Capítulo 4. El Archivo Blanco #3
—Peregrinaciones armadas. Mercados de reliquias.
Iglesias improvisadas. Estados declarando soberanía sobre piedras que hasta ayer dejaban pudrirse.
Corporaciones vendiendo tránsito de conciencia en paquetes familiares.
Milicias defendiendo ruinas de turistas con fiebre.
Niños arrastrados a cuevas porque alguien en una transmisión juró que allí hablaban los muertos.
Voss no levantó la voz. No necesitaba hacerlo. Lo peor era que no sonaba absurda.
—La gente ya hace todo eso sin ayuda —dijo Ali.
—Exacto. Imagine que por una vez tienen un motivo.
La sala quedó quieta. Ali habría preferido una villana. Una mujer con ambición simple, una ladrona de archivos, una ideóloga limpia. Voss era más molesta: entendía parte del peligro.
—Usted quiere controlar el relato —dijo Ali.
—Quiero que el relato no mate a quienes ni siquiera saben que existe.
—Y para eso vigilan, compran terrenos, bloquean expediciones, desacreditan informes y trasladan cadáveres.
—Para eso cometemos actos que no caben en una versión cómoda de la palabra cuidado.
El vicesecretario carraspeó.
—Octavia…
—No —dijo Voss, sin mirarlo—. La doctora MacNali no ha venido a escuchar nuestra versión limpia.
Ali sintió una punzada de respeto y la aplastó de inmediato.
—Mi padre estaba en White Sands durante la sincronización —dijo—. Ustedes lo sabían.
—Supimos que había entrado tarde.
—¿Antes o después de que muriera?
Voss tardó medio segundo.
—Antes.
El silencio que siguió sí pesó.
—¿Intentaron sacarlo?
—Se envió un equipo.
—¿Llegó?
—No a tiempo.
—Qué conveniente.
La mujer de defensa se inclinó hacia delante.
—Doctora, está insinuando una acusación grave.
—No. Estoy reuniendo materiales para formularla bien.
Voss no apartó la vista.
—Elias no confiaba en nosotros.
—Qué instinto tan saludable.
—Tampoco confiaba en usted.
La frase entró sin ruido. Eso la hizo peor.
Ali se quedó quieta.
—Cuidado —dijo.
—No lo digo para herirla.
—Eso suelen decir las personas justo antes de elegir el sitio exacto.
Voss respiró despacio. Por primera vez pareció cansada de verdad.
—Su padre dejó fuera a todos. A usted, al Archivo, a Helix-3, a sus colegas. Creyó que si entendía lo suficiente podría decidir cuándo abrir la puerta. Era brillante. También era soberbio. Y estaba solo.
Ali no contestó. La unidad de Elias pesaba contra su muslo. Se acordó de la libreta negra en el cajón, de la caligrafía apretada de su padre, de cómo siempre escribía demasiado cerca del margen, como si incluso el papel fuera una institución intentando recortarle espacio.
—No hable de él como si lo hubiera querido —dijo.
—No hace falta querer a alguien para haber intentado mantenerlo vivo.
El director de Helix-3 cerró los ojos un instante. La mujer de defensa miró la mesa. El vicesecretario fingió revisar un documento. Aquella frase no estaba en el guion.
Ali no supo qué hacer con ella.
Eligió el método.
—Quiero acceso completo a los registros de White Sands.
—No puedo darle eso.
—Entonces no hay intercambio.
—Puedo darle una ventana parcial bajo supervisión.
—No.
—Doctora MacNali …
—No voy a negociar con la versión troceada de la muerte de mi padre.
El vicesecretario recuperó su papel con alivio visible.
—En ese caso, el Consejo emitirá una orden de custodia sobre todo material no declarado procedente de White Sands.
—Hágalo.
—La orden puede implicar suspensión de credenciales, incautación de equipos y confinamiento administrativo.
—Confinamiento administrativo. Qué maravilla de expresión. ¿Quién la inventó? ¿Un carcelero con máster?
