Epílogo
Léa
Tres años después…
Dejé la maleta junto a la puerta y avancé por el pasillo intentando no hacer demasiado ruido. Había salido de Madrid después de desayunar y, con una parada rápida a mitad de camino, había llegado a Puerto de Bruma con tiempo de sobra antes de la barbacoa.
La casa estaba sospechosamente silenciosa, teniendo en cuenta que Hugo llevaba cinco días solo con Madeleine.
Lo encontré en el salón, tumbado en el sofá con una pierna medio colgando y la cabeza torcida sobre uno de los cojines. Dormía profundamente. Nuestra hija también, despatarrada sobre su pecho, con una mano enganchada a la camiseta de su padre y el pelo revuelto pegado a la frente.
Me apoyé en el marco de la puerta y sonreí.
Había pasado los últimos cinco días en Madrid cerrando un trabajo que llevaba meses preparando. Seguía dedicándome al audiovisual y disfrutándolo demasiado como para plantearme dejarlo.
Los primeros tiempos con Hugo habían tenido bastante menos de cuento de hadas y mucho más de kilómetros.
Yo seguí viviendo en Madrid entre semana y él mantuvo su vida en Puerto de Bruma, así que durante meses alternamos fines de semana.
Un viernes conducía yo; al siguiente era Hugo quien aparecía en mi casa con una bolsa de viaje y alguna queja sobre el tráfico de entrada a Madrid.
Javi e Inés se organizaron de una forma muy parecida. No siempre fue fácil cuadrar horarios y hubo veces en las que el trabajo nos obligó a pasar más tiempo separados del que nos habría gustado, pero todos pusimos de nuestra parte.
Con Hugo, aquello fue asentándose casi sin darnos cuenta.
Algo más de un año después nos casamos y, aunque yo había imaginado una boda pequeña, cometí el error de compartir esa idea con Elena, Inés y Javi.
El resultado fue una boda con bastante más gente de la prevista y medio Puerto de Bruma apareciendo en fotografías que ni siquiera recordaba que alguien hubiera hecho.
La Estrella también había encontrado su sitio durante aquellos tres años.
Lo que empezó como una carrera desesperada por completar veinte sesiones antes de que terminara agosto fue creciendo temporada tras temporada.
Ahora abríamos desde junio hasta finales de septiembre, proyectábamos muchas más películas y organizábamos ciclos temáticos, sesiones dobles y promociones con algunos negocios del pueblo.
Lo mejor era que ya no acudía únicamente la gente de Puerto de Bruma.
Cada verano llegaban personas de otros pueblos y turistas que se desplazaban expresamente para ver una película junto al mar.
Incluso habíamos empezado a abrir algún fin de semana fuera de temporada cuando el tiempo lo permitía.
Sacábamos mantas, colocábamos estufas de exterior y aprovechábamos alguna noche de mayo u octubre para encender otra vez La Estrella y llenar las sillas.
Durante el invierno yo seguía ocupándome de buena parte de la programación, los derechos, las subvenciones y las promociones desde Madrid, mientras Hugo controlaba el mantenimiento y todo aquello que necesitaba herramientas en lugar de un ordenador.
Seguíamos repartiendo nuestra vida entre los dos sitios y durante bastante tiempo funcionó así, hasta que me quedé embarazada.
Entonces fui yo quien empezó a imaginar otra cosa, no porque Hugo me lo pidiera ni porque de repente quisiera abandonar mi trabajo, sino porque, cuando pensaba en la vida que quería construir a partir de entonces, Puerto de Bruma aparecía una y otra vez: el mar, Elena, Inés, el taller de su padre, La Estrella y aquella sensación de familia que yo había tardado tantos años en recuperar.
Decidí que nuestra base estaría allí y también que quería bajar un poco el ritmo de trabajo en Madrid.
Seguí aceptando proyectos, viajando y pasando temporadas fuera cuando era necesario, pero dejé de encadenarlos como antes y empecé a dedicar más tiempo a La Estrella.
No había renunciado a mi profesión; simplemente ya no quería que ocupara todo el espacio.
Madeleine prácticamente había crecido entre el cine y el taller de su padre.
