CAPÍTULO 29 — Irrupción en la Plaza
BLOQUE 1
La propia plaza del Obradoiro, ya visible tras el último tramo de calles estrechas del centro histórico, recibió al grupo completo con la misma multitud habitual de peregrinos, turistas y vecinos que Gabriel había aprendido a reconocer como parte inseparable de aquel espacio, completamente ajenos,
una vez más, a la tensión considerable que todavía acompañaba cada paso de aquel último tramo final.
Baltasar, avanzando ya los últimos metros hacia la propia fachada catedralicia con una emoción evidente que superaba, en aquel momento, cualquier cansancio físico acumulado durante días enteros de trayecto, sintió que las lágrimas finalmente escapaban sin ningún control posible.
---Cincuenta años ---murmuró, deteniéndose un instante para contemplar la propia fachada barroca recortada contra el cielo despejado de aquella tarde---. Cincuenta años, y finalmente estoy aquí.
BLOQUE 2
Fue entonces cuando Souto reapareció, emergiendo desde un grupo de turistas cercano con una determinación desesperada que contrastaba considerablemente con la vacilación mostrada apenas una hora atrás en el Monte do Gozo, avanzando directamente hacia Baltasar con el arma nuevamente en alto.
---¡No puede entrar ahí con eso! ---gritó, con una voz que ya no ocultaba ningún control emocional considerable.
El pánico se extendió de inmediato entre los presentes, con gritos y una estampida parcial hacia las salidas más cercanas, mientras los agentes de seguridad, siguiendo el protocolo establecido,
intentaban despejar el área sin generar una confusión todavía más peligrosa que la propia amenaza directa que representaba Souto en aquel momento.
Gabriel, interponiéndose de inmediato entre Souto y Baltasar, con las manos abiertas en el mismo gesto que ya había usado dos veces antes durante aquella misma saga, sintió que aquel momento representaba, probablemente, la confrontación más decisiva de todas las que habían enfrentado juntos.
BLOQUE 3
---Ramiro, mírelo ---dijo, señalando hacia Baltasar sin apartar la vista de Souto ni un solo instante---.
Ochenta y tres años. Enfermo, aunque nunca se lo dijo a nadie hasta hace apenas dos días.
Caminó cien kilómetros para completar lo que su propia familia protegió durante generaciones.
¿De verdad quiere que su último recuerdo de esta vida sea usted, apuntándole con un arma, en la propia plaza donde debería estar celebrando?
Souto, con el brazo visiblemente temblando bajo el peso considerable de aquella pregunta, sintió que la propia determinación que lo había sostenido durante toda la persecución finalmente cedía por completo ante la magnitud humana de lo que Gabriel acababa de plantearle con tanta claridad.
---Yo... ---empezó a decir, sin lograr completar la propia frase, el arma bajando gradualmente mientras las lágrimas, esta vez las suyas, finalmente escapaban sin control.
Los agentes de Otero, aprovechando aquel instante de vacilación completa, avanzaron con precisión considerable, reduciendo a Souto sin ningún disparo adicional, mientras Baltasar, todavía procesando la magnitud completa de aquel momento crítico,
se dejaba caer suavemente sobre uno de los escalones cercanos, con Lucía sosteniéndolo con cuidado para evitar cualquier caída brusca.
---Está bien ---le aseguró Gabriel, arrodillándose junto a él---. Terminó, Baltasar. Finalmente terminó.