Capítulo 19
Después de Saber
Daniel no fue a la evaluación de Pascual a la mañana siguiente.
No porque lo decidiera. Porque a las seis de la mañana seguía en el sillón del laboratorio con los ojos abiertos y los brazos cruzados sobre el pecho y la sensación de que moverse requería de una decisión que no era capaz de tomar.
Sara se había ido a las tres. Le había dicho que se fuera a casa. Él no se había ido. Sara no había insistido. Lo había mirado desde la puerta, había abierto la boca para decir algo, y se había ido sin decirlo.
No encontró dónde ponerse.
A las siete de la mañana Daniel estaba en el mismo sitio, con las mismas luces apagadas, con el mismo silencio del edificio antes de que la gente llegara.
Intentó levantarse dos veces. Las dos veces se quedó donde estaba.
No porque el cuerpo no respondiera — la mano izquierda funcionaba, las piernas funcionaban — sino porque no encontraba una razón para estar de pie que pudiera competir con lo que sabía ahora .
Cada vez que había cruzado, había debilitado lo que Elena construyó para proteger el mundo.
Cada sesión. Cada noche sin equipo en el sillón del laboratorio.
Cada cruce en el hotel de Oporto. Cada vez que cerraba los ojos con la intención de encontrarla, la encontraba y al mismo tiempo la erosionaba.
Las mentiras de las que Sara le había pedido cuentas no eran lo peor. Lo peor eran las cuarenta sesiones que las habían precedido. Cuarenta veces que había cruzado creyendo que iba a buscar a Elena cuando lo que hacía era destruir su trabajo.
Cuarenta demoliciones disfrazadas de rescate.
Lo peor era que lo sabía ahora y no podía ignorarlo.
No podía volver al estado anterior — el del hombre que cruzaba con la certeza de que lo que hacía era correcto, necesario, justificado por un amor que trascendía todas las categorías ordinarias—.
Ese hombre ya no existía. Lo que quedaba era otro: uno que se miraba las manos en la oscuridad del laboratorio y no sabía qué hacer con ellas.
Pensó en Elena. No en la Elena del Umbral — la del abrigo rojo, la del café del lago, la que le decía cosas que no quería escuchar—.
En la Elena de antes. La que ponía los pies en la mesilla.
La que leía con la cabeza en su regazo. La que una noche de febrero le dijo que no sabía si lo que sentían era amor o costumbre y él le dijo que daba igual porque las dos cosas se sentían exactamente igual, y ella se rio, y eso fue lo más honesto que se dijeron en cinco años de relación.
Esa Elena había elegido protegerlo. Había mentido durante tres meses.
Había fabricado una discusión. Había conducido sola hasta Torija en la oscuridad de la noche sabiendo que no iba a volver.
Y lo había hecho para que él pudiera seguir durmiendo en la misma cama donde ella ya no dormía, comiendo en la misma mesa donde ella ya no comería, viviendo en el mismo mundo donde ella ya no viviría.
Y él había respondido a esa protección haciendo exactamente lo que ella le pidió que no hiciera.
No cruces más, le había dicho en la calle Serrano. La primera noche. Las primeras palabras.
No había escuchado.
A las ocho menos cuarto sonó el teléfono. Pascual. No cogió.
A las ocho sonó otra vez. Pascual de nuevo. No cogió.
A las ocho y diez llegó un mensaje: «Dr. Vega, no se ha presentado a la evaluación. Si no me llama antes de las nueve, notifico al comité la ausencia como incumplimiento del protocolo de supervisión.»
Daniel miró el mensaje. Lo leyó dos veces. Después llamó a Pascual.
—Estoy en el laboratorio —dijo—. No he dormido. No me he ido a casa.
Pascual no respondió inmediatamente.
—¿Está solo?
—Sí.
—Bajo en diez minutos.
Pascual bajó al laboratorio. Era la primera vez que hacía la evaluación fuera de su despacho.
Entró con el formulario en la mano, vio a Daniel en el sillón con la misma ropa del día anterior, vio las pantallas encendidas con datos corriendo, vio la pared con trece símbolos.
No dijo nada sobre las pantallas. No preguntó por los datos. Fue directamente hacia la pared.
Se detuvo frente a ella. Tocó el séptimo símbolo con el dedo. Lo miró como mira un médico una radiografía que no debería existir.
—¿Qué es esto? —dijo.
—Parte del protocolo.
—Esto no estaba la última vez que entré en esta sala.
—No.
Pascual miró los símbolos durante un momento. Después se giró hacia Daniel.
—¿Ha comido algo en las últimas veinticuatro horas?
—No.
—¿Ha dormido?
—No.
—¿Puede decirme qué día es?
Daniel tardó un segundo más de lo que debería.
—Jueves.
—Es viernes.
Silencio.
Pascual se sentó en la silla de Sara. No sacó el bolígrafo. No abrió el formulario.
—Daniel —dijo. Sin el «Dr. Vega» de las evaluaciones. Con el nombre de pila que solo usaba cuando la distancia profesional ya no servía—. ¿Qué ha pasado?