La puerta se abrió antes de que nadie respondiera. Entraron dos agentes con guantes finos y una bandeja negra de custodia. No parecían matones; parecían técnicos de quirófano. Eso los volvía peores.
Uno de ellos se colocó detrás de Ali. El otro apoyó la bandeja junto a la unidad de Elias y extendió la mano sin mirarla a la cara.
—Material no declarado —dijo.
Ali cerró los dedos sobre la unidad. El agente no tiró fuerte. Solo lo suficiente para dejarle una media luna roja en la piel. En la mesa, el vicesecretario siguió mirando sus papeles. La violencia educada tenía esa ventaja: permitía a los presentes fingir que aún no había empezado.
Havel dio un paso desde la puerta. No llegó lejos. El segundo agente le puso una mano en el pecho, dos dedos apenas, y lo empujó contra el marco con una suavidad humillante. A Havel se le cayó el termo. La tapa rebotó una vez sobre el suelo limpio y dejó una media luna de sopa en la junta blanca.
—Procedimiento —dijo el agente, sin mirarlo.
Havel miró la mancha como si aquella sopa derramada fuera, por fin, una prueba honesta del Archivo Blanco.
Luego levantó los ojos hacia Ali. No dijo “cuidado”.
No dijo “huye”. Havel nunca regalaba frases útiles cuando podían comprometer a otro.
Solo se tocó la muñeca, justo donde guardaba su copia ciega del registro de entrada, y parpadeó una vez.
Ali entendió. La teoría acababa de adquirir manos, peso y pulgares capaces de dejar marcas.
Voss levantó dos dedos.
—Ahora no.
El agente soltó la unidad. La marca en la mano de Ali quedó allí, pequeña y perfecta. Más tarde le dolería. En ese instante le recordó que el Archivo Blanco tenía manos, peso y una manera educada de hacer daño.
Havel habría sonreído. Len habría suspirado. Allí nadie hizo nada.
Voss habló en voz baja.
—No la detendrán hoy.
El vicesecretario la miró, alarmado.
—Octavia…
—Hoy no —repitió ella.
—¿Por qué? —preguntó Ali.
—Porque si la detenemos, sus copias saldrán de donde las haya escondido. Porque no sabemos cuántas hizo. Porque su padre le enseñó algunas de sus peores costumbres. Y porque, aunque me irrite, ahora mismo usted es más útil caminando que encerrada.
Ali casi sonrió. Casi.
—Está mejor cuando no finge amabilidad.
—Usted también.
Durante un momento se miraron sin el decorado del resto de la sala. Dos personas agotadas, cada una convencida de que la otra podía causar un desastre por razones excelentes.
—Palenque —dijo Voss.
Ali no movió un músculo.
—¿Qué pasa con Palenque?
—Ya está respondiendo. De forma distinta a White Sands. Menos brusca, más… estructurada.
—No me dé adjetivos.
—Hay lecturas en torno a una cámara no registrada. Y alguien allí ha empezado a hacer preguntas que el Archivo no controla.
—¿Quién?
—Mateo Tzul.
El nombre apareció en la mesa con un expediente incompleto. Epigrafista. Custodio local. Consultor rechazado por tres agencias, contratado por cuatro bajo denominaciones distintas. Historial de “baja cooperación”. Ali sintió una simpatía inmediata y decidió no fiarse de ella.
—¿Quiere enviarme a Palenque?
—Quiero que comprenda que White Sands no es el centro. Fue una puerta de entrada. Quizá solo para usted.
—No soy una peregrina.
—No. Es la hija de Elias MacNali con datos que no debería tener y una inteligencia artificial que empieza a comportarse de forma estadísticamente incómoda.
Ali se levantó despacio.
—No vuelva a hablar de KAIROS como si fuera suyo.
—No lo es. Esa es parte de mi preocupación.
La frase quedó ahí, pequeña, peligrosa.
El vicesecretario intentó cerrar la reunión con un tono que había usado demasiadas veces.