Dio algunos de sus primeros pasos entre las sillas de madera y lona de La Estrella, aprendió a decir «palomitas» mucho antes de lo que me habría gustado y ya sabía perfectamente por dónde se subía a la cabina de proyección, aunque Hugo y yo nos turnáramos para impedir que intentara hacerlo sola.
Verla allí seguía provocándome algo difícil de explicar. La Estrella había sido uno de los lugares más importantes para mis abuelos, después se había convertido en el problema que yo había querido vender cuanto antes y ahora era uno de los lugares favoritos de mi hija.
Madeleine se removió sobre el pecho de Hugo y él abrió un ojo. Tardó unos segundos en enfocarme antes de fruncir ligeramente el ceño.
—¿Cuánto tiempo llevas ahí?
—El suficiente para tener pruebas.
—¿Pruebas de qué?
Entré en el salón.
—¿Qué haces durmiendo, Durán? No tardarán en llegar todos para la barbacoa y tú aquí descansando como si lo tuvieras todo hecho.
Hugo volvió a cerrar los ojos.
—He estado cinco días solo con tu hija. Esto no es descansar, es supervivencia.
Me llevé una mano al pecho.
—¿Mi hija?
—Cuando duerme es nuestra.
—Qué listo.
—Cuando decide que las seis de la mañana es una hora estupenda para empezar el día, es tuya.
Me acerqué al sofá y contemplé a Madeleine.
—¿Qué habéis hecho para acabar los dos así?
—Tu hija ha decidido que las siestas limitan su libertad.
—Nuestra hija.
—Ahora está dormida, ha vuelto a ser nuestra.
Solté una risa y me incliné para besarlo con cuidado. Madeleine protestó entre nosotros y Hugo levantó una mano para apartarme.
—No molestes.
—Cinco días sin verme y me recibes así.
—Estoy priorizando.
—Te estás jugando el matrimonio.
—Tengo experiencia recuperándote.
—No abuses de tu suerte.
Madeleine abrió los ojos justo entonces y tardó menos de un segundo en reconocerme.
—¡Mami!
Se incorporó tan deprisa que tuve que cogerla antes de que se lanzara desde el sofá. Me rodeó el cuello y hundí la cara en su pelo mientras repetía «mami» como si llevara un mes sin verme en lugar de cinco días.
Hugo se incorporó mucho más despacio y se pasó una mano por la cara.
—Perfecto. Ha llegado su persona favorita. ¿Ahora puedo seguir durmiendo?
—Ni hablar. A la ducha.
Madeleine se separó de mí y lo señaló.
—Papi, ducha.
Hugo me miró.
—Fantástico, las dos contra mí.
—Ve acostumbrándote.
Una hora después, la casa había perdido por completo el silencio. Elena llegó primero, cargada con comida suficiente para convertir la barbacoa en algo casi innecesario.
Inés apareció poco después y Javi entró detrás de ella con dos bolsas de hielo, protestando porque nadie le había explicado que «comer en familia» significaba alimentar a una pequeña población.
—Llevas tres años viniendo —le recordó Hugo—. Ya deberías saber cómo funciona mi madre.
—Mantengo la esperanza de que algún día aprenda a calcular cantidades.
Elena lo miró desde la cocina.
—Te he oído.
—Decía que todo tiene una pinta estupenda.
Inés le quitó las bolsas.
—Cobarde.
—Superviviente.
Madeleine iba de unos brazos a otros reclamando atención, comida y cualquier objeto que alguien tuviera la desgracia de dejar a su alcance. Desde que había descubierto que correr era mucho más divertido que andar, no paraba quieta ni un segundo.
El timbre sonó cuando ya estábamos todos en el jardín. Javi fue a abrir y, unos segundos después, escuché la voz de Marcos antes de verlo aparecer con Clara, una de las enfermeras del centro de salud del pueblo, con quien salía desde hacía unos meses.
Marcos llevaba una camisa azul y, en cuanto Hugo reparó en ella, se quedó mirándolo. Él levantó un dedo en señal de advertencia.
—Otra vez de azul, Rivas.
Marcos cerró los ojos.
—Como vuelvas a mencionar a los Pitufos…
—¿Qué? ¿Vas a llamar a Papá Pitufo?
