Capítulo 3. Las huellas bajo la arena blanca #4
—Explíquelo sin convertirlo en ceremonia.
Tawa caminó unos metros antes de responder.
—Hay relatos de gente que vino de las estrellas. Y relatos de gente que salió de mundos bajo la tierra. Los de fuera suelen escoger uno y llamar al otro metáfora. Los de dentro no siempre separan tan limpio.
—Eso no es una explicación.
—No. Es una advertencia contra explicaciones baratas.
—Tawa.
Él suspiró.
—Elias empezó a preguntarse si esas dos memorias no hablaban de cosas opuestas, sino de momentos distintos. Algo cae. Algo obliga a bajar. Mucho después, los nietos recuerdan el cielo y el suelo, pero no el orden. O no el mismo orden.
—Memoria partida.
—Eso decía él cuando quería sonar menos insoportable.
—No lo conseguía.
—No mucho.
Ali siguió caminando. La hipótesis tenía demasiados agujeros. Era excesiva, vulnerable, casi indecente. También tenía, bajo la indecencia, una línea que conectaba con los datos de un modo que ella no podía descartar sin mentirse.
—Sigue siendo poético —dijo.
—Sí. A veces las cosas poéticas tienen la mala educación de dejar marcas en el suelo.
Llegaron al módulo con tres minutos de margen. La mujer de gris los esperaba con una tableta y dos agentes detrás. Los agentes llevaban armas cortas visibles. No apuntaban. Ahí residía su elegancia sucia.
—Su ventana ha terminado —dijo—. El perímetro pasa a negro operativo.
—Qué alivio —dijo Tawa, sacudiéndose el polvo de los pantalones—. Por un momento pensé que alguien iba a investigar algo.
La mujer lo ignoró. Le tendió la tableta a Ali.
—Debe confirmar que no ha retirado material físico, que no ha intervenido zonas selladas y que toda observación realizada queda sujeta a revisión federal antes de cualquier uso científico, divulgativo o institucional.
Ali leyó la última frase dos veces.
Toda observación realizada queda sujeta a revisión.
No prohibían mirar. Eso habría sido tosco. Solo se reservaban el derecho a decidir si mirar había ocurrido.
Firmó.
—¿Algo más?
—Se le solicitará copia íntegra de los registros.
—Cuando se solicite por el canal adecuado.
—El canal adecuado puede cambiar.
—Pues cámbienlo con cuidado. Algunos canales dejan rastro.
La mujer la sostuvo con la mirada. Esta vez sí hubo algo personal, rápido, una molestia casi imperceptible.
—Su padre tampoco sabía cuándo detenerse.
Ali notó que la frase le tocaba un sitio exacto. No le concedió el gesto.
—Y aun así todos ustedes llegaron tarde.
Tawa dejó de sacudirse el polvo.
Los agentes no se movieron.
La mujer bajó la tableta.
—Saldrá en el siguiente transporte.
—Perfecto.
—Invitación, desde luego, no.
—Por eso he dicho perfecto.
Ali se apartó hacia una mesa lateral antes de que la conversación se volviera arrestable.
Abrió la unidad y comprobó las capturas.
Seguían allí. La partición local no había sincronizado.
Bien. El borde curvo. Las huellas. La pérdida de enlace.
La marca del último pulso de Elias. Todo incompleto.
Todo insuficiente. Todo real en esa medida incómoda en que los datos reales empiezan por no obedecer.
KAIROS reconstruyó una capa mínima con los nodos conocidos: White Sands, Malta, Palenque, Derinkuyu, Rapa Nui, Amazonía occidental, Saqsayhuamán. No trazó líneas sólidas. Solo proximidades, recurrencias, intervalos. Aun así, el mapa parecía inclinarse hacia una forma.
Ali cerró la proyección antes de que alguien pudiera verla desde lejos.
Tawa se acercó con dos vasos de agua. Uno se lo ofreció a ella.
—Sabe a depósito —advirtió.
Ali bebió. Sabía a depósito, a metal y a polvo. Le pareció lo mejor que había probado en horas.
—¿Por qué me ayudó? —preguntó.
Tawa miró hacia la membrana translúcida del módulo. Al otro lado, el desierto ardía en silencio.
—Porque Elias me caía mal de una forma familiar.
—Eso no es una razón.
—Es una de las razones más fiables que conozco.
Ali bajó el vaso.
—¿Y la otra?
—Porque cuando alguien se toma tantas molestias para cerrar un lugar, conviene que al menos una persona decente salga con algo en el bolsillo.
—No sabe si soy decente.
—No. Pero estás demasiado cansada para ser eficiente mintiendo .
Ali no respondió. Tenía yeso en el borde de la manga, en las botas, en una pequeña línea blanca junto a la muñeca. Intentó limpiarla con el pulgar. Solo consiguió extenderla.
Desde el exterior llegó el ruido de una aeronave nueva. Más pesada que la suya. Transporte militar o corporativo reforzado. La diferencia, en 2080, a veces era de pintura.
La mujer de gris dio órdenes en voz baja. Las pantallas del módulo cambiaron a negro operativo. Varias carpetas desaparecieron mientras Ali miraba. No se borraron con dramatismo. Simplemente dejaron de estar disponibles, que era una forma más educada de enterrarlas.
Ali guardó la unidad portátil dentro de la chaqueta, contra el cuerpo.
En el visor, el último pulso de Elias seguía marcado en amarillo. No en el punto donde habían encontrado el cadáver. Más adentro.
Bebió otro trago de agua. Un grano de yeso le crujió entre los dientes.
No lo escupió enseguida.