El Último Soldado de Alma (Helson Las últimas crónicas nº 3) Epílogo 3 El primer santuario
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Epílogo 3 El primer santuario

—Te quitaré esa porquería con láser, Gabriel Hunter —espero que donde quiera que estés, disfrutes este momento Zane; esta va por todas las balas que tú paraste por nosotros.

—Solo es un tatuaje y un septum, ma, no es la gran cosa.

—Dime, en tus escasos diecisiete años ¿cuándo nos viste a tu padre o a mí marcándonos de esa manera?

El pop tour de los noventas no sonaba lo suficientemente alto en la Alexa para mitigar los gritos de mi madre; en definitiva, estaba de regreso en casa.

—Sherly, permíteme un poco —mi padre trataba de lucir tranquilo a pesar de que se estaba poniendo rojo, haciendo un marcado contraste con sus canas—.

Natalie, Rachel, ¿verdad que Gabriel se ve horrible con eso puesto?

—Ambas se miraron con rapidez, mientras mi padre señalaba mi nariz y mi madre me frotaba la espalda, corroborando que no fuera una broma.

—Bueno, señor Hunter —Rachel inició con cautela—.

Yo sé que no es un look tradicional y al inicio me causó la misma impresión...

—Conocía el tono de contención de daños de la hechicera, lo había escuchado cientos de veces mientras su Scuse brincaba en cada sílaba—.

Pero si ve a Gabriel en la playa con sus lentes, tatuado y perforado, con su cuerpo bien trabajado descubierto, la verdad es irresistible —Natalie confirmó, genial, ambas eran unas fisgonas—.

Pero estoy de acuerdo, es algo inaceptable.

—No, no, no, hijas; ustedes se ven que son niñas de buena familia.

Los tatuajes y las perforaciones, desde una perspectiva antropológica, son muestras de pertenencia y jerarquía, pero también de estigmatización.

Desde los sacerdotes aztecas que se perforaban la lengua para ofrecer su sangre, hasta los guerreros escitas que cubrían su piel con bestias míticas para intimidar al enemigo, el tatuaje siempre ha sido un lenguaje.

Es una forma de decir: "Este es mi clan, este es mi dolor y este es mi rango".

Papá se ajustó las gafas y me dio media vuelta como si fuera una vasija que tenía que analizar frente a las chicas.

—Gabriel, tú no eres un Guerrero Jaguar que se tatuó para invocar la protección de un dios, ni te perforaste para marcar tu paso a la adultez.

Lo que hiciste fue tomar dos malas decisiones, las cuales espero que no resulten en que ahora tienes hepatitis.

Te tatuaste un uroboros con un tipo de arte nórdica.

Para la arqueología, eres un registro de desubicación cultural.

Has tomado símbolos de resistencia y sacrificio para convertirlos en un accesorio de moda que grita que no sabes aún quién eres.

Estás grafiteando el templo que yo mismo ayudé a construir, y lo peor es que crees que eso te hace "cool", cuando solo te hace lucir como un hallazgo de superficie: llamativo, pero sin contexto.

—Haremos una cita en este momento, te harás estudios de todo y te irás a cortar esos pelos de loco —tomé el celular de mi mamá y la abracé.

—VIH y Sífilis por si acaso —Natalie sugirió de forma disimulada y esquivó mi mirada cuando la fulminé con desdén.

—No saben cómo los extrañé, ha sido un año tremendamente largo lejos de ustedes.

No sé dónde esté Charles, pero estará bien —el cambio de la rabia asesina de mi madre al llanto desconsolado fue automático.

Papá la tomó en brazos y ambos se sentaron en el sofá.

Me puse de nuevo mi playera y caminé hacia las chicas, quienes observaban con curiosidad la casa.

La guarida Hunter era un maravilloso desastre de cajas, libros y polvorientas cosas viejas; también fue un alivio para nosotros porque marcó la última mudanza que haríamos.

O al menos eso pensé antes de moverme de aquí a Helson, de Helson a Barking y recientemente a Hyde Park en menos de un año.

Mis padres me explicaron que todo este tiempo estuvieron en la aventura más grande de sus carreras; la universidad les había otorgado un montón de fondos gracias a un inversor desconocido y se les asignaron dos estudiantes de doctorado, Virgil y Trixie, para acompañarlos.

Por fin habían superado el estigma de su búsqueda y la de mi abuelo por el Necronomiconm —por darle un nombre literario al Grimorio que podría explicar todo lo que la ciencia aún en pañales no podía descifrar—, el tesoro que revelaría los misterios del planeta...

Y sí que lo encontraron, pero antes de poder analizarlo a detalle o reportar el descubrimiento, algo pasó; estuvieron atrapados por meses en un extraño mundo de sueños.

Dice mi madre que antes de despertar pudo ver a Zane, quien los llevaba con unas alas de ángel por el cielo.

Y de pronto aparecieron en Atenas, sin pasaportes, sin Charles y sin idea de cómo encontrarlo; nadie localizaba a Virgil ni a Trixie, y el último lugar en el que trabajaron llevaba mucho tiempo vacío.

Sabía que la incertidumbre por todo lo que estaba pasando los estaba matando, pero hasta que no supiera cómo traer a Charles o a Zane de regreso, tendrían que soportar un poco más el misterio sin saber la verdad.

