El umbral (La Frontera de la Conciencia 1) Capítulo 14
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Capítulo 14

El Noveno Cuaderno

No durmió.

Ni siquiera lo intentó. Se sentó en la mesa de la cocina del apartamento de Barquillo con las luces apagadas y el papel de Herrera desdoblado frente a él. La dirección de Lisboa en letras de imprenta, sin nombre, sin código postal. Solo una calle y un número.

Lo que Herrera le había contado ocupaba un espacio nuevo en su cabeza, un espacio que hasta esa noche no existía y que ahora presionaba contra todo lo demás.

Elena no era una víctima. Elena había elegido cruzar.

Había elegido la noche, el lugar, el puente de Torija.

Había fabricado una discusión para irse sola.

Había contactado a la red tres meses antes.

Había hablado con Saraiva. Y durante todo ese tiempo, él estaba al otro lado de la pared del dormitorio sin saber nada.

Tres meses. Noventa días en los que Elena desayunaba con él, le preguntaba por el trabajo, le dejaba notas en la nevera, hacía las cosas que siempre había hecho, y por las noches cruzaba involuntariamente a un lugar que él todavía no sabía que existía .

No era una traición. Era algo peor: un acto de protección tan completo que no dejaba hueco para que él pudiera hacer nada.

Elena lo había protegido de la verdad con la misma precisión con que él llevaba semanas protegiendo el protocolo de Sara.

Las mismas mentiras. Las mismas omisiones.

La misma certeza de que el otro no podría soportar lo que estaba pasando.

Lo peor no era que Elena se hubiera ido. Lo peor era reconocerse en la manera en que lo había hecho.

A las tres de la mañana la mano izquierda dejó de responder. Esta vez no fueron treinta segundos. Fue un minuto y medio. Daniel se quedó sentado mirando los dedos inertes sobre la mesa, contando en silencio. Cuando volvieron, el pinchazo eléctrico subió hasta el hombro.

No había subido tan lejos antes.

A las cuatro marcó el número de Claudia.

Cogió al segundo tono.

—Herrera me ha dado su dirección de Lisboa —dijo Daniel. Sin preámbulo. A las cuatro de la mañana no había espacio para preámbulos.

Un silencio. Más largo que los de Claudia, que solía medir los silencios como medía todo lo demás.

—¿Cuándo habló con él?

—Esta noche. Me dijo que le dijera que ya era hora.

Otro silencio. Esta vez Daniel oyó algo al fondo: el ruido de alguien que se levanta de una cama. Claudia no estaba esperando la llamada. Estaba dormida.

—¿Dónde está ahora? —dijo Claudia.

—En Barquillo.

—¿Solo?

—Sí. Sara se fue a su casa hace unas horas.

—No voy a ir a Lisboa. —Claudia habló con la voz de alguien que acaba de tomar una decisión mientras la frase se formaba—. El cuaderno está aquí. En Madrid. Lo traje la semana pasada.

Daniel se quedó quieto.

—¿Lo tiene en Madrid?

—Lo tengo conmigo. Desde que supe que Herrera iba a hablar con usted. Sabía que sería esta semana. —Una pausa—. Puedo estar en Barquillo en unos cuarenta minutos.

—Venga.

* * *

Claudia llegó a las cuatro y cincuenta con una bolsa de tela que llevaba cruzada sobre el pecho como si contuviera algo que no pudiera separarse de su cuerpo.

Daniel le abrió la puerta del portal. Subieron en silencio. El edificio de Barquillo a esa hora tenía el silencio específico de los edificios viejos de Madrid antes del amanecer: las tuberías frías, el ascensor parado, los vecinos a tres capas de sueño.

En el salón, Claudia sacó de la bolsa una libreta de tapas negras idéntica a las ocho que había traído semanas antes. Pero esta era más gruesa y tenía el lomo reforzado con cinta adhesiva oscura, como si la hubieran abierto y cerrado demasiadas veces.

La dejó sobre la mesa con el mismo cuidado que las otras. Pero no la abrió.

—Antes de que lo lea necesita saber una cosa —dijo Claudia .

Daniel la miró.

—Los cuadernos no son sólo los de 1993. Carvalho llevaba registros desde finales de los setenta. Anotaba lo que veía conforme nacían personas con el perfil correcto. Algunos nombres los escribió antes de tener la teoría. Otros después. El de 1987 es el cuaderno donde el patrón se consolida.

—Carvalho escribió este cuaderno en el último año de su vida. 1993. Tenía las marcas desde hacía meses. Las espirales. —Claudia miraba la libreta sin tocarla—. Cuando lo escribió ya sabía que iba a morir. No porque estuviera enfermo. Porque el proceso ya era irreversible.

—¿Qué proceso?

—El mismo que le está pasando a usted.

Daniel miró su antebrazo. Las espirales que cruzaban el codo, subían hacia el bíceps. La línea del cuello.

—Carvalho no era el umbralero —continuó Claudia—.

Era un Tipo II avanzado. Como Sara. Pero estuvo tan cerca del fenómeno durante tanto tiempo que el Umbral empezó a tratarlo como si lo fuera.

Las marcas. Los cruces involuntarios. Las lagunas de memoria.

Los episodios de vocalización. —Hizo una pausa—.

