El Último Juicio de Salem 31 El precio #2
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31 El precio #2

Lo que sí sabía el que quedaba, con una claridad nueva y sin muros, era todo lo demás. La sangre que sus abuelos habían enterrado bajo la razón y la ley estaba despierta ahora, del todo, y no pensaba volver a dormirse; percibía el mundo como lo percibían los Thorne antes de olvidar, oía lo que había al otro lado de las cosas, sabía en los huesos lo que la mayoría de los hombres se pasa la vida sin sospechar. Había cruzado al otro lado y había vuelto. Ningún estrado, ninguna toga, ningún respeto de Boston significaba nada al lado de eso. Era un hombre distinto, más pobre y más raro y sin sitio en el mundo que había dejado, y no le importaba, cosa que no recordaba haberle pasado nunca, porque el sitio que había perdido nunca había sido suyo de verdad, y el que tenía ahora, aunque no supiera todavía dónde estaba, lo había elegido él.

Se dio cuenta, mirando las llamas, de que llevaba toda la vida obedeciendo: a su abuelo, a la ley, a la carrera, a la idea que los hombres de bien tenían de un hombre de bien. Cada paso que había dado hasta aquel invierno lo había dado porque tocaba, porque era lo correcto, porque así se hacían las cosas. Y el primer paso que había dado por su propia cuenta, el único en treinta y un años, había sido el más ruinoso y el más suyo: quemar su nombre por una mujer a la que iban a colgar. Todo lo demás había venido de ahí, de aquella primera desobediencia, y lo había llevado a un sitio que ninguno de sus abuelos habría reconocido y que él, sin embargo, reconocía en la sangre como quien vuelve a casa. No era el hombre que su familia había querido fabricar durante un siglo. Era el hombre del que habían pasado un siglo huyendo. Y estaba, por fin, en paz con serlo.

Miró a Temperance, sentada a su lado a la luz del fuego, con la escarcha ya derretida del pelo pero con algo de frío permanente en la cara que él, con su sangre despierta, alcanzaba a sentir como se siente el sereno de una ventana mal cerrada. Ella también había vuelto cambiada. También se había dejado algo al otro lado y se había traído algo. Y Silas entendió que eso, precisamente, era cuanto le quedaba en el mundo y cuanto quería: no un nombre, no un sitio, no una vindicación, sino la única persona viva que sabía exactamente lo que era cruzar y volver, porque lo había cruzado con él.

* * *

Hablaron por fin cuando el fuego llevaba un rato ardiendo, y no hizo falta decir mucho.

—No podemos quedarnos —dijo Temperance. No era una pregunta. Miraba las brasas, y en su voz no había pena de más, solo el reconocimiento sereno de una verdad—. Aunque ahora sepan que no era yo. Aunque me pidan perdón mañana en el atrio. He sido la bruja que colgaban durante medio año; tú, el juez que el Diablo se llevó y devolvió. No hay manera de vivir en un sitio donde la gente te mira y ve eso. Y esta casa... —se le quebró un poco, la única vez—. Esta casa lleva vacía desde que colgaron a Remember. Ya no es una casa. Es una tumba con techo.

—Lo sé —dijo Silas.

—Toda mi vida he estado atada a esta linde —siguió ella—. Mi abuela, y la suya, y todas hacia atrás hasta donde alcanza el libro. Nunca pensé que podría irme. Una Fell no se va; una Fell se queda. Era lo único que sabía ser. —Se volvió a mirarlo, y en su cara había esa cosa nueva, el frío y el descanso mezclados—. Y ahora resulta que ya no hay nada que guardar, y puedo irme, y no sé si eso es lo mejor que me ha pasado o lo más triste.

—A lo mejor las dos cosas —dijo Silas—. A lo mejor casi todo lo que de verdad importa es las dos cosas a la vez.

Temperance lo miró, aquel hombre que había llegado a su celda tres meses antes como el filo de la máquina que la iba a colgar y que estaba ahora sentado en la casa muerta de su familia, arruinado y vindicado y cambiado hasta los huesos, con la sangre de sus viejos carceleros despierta en las venas y ni un sitio en el mundo al que volver, ofreciéndole cuanto le quedaba, que era él. Y sintió, junto al frío permanente del pecho, otra cosa que también iba a quedarse, y que también era tibia, y que se parecía peligrosamente a la esperanza.