Javi soltó una carcajada y Madeleine empezó a reír, contagiada por los demás, aunque no tuviera ni idea de qué estábamos hablando. Clara miró a Marcos con una mezcla de curiosidad y diversión.
—¿Quiero saberlo?
—No.
—Sí —respondimos Hugo y yo al mismo tiempo.
Marcos señaló hacia la puerta.
—Todavía puedo marcharme.
—Pero deja el vino —dijo Hugo.
—Por esto no os presento nunca a nadie.
Clara empezó a reír.
—A mí ya me caen bien.
—Dales tiempo.
La tarde se repartió entre la mesa, la piscina y una cantidad absurda de comida que Elena intentó obligarnos a terminar.
Javi acabó en el agua después de intentar tirar a Inés y calcular bastante mal sus posibilidades; Marcos pasó media hora intentando convencer a Clara de que la historia de los Pitufos había sido exagerada y Hugo discutió con su madre sobre el punto de la carne como si de aquello dependiera la supervivencia de la familia.
Madeleine corrió de un lado a otro hasta descubrir una pelota hinchable flotando en la piscina.
—¡Papi!
Hugo se giró justo a tiempo para interceptarla antes de que se lanzara al agua vestida.
—Tú y yo tenemos que hablar de los límites.
—Agua.
—Ese no es un argumento.
—¡Agua!
Javi, todavía dentro de la piscina, señaló a la niña.
—Es igual que Léa.
—No sé por qué todo lo malo tiene que venir de mí.
—Porque es lo más sencillo —respondió Inés.
Hugo me buscó con la mirada desde el otro lado del jardín y sonrió.
Habíamos tardado demasiado en llegar hasta allí, así que quizá por eso todavía tenía momentos en los que necesitaba detenerme y observarlo todo: nuestra hija intentando convencer a su padre de que tirarse vestida a una piscina era una idea estupenda, Elena discutiendo con Javi, Inés riéndose de algo y Marcos defendiendo una camisa azul como si le fuera la vida en ello.
Era un caos, pero exactamente el tipo de caos que quería.
Cuando empezó a caer la tarde, Marcos y Clara fueron los primeros en marcharse. Javi e Inés se quedaron algo más, hasta que ella recordó que trabajaba temprano al día siguiente y él intentó negociar cinco minutos más porque todavía quedaba postre.
Elena se llevó a Madeleine dentro para ponerle el pijama mientras Hugo y yo empezábamos a recoger. Él estaba junto a la piscina con un par de vasos en la mano cuando me acerqué.
—Déjalos.
—Son dos vasos.
—Precisamente.
Los dejó sobre la mesa y me acerqué para rodearle la cintura.
—¿Cansada? —preguntó.
—Un poco.
Apoyó las manos en mis caderas.
—Te he echado de menos.
—Eso suena bastante mejor que «tu hija».
—Estaba agotado.
—Excusas.
Me besó y apoyé la cabeza contra su pecho mientras dentro de la casa escuchábamos a Elena negociar con Madeleine qué pijama quería ponerse.
—¿Sabes qué estaba pensando cuando os he visto dormidos? —pregunté.
—Que soy un padre extraordinario.
—Que estabas hecho polvo.
—También es verdad.
Me reí y levanté la cabeza.
—Pensaba en todo lo que ha cambiado en tres años.
Hugo recorrió el jardín con la mirada. Todavía quedaban algunos juguetes de Madeleine junto a la piscina y una de sus sandalias abandonada bajo la mesa.
—Bastante.
Miré alrededor antes de volverme hacia él.
—Crecerá aquí —dije—. Cerca del mar, de La Estrella, del taller… como nosotros.
Hugo sonrió.
—Con suerte, bastante menos idiota.
—Habla por ti.
Se echó a reír y me besó la sien. Me quedé abrazada a él, mirando el jardín ya casi vacío y pensando en lo distinto que era todo de lo que habría imaginado tres años atrás.
No habíamos tenido un plan perfecto ni todas las respuestas desde el principio.
Simplemente habíamos ido tomando decisiones, cambiando algunas por el camino y encontrando la forma de encajar todo lo que queríamos en nuestra vida.
Y, por primera vez, pensar en el futuro no se parecía en nada a renunciar a algo. Se parecía exactamente a haberlo elegido.