Daniel la miró. Pascual no estaba enfadada. Estaba preocupada. Y la preocupación en Pascual era peor que el enfado porque significaba que ya no lo veía como un sujeto experimental sino como un paciente .
—No puedo contárselo —dijo Daniel—. No porque no quiera. Porque si se lo cuento, lo que me diga no va a ser compatible con ningún protocolo que pueda firmar.
—Eso ya lo decidiré yo. No usted.
—Tiene razón. —Daniel se incorporó en el sillón—. ¿Qué necesita para no notificar la ausencia?
—Necesito creerme que tiene una razón para estar aquí a las ocho de la mañana después de no dormir y de no comer.
—Tengo una razón.
—¿Cuál?
Daniel miró la pared. Los trece símbolos. El decimocuarto empezando en la esquina inferior.
—Descubrí anoche que lo que he estado haciendo durante dos años es exactamente lo contrario de lo que creía.
Pascual lo miró. No dijo nada durante un momento. Tenía las manos cruzadas sobre el formulario sin abrir.
—No voy a preguntarle qué significa eso —dijo—. Pero voy a decirle algo que debería haberle dicho hace una semana.
Esperó.
—Lo que yo evalúo no es si puede continuar el protocolo.
Lo que evalúo es si es usted. Si la persona que tengo delante sigue siendo la persona que empezó esto.
—Pascual dejó el formulario sobre la mesa—.
Y lo que veo esta mañana no es una persona que ha perdido el juicio.
Es una persona que acaba de enterarse de algo que no puede soportar. La diferencia importa.
Firmó el formulario. «Sin cambios significativos.» La mentira compartida.
—Es la última vez —dijo al levantarse—. El lunes, este formulario dice la verdad o no existe.
Salió.
* * *
Sara llegó a las nueve y cuarto.
Traía café de la máquina del pasillo —dos vasos, sin azúcar— y el portátil de respaldo en la mochila. Se sentó en su silla. Le dio uno de los vasos a Daniel. No le preguntó cómo estaba. No le preguntó si había dormido. Lo que hizo fue abrir el portátil y empezar a trabajar.
Daniel la observó durante diez minutos. Sara tecleaba, consultaba datos, cambiaba entre ventanas.
Concentrada. Operativa. Como si la noche anterior — la sesión, Elena, la revelación, la llamada a Claudia— hubiera sido procesada, archivada y puesta en el compartimento que correspondía para poder seguir funcionando.
Pero las manos le temblaban.
Poco. Solo cuando dejaba de teclear y las apoyaba en la mesa. Un temblor fino, apenas visible, que desaparecía en cuanto volvía al teclado. Daniel lo vio tres veces en diez minutos.
—Sara.
No levantó la vista.
—Sara.
—¿Qué?
—Las manos.
Sara dejó de teclear. Miró sus propias manos sobre la mesa. Las espirales hasta la segunda falange, los bordes más oscuros que ayer. Y el temblor. Fino, constante, involuntario.
—Desde las cinco de la mañana —dijo—. Empezó cuando paré de trabajar en los datos. Si estoy haciendo algo no tiemblan. Si paro, sí.
—¿Duele?
—No. Es como el parpadeo. Algo que pasa en mi cuerpo sin que yo lo decida.
Sara miraba las manos con la misma atención que le dedicaba a los gráficos del EEG. Observando, midiendo, catalogando. Era su manera de no derrumbarse: convertir lo que le pasaba en dato.
—He verificado el nombre —dijo. Cambiando de tema con la precisión de un bisturí—. Teresa Kowalski. Hay un registro de defunción en Lisboa, en septiembre de 2023. La causa oficial es fallo multiorgánico. La edad coincide.
—¿Y su relación con Claudia?
—Kowalski era el apellido de soltera de la madre de Claudia. Teresa era tres años menor. —Sara volvió a la pantalla—. Claudia lleva meses ayudándonos mientras guarda un secreto del tamaño de su hermana muerta.
Daniel bebió un trago del café. Estaba frío. No le importó.
—¿Y los datos de la sesión?
—Los he analizado tres veces con el filtro del GIM. La inversión de fase durante los veintiún segundos de convergencia es reproducible. Los tres sistemas lo registran igual. No es un artefacto.
—¿Y qué significa eso para la teoría del eco?
Sara tardó.
—Significa que la teoría del eco no explica todo.
El nombre de Teresa Kowalski no puede ser un eco porque no estaba en tu memoria.
Pero la inversión de fase es real. —Hizo una pausa—.
Lo que creo es que la situación es más complicada de lo que Carvalho pensaba.
Elena puede ser real y al mismo tiempo tu señal puede estar reflejándose en el Umbral.
Las dos cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo.
Las dos cosas ciertas al mismo tiempo. Elena real y la señal invertida. Era como si el Umbral tomara lo que Daniel proyectaba y lo mezclara con lo que había al otro lado hasta que las dos cosas fueran indistinguibles.
—¿Y lo que Elena dijo sobre la membrana? —dijo Daniel—. ¿Es consistente con los datos?
Sara no respondió inmediatamente. Se levantó. Fue a la pantalla del monitor del GIM. Buscó algo. Lo encontró.
—Mira esto.
