24 Tierra quemada #2
Había una crueldad tonta en aquello, y los dos la veían y no podían evitarla: que después de tres meses de no fiarse, de usarse el uno al otro sin quererlo, de caer al fin cada uno a su modo, hubieran llegado a un sitio donde el amor, en vez de decirse con promesas de vivir juntos, se decía con la porfía de morir cada uno en lugar del otro. No se lo dijeron con esas palabras; ninguno de los dos era de decirse cosas así. Pero caminando por la nieve hacia la finca, cada uno guardándose su decisión secreta como se guarda una piedra en el puño, los dos sabían que aquella disputa sin resolver era, por debajo, la declaración más grande que se habían hecho nunca. Y sospechaban, sin decírselo, que de aquel umbral no saldrían los dos enteros.
* * *
La finca Fell los recibió muerta y helada, como Silas la había dejado el día que fue a por el libro, pero a Temperance le supo distinto: era volver a casa, y era volver al puesto, y las dos cosas se le juntaron en la garganta cuando pisó el umbral que llevaba tres meses sin guardia. No se detuvo a llorarlo. Encendió el hogar con la leña que quedaba, echó la aldaba, y se puso a hacer lo que hacía siempre que el mundo se torcía: ordenar el sitio, contar lo que tenían, mirar el problema de frente. Fuera, más allá de la hilera de piedras y del viejo espino, el bosque estaba atento. Lo notaba en la nuca. La cosa sabía que la última Fell había vuelto a su linde, y esperaba, paciente, la noche que faltaba.
Aquella noche, la del veinticinco al veintiséis, Temperance apenas durmió. No la desvelaba el miedo; la desvelaba el trabajo. Recorrió la casa muerta cuarto por cuarto con una vela, reconociendo lo que había sido suyo: el techo del que colgaban las hierbas de Remember, ahora podridas; el hogar y su piedra suelta, de donde Silas había sacado el libro; el rincón donde de niña la sentaban a aprender los nombres de las cosas. Cada rincón le devolvía una parte de sí misma que la cárcel le había ido quitando, y con cada parte que recuperaba se le afilaba un poco más la cabeza. Puso el libro de Remember sobre la mesa, junto a la vela, y se sentó a leerlo entero, ella misma, por primera vez, buscando en aquellas páginas de tinta vieja la pieza que le faltaba, la tercera cosa, el pliegue entre la entrega que abre y la entrega que cierra. No la encontró aquella noche. Pero por primera vez desde el otoño la buscaba desde dentro de su propia casa, con las manos sobre el libro de su sangre, y eso, aunque no fuera una solución, se parecía lo bastante a la esperanza como para mantenerla despierta.
No les dieron mucho margen. La fuga se descubrió con el alba del veintiséis, cuando el carcelero cojo hizo su ronda y encontró la celda abierta y vacía, y en la casa de Vane, sobre la mesa, el papel sellado que acababa con Silas. Temperance y él lo supieron desde la finca por lo que se ve desde lejos: el humo de las chimeneas del pueblo levantándose todo a la vez demasiado temprano, el tañido de la campana fuera de hora, el hormigueo de gente en la plaza. Vane, imaginó Silas, estaría fuera de sí, no solo por la bruja escapada sino por el magistrado que la había soltado y que en un solo papel había llamado ilícito todo lo que Vane había construido; su furia sería la de un hombre al que le han robado a la vez la presa y la coartada. Cobb, en cambio, estaría horrorizado de otra manera, la de un creyente sincero al que se le confirma la peor de sus certezas: el Maligno había alcanzado hasta al juez de Boston, se lo había llevado con la bruja, y ya no cabía duda de que aquello era una guerra por las almas del pueblo. Los dos, el que calculaba y el que creía, empujarían a lo mismo: salir a buscarlos.
Y saldrían. Antes de mediodía se organizó la partida —hombres a caballo, antorchas aunque fuera de día, la determinación torva de una aldea que huele sangre y cree que hace la obra de Dios—, y su rumbo no podía ser otro que la finca Fell, porque ¿adónde iba a huir una bruja sino a su guarida, y qué mejor sitio para acabar de una vez con ella y con el juez que la tierra maldita de su familia?
En algún lugar de todo aquello, cabalgando quizá desde Boston, venía la reforma que iba a prohibir la prueba espectral y a traer clemencia; pero la reforma llegaba para los presos que esperaban en una celda con un proceso en regla, no para una condenada que había reventado su cerrojo y huido con el juez que debía juzgarla. Al escapar, Temperance y Silas se habían puesto ellos mismos fuera del alcance de lo que aún podía haberlos salvado por las buenas. Ya no había vía legal, ni clemencia posible, ni Boston lejano que enmendara la plana a tiempo. Solo quedaban ellos dos, la finca, el bosque y una niña; y la ley, que durante meses había sido el arma que los mataba, ahora ni siquiera los miraba: los había soltado del todo, como se suelta a los muertos. Temperance los vio venir desde la ventana, una fila oscura saliendo del pueblo por el camino, todavía lejos, y sintió cerrarse la última parte de la trampa con una lucidez fría.
Porque había en aquella persecución algo que no cuadraba con el simple furor, y ella, que ya conocía a la niña, lo olió enseguida. Los hombres creían perseguir a una fugitiva para devolverla a la horca. Pero la horca estaba en el pueblo, en la loma, y ellos la empujaban en dirección contraria: hacia el bosque, hacia el umbral, hacia el sitio exacto donde Mercy la quería la noche de la Candelaria. La partida no la llevaba de vuelta al cadalso. La llevaba a la linde. Y Temperance supo, mirando aquella fila de antorchas que se creía instrumento de la justicia, que era en realidad el instrumento de la niña: que Mercy no había tenido ni que mover un dedo para conducirla al matadero, porque el propio odio del pueblo, bien orientado, hacía el trabajo. Los cazadores creían acorralar a la presa. En realidad la arreaban hacia el redil.
—No vienen a devolvernos —dijo en voz baja, más para sí que para Silas—. Vienen a traernos aquí. Nos empujan justo adonde ella nos quiere. Hasta esto lo tenía pensado.
Silas se puso a su lado en la ventana. Por un momento pensó en decirle que entonces no fueran, que huyeran de verdad, lejos, al oeste, a cualquier sitio donde no hubiera umbrales ni niñas ni bosques hambrientos. Y entendió, casi a la vez, por qué no servía: si huían, la finca se quedaba otra vez sin guardia, la Candelaria pasaba sin nadie en la linde, y la cosa cruzaba igual, por la pura ausencia de una Fell que la contuviera. Huir era darle a Mercy el mismo resultado por otro camino. No había puerta de atrás: la única salida de aquel sitio pasaba, precisamente, por quedarse en él y plantarse en el umbral la peor noche. Estaban condenados a hacer justo lo que el enemigo quería, y a encontrar, dentro de eso, la manera de que hacerlo no fuera una derrota. Así que no dijo nada, porque no había nada que decir que ella no supiera ya. Estaban donde querían estar y donde el enemigo quería que estuvieran, las dos cosas a la vez, en la finca muerta de las guardianas, con un libro de hace un siglo, una sangre a medio despertar, un dilema de sacrificio que no habían resuelto y una salida que aún no existía. Fuera, la partida avanzaba. Más allá, el bosque esperaba. Y por encima de todo, invisible desde la ventana pero presente en cada pieza del tablero, una niña de trece años contaba, tranquila, los días que faltaban.
Faltaban siete.