—Qué bonitas pompitas, Gabriel, siempre fuiste súper pálido.

Natalie se reía junto con mi padre mientras esculcaba la caja de una plancha vieja donde había fotos de nuestra infancia.

De Charles y mías solo había algunas cuantas, porque dicen que “la fotografía tradicional dejó de ser popular” y que en algún lugar están nuestros videos caseros y cientos de memorias de las primeras fotos digitales.

Yo creo que son mentiras de ambos y le tomaron un millón de fotos a Zane por ser su primer hijo y se olvidaron de nosotros.

—Es verdad, casi se me pasa. Helcorp, la corporación donde Zane iba a trabajar, ya había tramitado su seguro de vida cuando pasó lo del Times Warner y no nos pudieron localizar.

Pero la CEO también es dueña del colegio y cuando supo que yo era hermano de la única víctima registrada en su nómina, me entregó esto para ustedes —tal vez no era mi mejor mentira, pero les mostré a mis padres la carpeta con los documentos que Ceci me dio del fideicomiso que Zane hizo para ellos cuando comenzó a defraudar al sistema financiero para ganarle a Claude, o algo así.

—Esto es mucho dinero, George —comentó mi madre al ver la solicitud de datos bancarios para el depósito de los fondos mientras sus ojos trataban de no salirse de sus cuencas—. ¿Qué haremos con tanto?

—Yo creo que Zane hubiera querido que siguieran sus investigaciones sin estar restringidos por el presupuesto de la universidad, y que me comprara un auto último modelo —dije esperando que mi iniciativa colara.

—Sigues castigado, Gabriel Hunter, no se nos ha olvidado lo del maldito tatuaje y la perforación; antes de pedir cosas deberías agradecer que aún tienes trasero —bueno, lo intenté, pero mamá seguía siendo el jefe final imposible de vencer.

Pasamos las dos semanas antes de regresar a Londres con mis padres; el hecho de tener casa llena, de alguna manera, les alegraba un poco el corazón.

Salíamos en las tardes para que Rachel conociera Nueva York y, por alguna razón, la hechicera estaba muy interesada en los lugares por los que Natalie y yo solíamos pasear; incluso vimos desde fuera el Times Warner, donde todo inició, pero no pude entrar.

El resto del día era para holgazanear, ver a Ceniza perseguir ratas en los parques, escuchar mis vergonzosas historias de pequeño, armar rompecabezas y ver viejas películas de los noventas los cinco juntos, como era costumbre cuando estábamos de vacaciones.

Estar con mis padres era medicina para mi corazón roto; sentirme un hijo de casa que pregunta a su padre qué hará para desayunar y él usa todo el despliegue de sus habilidades culinarias para consentirlo.

En la guarida Hunter no tenía que ser el Souldier que lleva tres horas entrenando desde que amaneció antes de ir a la siguiente ciudad fantasma, o el tipo que hirió a la chica que amaba por ser ahora vampiro, o el idiota que había encontrado a sus dos hermanos solo para alejarlos.

En la guarida Hunter solo tenía que ser Gabriel de vacaciones que llevó a sus compañeras de la escuela.

No mentí cuando le dije a mis padres lo mucho que los había extrañado; sentí que estas dos semanas fueron un freno a la espiral de alcohol, desconocidas y miseria en la que me dejé caer en picada.

De hecho, sospecho que las chicas hicieron uso de mi sentido del deber para traerme a Nueva York y ver por mis padres; resultó que aún no era un adulto, simplemente un sujeto de diecisiete años con muchos problemas y necesitaba de manera desesperada el amor de sus papás.

Yo me conocía: si no me hubieran obligado a venir, no hubiera pedido ayuda; odiaba que siguieran gestionando lo que creían mejor para mí a mis espaldas, pero esta vez habían acertado.

Tal vez no confiaba en ellas y seguía muy herido y, aunque no se los diría, estaba agradecido con ambas.

Y aunque amaba mi ciudad y estar con mis padres, las vacaciones habían terminado.

Y no porque tuviera que regresar a Helson, sino porque esta vez haría las cosas bien; mi castigo no sería el exilio, esto no era un western donde el vaquero cruza la frontera y sana sus heridas en México.

Yo no tenía tiempo para descansar y reflexionar.

Llevaba días pensando en decirle a Sora que buscaríamos maneras para luchar contra todo lo que nos arrojaran las otras dimensiones; no permitiría que la obligaran a casarse con Miguel, ella merecía más que nadie su final feliz y mi misión autoimpuesta sería mejorar, mantener a Terra a salvo en lo que mis hermanos, Donna, Flo y Cat encontraban la manera para regresar.

La tarea no sería fácil ante la inestabilidad que se vivía todos los días, los gobiernos ocultos que no hacían nada y la amenaza latente de una guerra entre Ángeles y Demonios.

Y sí, en cierto punto perdí mi esperanza y mi identidad, pero yo era el último Souldier y encontraría las fuerzas para ponerme de nuevo en pie para que los demás no perdieran la suya.

—Mientras el fuego dentro de mí arda y tenga un soplo de vida, les haré ver su destino a los que atenten contra mi mundo.