Daniel se acercó. La pantalla mostraba la señal de la segunda línea — la que habían llamado «fuente no determinada» durante meses — a lo largo de las últimas cuarenta sesiones. Sara había superpuesto una curva descendente sobre los datos.
—Esta es la amplitud de la segunda señal a lo largo del tiempo. Sesión uno: aquí. Sesión cuarenta: aquí. —Sara señaló la progresión—. Baja un dos por ciento por sesión. De forma constante.
Daniel miró la curva. Descendente. Estable. Un dos por ciento cada vez.
—Si la segunda señal es Elena sosteniendo la membrana —dijo Sara—, lo que esto muestra es que cada sesión la debilita un dos por ciento. En cuarenta sesiones, ha perdido un ochenta por ciento de la amplitud original.
Ochenta por ciento. Elena al veinte por ciento de lo que era cuando Daniel empezó a cruzar.
—¿Cuántas sesiones más antes de que llegue a cero?
—Al ritmo actual, entre ocho y diez.
Quizá solo ocho sesiones. Si cada sesión era un cruce, y si Daniel seguía cruzando al ritmo de los últimos días, Elena dejaba de sostener la membrana en menos de dos semanas.
Los mismos días que le quedaban antes de perder el control del cruce.
No era coincidencia. Los dos contadores llegaban a cero al mismo tiempo. Elena se agotaba al mismo ritmo que Daniel perdía el control. Como si el proceso estuviera diseñado así: la protección de Elena duraba exactamente lo que el umbralero tardaba en llegar al punto de no retorno. Ni un día más.
—Entonces no importa si me integro —dijo Daniel—. Si no hago nada, Elena se agota y la membrana cede. Si me integro, la membrana se estabiliza pero yo desaparezco. Y si sigo cruzando sin integrarme, acelero las dos cosas.
—Sí.
—¿Hay alguna opción que no termine mal?
Sara no respondió. La pregunta quedó en el aire del laboratorio como algo que los dos conocían pero que nadie había dicho en voz alta hasta ahora: no había opción buena. Solo opciones con diferentes grados de pérdida.
Sara cerró el portátil. Despacio. Con la misma calma con que cerraba los archivos que no quería seguir mirando.
Después se levantó. Fue al baño del laboratorio.
Daniel la oyó abrir el grifo. El agua corriendo. Y debajo del agua, algo que no era el grifo ni las tuberías ni el eco del baño. Un sonido corto, ahogado, que duró menos de diez segundos y que Sara habría negado haber hecho si Daniel lo hubiera mencionado.
Era la primera vez que oía a Sara llorando desde que Daniel la conocía.
No salió del baño a decírselo. No lo compartió. Lo escondió debajo del agua del grifo como se mete algo en un cajón que no se quiere abrir delante de nadie.
Daniel se quedó sentado en el sillón mirando la puerta del baño. El grifo corría. Las pantallas mostraban datos que nadie miraba. La pared sumaba otro símbolo.
Cuando Sara volvió, tenía los ojos secos y las manos más firmes que antes.
Se sentó frente al portátil y lo abrió. Abrió los datos de la sesión de anoche.
Los miró durante un minuto sin tocar el teclado, como si necesitara ese minuto para ser otra vez la persona que podía mirar datos sin que le temblaran las manos.
—Entonces, o el lunes el formulario de Pascual dice la verdad o no hay formulario —dijo Sara—. Eso nos da el fin de semana.
—¿Para qué?
—Para decidir. —Sara lo miró—. No tú. Los dos. Si esto termina contigo desapareciendo, no va a ser porque lo decidieras solo a las tres de la mañana en un sillón. Va a ser porque los dos miremos los datos y los dos digamos que era lo que había que hacer.
Daniel la miró. Sara Montiel, cinco años de trabajo juntos, las palmas con espirales, los dedos también con espirales, el temblor fino cuando dejaba de teclear, la señal theta que su cuerpo fabricaba cada siete segundos.
Sara, que había llorado casi diez segundos en el baño con el grifo abierto y que ahora le estaba diciendo que si él iba a desaparecer del mundo lo iban a decidir juntos.
—De acuerdo —dijo.
Sara asintió. Abrió el portátil de nuevo. Volvió a los datos.
Daniel miró su mano izquierda. Funcionaba. Por ahora.
Afuera, Madrid seguía. El tráfico de un viernes a mediodía.
La máquina de café del pasillo, que alguien había reparado durante la noche y que ahora zumbaba con la regularidad de algo que funciona sin saber para qué.
Los investigadores de las otras plantas subiendo y bajando por las escaleras sin mirar la puerta cerrada del laboratorio de biofeedback, sin saber que lo que había detrás de esa puerta estaba contando los días que le quedaban al mundo.
Cuatro días.
Las manos de Sara seguían temblando. Las manos de Daniel no.
Todavía no. Pero la mano izquierda falló a las doce y cuarto — un minuto y veinte segundos, el pinchazo hasta la base del cráneo — y cuando volvió, los dedos tardaron tres segundos más que la vez anterior en cerrarse cuando los mandó cerrar.
Tres segundos de retraso. Poco. Pero ayer era medio segundo.