Capítulo 14 #2
Debajo de la lista, en letra más grande, Carvalho había escrito una nota que no iba dirigida a nadie en particular. O que iba dirigida a alguien que todavía no existía:
«Cuando las marcas lleguen al cuello, el umbralero tiene entre doce y veintiocho días antes de que el cruce deje de ser voluntario. A partir de ese punto, la integración es la única opción que no termina en colapso. El umbralero debe elegir antes de que el Umbral elija por él.»
Daniel cerró la libreta.
Las marcas le habían llegado al cuello la noche anterior. Unas veinticuatro horas antes.
Tenía entre doce y veintiocho días.
—¿Cuándo aparecieron las marcas en el cuello de Carvalho? —dijo.
—En septiembre de 1993. Murió en febrero de 1994. —Claudia hizo una pausa—. Pero Carvalho no era el umbralero. Su proceso fue más lento. El de usted será más rápido.
—¿Cuánto más rápido?
—No lo sé. Nadie lo sabe. No hay precedente de un umbralero que haya llegado tan lejos con la frecuencia de cruce que usted tiene.
Daniel miró la libreta cerrada sobre la mesa del salón. La misma mesa donde Elena dejaba las llaves. La misma mesa donde él se sentaba con el cuaderno a las tres de la mañana a anotar sesiones que no le contaba a nadie.
Doce días. Puede que veintiocho. Puede que menos.
—Hay algo más —dijo Claudia .
Se levantó. Fue a la mesa. Abrió la libreta por la última página.
No había texto. Solo un dibujo.
Un diagrama que ocupaba toda la página, trazado con la misma tinta que el resto del cuaderno pero con una precisión que contrastaba con la letra temblorosa de las páginas anteriores. Como si Carvalho hubiera gastado lo que le quedaba de pulso firme en este dibujo y solo en este dibujo.
Era una espiral.
No la espiral de las marcas del brazo. Esta era más compleja: una espiral doble que se cerraba sobre sí misma en un punto central, con siete ramificaciones que salían del centro hacia fuera. Cada ramificación terminaba en un símbolo.
Daniel reconoció cuatro de los siete.
Eran los mismos que estaban apareciendo en la pared de su laboratorio.
—El diagrama completo —dijo Claudia— es lo que Carvalho llamaba el mapa de la integración. Los siete símbolos tienen que estar presentes para que el umbralero pueda completar el proceso. —Señaló los cuatro que Daniel reconocía—. Cuatro ya los tiene. Le faltan tres.
—¿Cuántos hay en la pared del laboratorio ahora?
—Nueve.
—No todos son del mapa. Algunos son lo que Carvalho llamaba «escritura de la presencia». Comunicación directa del Umbral con este lado. —Claudia señaló los tres símbolos que Daniel no reconocía—. Estos tres son los que faltan. Y cuando aparezcan, el proceso entrará en la fase final.
Daniel miró el diagrama. Los siete símbolos alrededor de la espiral doble. El punto central donde todo convergía.
Y entonces vio algo que Claudia no le había señalado. En el margen inferior de la página, casi fuera del borde, con una letra tan pequeña que tuvo que acercar la libreta a los ojos: una anotación en portugués.
«O eco sabe mais do que eu. Talvez sempre soube.»
El eco sabe más que yo. Quizá siempre supo.
Carvalho, el hombre que había argumentado que la presencia era un eco del umbralero, había escrito en su última página que el eco sabía más que él.
No era una retractación. Era algo más complicado: la admisión de que incluso si Arael era un reflejo de Daniel, el reflejo había acumulado algo que el original no tenía.
Conocimiento. Perspectiva. La capacidad de ver desde un ángulo que el umbralero, atrapado en su propio lado de la membrana, no podía alcanzar.
Claudia estaba recogiendo la bolsa cuando pasó.
Daniel lo vio antes de sentirlo: las espirales de su antebrazo derecho se movieron.
No como algo que crece o se extiende. Las líneas mismas rotaron. Un giro lento, de no más de diez grados, como las agujas de un reloj que alguien hubiera puesto en marcha después de años parado. El movimiento duró tres segundos. Después se detuvo.
Claudia dejó la bolsa en el suelo.
Se acercó. Miró el brazo.
—Otra vez —dijo. En voz muy baja.
—¿Otra vez?
—Las vi moverse en Saraiva. Dos semanas antes de que muriera. —Claudia no apartó la vista del brazo—. Las espirales empezaron a rotar y ya no pararon.
Daniel miró su propio brazo. Las líneas inmóviles ahora, exactamente donde habían quedado después de la rotación. Diez grados más adelante que un minuto antes.
Diez grados.
Claudia recogió la bolsa del suelo. Se puso el abrigo. En la puerta se detuvo.
—Daniel. Lo que Herrera le contó sobre Elena esta noche. Que eligió irse. Que lo hizo para protegerle. —Claudia lo miró—. No cambia lo que usted tiene que hacer. Solo cambia por qué.
Salió.
Daniel se quedó en el salón del apartamento de Barquillo con el cuaderno de Carvalho sobre la mesa y las espirales de su brazo diez grados más cerca de completar una rotación que nadie sabía cuántas vueltas tenía.
A las seis de la mañana la luz del amanecer entró por la ventana y cayó sobre el diagrama de la última página. Los siete símbolos. La espiral doble. El punto central.
Cuatro de siete.
Y en la pared del laboratorio, a tres kilómetros de donde Daniel estaba sentado, los símbolos seguían formándose.
No lo sabía todavía. Lo sabría cuando Sara lo llamara a las siete y cuarto con una voz que él no le había oído nunca para decirle que el décimo símbolo había aparecido durante la noche y que este no se parecía a los anteriores.
Este era uno de los tres que faltaban.