Era un sentimiento raro para estrenarlo en aquella casa, entre aquellas paredes que habían visto morir el mundo de su familia. Pero quizá ese era el único sitio donde tenía sentido estrenarlo: donde una estirpe de mujeres se había pasado mil años sin permitirse esperar nada, porque esperar era bajar la guardia y bajar la guardia era abrir la puerta. Ellas no habían podido. Habrían querido, seguro; habrían soñado, entre guardia y guardia, con una vida en la que no hiciera falta velar. Y no la habían tenido nunca, ninguna, en mil años. Ella iba a tenerla. Iba a hacer, por todas ellas, lo que ninguna había podido hacer: marcharse, vivir, querer a un hombre sin mirar por encima del hombro hacia el bosque. Era, quizá, la última manera de honrarlas: gastar la libertad que ellas habían pagado con la vida.

No se dijeron que se querían. No hacía falta; se lo habían dicho ya sin decirlo tantas veces, en la celda, en la finca, en el umbral, cruzando de la mano hacia el hambre. Lo que hicieron fue algo más simple y más difícil: decidieron seguir. Juntos, porque después de haber cruzado al otro lado juntos no había ya otra manera de estar en el mundo; los dos cambiados, los dos marcados, ninguno entero, cada uno con su trozo de frío y su trozo de descanso; y en marcha, hacia donde fuera, lejos de aquella tierra empapada de horca y de vergüenza, a buscar algún sitio donde una mujer con hielo en el pecho y un hombre sin nombre pudieran, quizá, aprender a vivir en vez de solo guardar y solo juzgar.

Ninguno de los dos sabía hacer aquello, y esa era la parte que a Temperance le daba, a la vez, miedo y una risa callada: que iban a tener que aprender, ya crecidos y marcados, un oficio que la gente corriente aprende sin darse cuenta desde niña, el de vivir sin una amenaza que le organice a uno los días. Ella no había hecho otra cosa que guardar; él, que juzgar. Habían sido, cada uno a su modo, personas hechas para el deber y el peligro, afiladas por ellos, y ahora se les quitaba de golpe el peligro y el deber y se les daba a cambio algo mucho más difícil de manejar: el tiempo. Días y días por delante que no tendrían que defender de nada. Iban a estropearlo al principio, seguramente, buscando peligros donde ya no los hubiera, por pura costumbre. Pero lo aprenderían. Juntos, torpemente, con frío en el pecho, lo aprenderían.

No sería fácil. Temperance lo sabía, mirando el fuego con la mano de Silas otra vez en la suya. Iban a arrastrar los dos, mientras vivieran, lo que se habían dejado al otro lado; iba a haber siempre un poco de frío entre ellos, y noches en que el descanso de Deliverance pesara como un fantasma amable, y el recuerdo de Remember, y de Silence, y de todas las que no habían vuelto porque a ellas nadie las salvó. Los muertos seguían muertos. La casa seguía siendo una tumba. El precio estaba pagado y no se devolvía.

Pero estaban vivos los dos. Estaban en pie los dos. Habían entrado en el Diablo y habían vuelto, y habían roto un ciclo de mil años, y habían salido de él cambiados pero enteros el uno para el otro, que es la única clase de enteros que le queda a la gente que ha visto lo que ellos vieron. Fuera, sobre la tierra Fell, la mañana de la Candelaria daba paso a una tarde limpia y fría, la primera en generaciones en que aquella linde no guardaba nada, en que el bosque era solo un bosque y el frío era solo el frío del invierno. Y dentro, junto a un fuego que por fin no tenía que defender a nadie de nada, dos personas que se habían salvado mutuamente de maneras que ninguna palabra alcanzaba se quedaron sentadas, en silencio, tomadas de la mano, calentándose lo que se podía calentar, y dejando en paz lo que ya nunca dejaría de estar un poco frío.

Habían pagado el precio. Y, contra todo lo que aquel invierno había prometido, seguían siendo dos.