitas? —dijo Marcos.
Daniel lo miró.
—Para qué.
—Para lo que sea que estás planeando hacer.
Daniel pensó en la señal de Elena al dieciocho por ciento.
En la curva exponencial del campo electromagnético.
En la hoja que llevaba en el bolsillo interior de la chaqueta desde la noche anterior, doblada en cuatro, con lo que había escrito después de entender lo que le pasaba a Elena cuando él intentaba acercarse a ella.
—Cuatro días —dijo—. Cinco si la señal aguanta.
Marcos asintió. Lo que eso significaba para el GIM, para el protocolo, para la negociación con la UCACE, era un cálculo que Marcos iba a tener que hacer solo. Daniel ya no tenía energía para hacerlo por él.
* * *
Llamó a Claudia desde el taxi, antes de bajar.
—Necesito la dirección de Herrera —dijo.
Un silencio. Más largo que lo habitual en Claudia, que procesaba y respondía sin pausa y usaba el silencio como herramienta, no como vacío.
—Herrera no quiere ser encontrado.
—Su hermana murió con las marcas en la cara. Usted nos ocultó eso durante meses. —Daniel mantuvo la voz plana—. Me debe una.
Otro silencio. Más corto que el primero. Claudia haciendo el cálculo de lo que costaba dar la dirección frente a lo que costaba no darla.
Le dio una calle, un número, un piso. Un barrio del sur de Madrid que Daniel no frecuentaba.
—Si Herrera no quiere hablar —dijo Claudia—, no hay nada que yo pueda hacer desde aquí.
—Lo sé.
Colgó. Le dijo al taxista la nueva dirección.
Daniel había aprendido a leer a Claudia por sus silencios.
Cuatro segundos entre el primero y el segundo: era suficiente para calcular algo que tenía más de una variable en juego.
Lo que Claudia no sabía era que Daniel llevaba días sin poder mirarla del mismo modo.
Teresa Kowalski. La hermana con las marcas en la cara.
La persona que Saraiva había enviado a un puente en la oscuridad sin explicarle del todo lo que iba a pasar.
Claudia había callado eso durante meses, mientras construía con Daniel la misma red de confianza que su propia familia había utilizado y que el proceso había destruido.
No era que Claudia le hubiera mentido: era que había elegido qué verdades compartir y en qué orden.
Igual que todos los demás desde el principio del protocolo.
Herrera vivía en Carabanchel, en un cuarto sin ascensor de una calle con árboles sin hojas y coches aparcados en doble fila.
La puerta del edificio estaba abierta. Daniel subió a pie contando los rellanos: uno, dos, tres, cuatro.
Una puerta de madera oscura con una mirilla y sin timbre visible. Llamó con los nudillos, dos veces.
Silencio. A la tercera, pasos.
La puerta la abrió un hombre de unos sesenta y cinco años, delgado, con el pelo blanco cortado muy corto y una camiseta de manga corta que llevaba las marcas en los brazos sin intentar ocultarlas: dos líneas oscuras, ramificadas, que llegaban desde las muñecas hasta los codos.
Como las que Daniel tenía en el cuello y la mandíbula.
Pero más viejas. Más integradas en la piel, como si el cuerpo hubiera tenido tiempo de encontrar la manera de incorporarlas sin que parecieran ajenas.
Herrera lo miró. No con sorpresa. Con la atención de quien ha esperado tanto tiempo que la llegada ya no pesa lo que debería.
—Sabía que iba a venir alguien. Esperaba que fuera antes. —Abrió la puerta—. Entre.