Lo que realmente le ocurría a Carvalho al final es lo que le está ocurriendo a usted ahora.

Con una diferencia: usted sí es el umbralero.

Lo que significa que el proceso no lo va a matar.

—¿Qué va a hacer?

—Lea el cuaderno.

Daniel abrió la libreta .

La letra de Carvalho era diferente a la que había visto en las copias de la librería.

Allí era firme, controlada, era la caligrafía de un psiquiatra que lleva treinta años anotando con precisión.

Aquí era más grande, más abierta, con trazos que a veces se salían del renglón.

La letra de alguien que escribe deprisa porque no sabe cuánto tiempo le queda.

Las primeras páginas de la libreta documentaban lo que Carvalho llamaba «el catálogo de los precedentes».

Siete casos. Siete personas a lo largo de trescientos años que habían mostrado los signos del umbralero: las marcas, la capacidad de cruce controlado, la conexión con una presencia en el espacio intermedio.

Ninguno había llegado a la integración. Cinco habían muerto durante el proceso.

Los otros dos habían dejado de cruzar a tiempo y habían vivido el resto de sus vidas con las marcas y los sueños y la certeza de que algo incompleto les seguía esperando al otro lado.

Daniel leyó los siete casos. Nombres, fechas, ciudades.

Uno en Praga, 1687. Otro en Edimburgo, 1803.

Un tercero en Valparaíso, 1921. Los detalles variaban pero el patrón era el mismo: las marcas empezaban en los antebrazos, se extendían al pecho y al cuello, y cuando llegaban a la cara el cruce dejaba de ser voluntario.

Después de eso, el umbralero ya no decidía cuándo cruzar. El Umbral decidía por él.

Pasó las páginas. En la sección central del cuaderno, la letra de Carvalho cambiaba de nuevo: más pequeña, más apretada, como si quisiera meter más en menos espacio.

Y ahí estaba.

La sección sobre la que Claudia no le había hablado. La que llevaba por título, subrayado tres veces: «Sobre la naturaleza de la presencia.»

Daniel leyó.

Carvalho argumentaba —con la cautela de alguien que sabe que lo que va a escribir suena a locura y que por tanto necesita ser más riguroso y específico que nunca— que la presencia que el umbralero encontraba en el espacio intermedio no era una entidad independiente.

No era un ser. No era un guardián, ni un guía, ni un espíritu, ni nada que pudiera clasificarse con las categorías que la religión o la parapsicología habían ofrecido a lo largo de los siglos.

La presencia era un eco.

Un reflejo del propio umbralero, proyectado por el Umbral y devuelto amplificado.

Lo que el umbralero interpretaba como una inteligencia externa —la sensación de que algo sabía cosas sobre él, que anticipaba sus decisiones, que le hacía preguntas cuyas respuestas ya conocía— era su propia consciencia, refractada por la membrana entre los dos mundos y devuelta con una profundidad que el cerebro humano no podía distinguir.

Arael no era Arael. Arael era Daniel.

O eso creía Carvalho.

Daniel levantó la vista de la libreta. Claudia lo miraba desde la silla. No con curiosidad. Con la calma de quien ya sabe lo que el otro acaba de leer y lo que viene después.

—¿Usted cree que tiene razón? —dijo Daniel.

—Creo que Carvalho era la persona más rigurosa que he conocido y que cuando escribió eso llevaba meses investigándolo.

—Claudia midió cada palabra—. También creo que Carvalho nunca cruzó como umbralero.

Cruzó como Tipo II. Lo que significa que su experiencia de la presencia no era la misma que la suya.

—¿Y Saraiva? ¿Qué pensaba Saraiva ?

—Saraiva no estaba de acuerdo. Saraiva creía que la presencia era real. Independiente. Y que Carvalho se equivocaba porque estaba proyectando su formación de psiquiatra sobre algo que no cabía en la psiquiatría.

—¿Y usted?

Claudia tardó.

—Yo he cruzado cuatro veces en mi vida. Soy Tipo I.

Mi experiencia del Umbral es diferente a la suya y a la de Carvalho y a la de Saraiva.

—Hizo una pausa—. Lo que puedo decirle es que las cuatro veces que crucé sentí algo en el espacio intermedio.

Algo que no era yo. Algo que me miraba. Y que la sensación era demasiado precisa, demasiado específica, para ser un eco de mí misma.

—Entonces Carvalho estaba equivocado.

—No he dicho eso. He dicho que no lo sé. —Claudia señaló la libreta—. Siga leyendo. La parte que importa no es esa.

Daniel pasó las páginas. La letra de Carvalho se deterioraba conforme avanzaba el cuaderno: más temblorosa, con borrones, con palabras tachadas y reescritas encima.

En la penúltima página encontró lo que Claudia quería que viera.

Una lista. Sin título. Solo nombres y fechas. Los mismos siete umbraleros del catálogo de precedentes, pero con una columna adicional que no estaba en las primeras páginas: el número de días entre la aparición de las marcas en el cuello y la pérdida de control del cruce.

Praga, 1687: veintiún días.

Edimburgo, 1803: diecisiete días.

Valparaíso, 1921: veintiocho días.

El promedio era de veintidós días. El mínimo, doce.