El Último Juicio de Salem 24 Tierra quemada
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24 Tierra quemada

25–26 de enero de 1693

Silas tomó la decisión de arruinarse la tarde del veinticinco, y lo hizo con la misma calma con que en otro tiempo redactaba una sentencia, porque a fin de cuentas era eso lo que estaba redactando: la suya.

Llevaba desde la noche del designio dándole vueltas al problema como se le da vueltas a un cerrojo, y había llegado a un sitio del que ya no se volvía. No sabía cómo salvar a Temperance de la trampa de la Candelaria; ese enigma seguía cerrado, y quizá no lo abrieran nunca. Pero sabía una cosa más pequeña y más segura: que no pensaba quedarse sentado en un banco de jueces viendo cómo la colgaban la mañana de la Candelaria para que su muerte alimentara a la cosa del bosque. Si de todas formas iban a perder, prefería perder haciendo algo. Y lo único que estaba en su mano era sacarla de aquella celda, y para hacerlo tenía que gastar lo único que le quedaba, que era él mismo.

Había algo casi cómodo en haber llegado a ese punto, y Silas lo miró con la honestidad fría que aplicaba a todo. Durante toda su vida adulta había vivido para una cosa: ser un hombre de bien a los ojos del mundo, un magistrado sin tacha, alguien de quien se dijera que juzgaba con rigor y sin pasiones. Le había sacrificado a esa idea de sí mismo todo lo demás —el calor, los amigos, cualquier cosa que pudiera nublarle el juicio— y la había servido con una devoción que ahora, mirándola de frente, se parecía bastante a la fe con que Cobb servía a su Dios. Y de aquella catedral fría que había levantado piedra a piedra ya no quedaba nada en pie. La había derribado él mismo, poco a poco, desde el día que tachó la primera declaración de Ashby: cada línea cruzada, cada trámite aplazado, cada noche bajando a la cárcel había sido una piedra menos, hasta dejar solo el hueco. Aquella tarde no iba a hacer más que reconocerlo por escrito. La ruina ya estaba consumada por dentro; solo faltaba firmarla.

Se sentó a la mesa prestada de casa de Vane, mojó la pluma, y escribió lo que iba a acabar con él. No una carta de fuga ni una confesión sentimental, sino un documento, frío y en regla, como los que sabía hacer: la renuncia formal a su comisión de magistrado, con la fecha y su nombre entero, y a continuación una declaración razonada —párrafo a párrafo, con la sequedad de quien redacta un dictamen— de que los procesos de Salem se sostenían sobre una prueba nula, la espectral, que ningún tribunal serio admitiría; de que se habían ahorcado inocentes; y de que él, que había firmado y presidido, retiraba su firma de todo ello y se declaraba cómplice de una injusticia. Lo escribió sin adornos, porque los adornos son de los hombres que quieren que se les crea, y él ya no aspiraba a que le creyeran. Puso los hechos: las fechas, los nombres de los ahorcados, la naturaleza de la prueba, la ausencia de otra que la sostuviera. No mencionó a la cosa del bosque —eso no lo habría creído nadie, y habría convertido el documento en el desvarío de un loco en vez de en la acusación de un jurista—; se ciñó a lo que cualquier tribunal cuerdo podía verificar, que ya bastaba para colgarle la conciencia a media comarca. No firmó «con dolor» ni «en descargo de mi alma». Firmó con su nombre y su cargo, y debajo la palabra «renuncio», y la fecha. Era el documento más limpio que había redactado en su vida, y era el que lo condenaba, y le pareció justo que así fuera: durante años su limpieza había servido para darle forma legal a la injusticia; que sirviera al menos una vez para lo contrario. Lo leyó dos veces. Sabía exactamente lo que aquel papel le haría. En Boston lo tomarían por loco o por corrupto, o por las dos cosas; su nombre, el nombre limpio de un magistrado riguroso que había tardado treinta y un años en construir piedra a piedra, quedaría para siempre unido al de la bruja de Salem a la que un juez embrujado quiso salvar. No habría vuelta atrás, ni carrera, ni casa, ni lugar en el mundo de los hombres de bien. Se convertía, con su propia pluma, en lo que aquella niña llevaba semanas insinuando que era.

Ese fue el pensamiento más amargo, y lo pensó despacio para no engañarse: que su acto de conciencia era, visto desde fuera, la prueba que le faltaba a Mercy. El juez que libera a la bruja y huye con ella confirma, para cualquiera que lo mire, que la bruja lo tenía en su poder. Iba a entregarle a la niña, con su renuncia y su fuga, la última pieza de su calumnia, servida en bandeja. Lo entendió, y aun así firmó, porque había llegado a un punto en que la verdad de lo que hacía le importaba más que su aspecto, y porque un hombre que ha visto lo que él vio en la linde ya no puede vivir para su nombre. Selló el papel, lo dejó bien a la vista sobre la mesa para que lo encontraran, y salió a la noche con el frío mordiéndole la cara y la certeza de que acababa de quemar, con sus propias manos, la tierra sobre la que había estado toda su vida.

* * *

Temperance supo que algo se había movido en él en cuanto lo vio entrar en la galería de las celdas a una hora que no era la suya, sin la voz de funcionario, con la cara de un hombre que ha soltado algo pesado que llevaba mucho tiempo cargando.

—Nos vamos —dijo él—. Esta noche. Ahora.

Ella no perdió un segundo en preguntar por qué; lo leyó en su cara, y además lo llevaba esperando sin saberlo. Pasó de golpe de la parálisis de las últimas jornadas a lo que mejor se le daba en el mundo, que era ejecutar un plan, y resultó que el plan lo tenía medio hecho desde hacía semanas.

—El relevo de esta noche es el mozo lelo —dijo, ya de pie, la voz baja y rápida—. Se duerme antes de medianoche; el carcelero cojo hace la última ronda con el frío y no vuelve hasta el alba. Tengo un gancho. —Lo sacó de donde lo guardaba, entre la paja y la pared—. Con esto abro mi cerrojo; lo he hecho tres veces. Lo que no podía hacer sola era pasar la puerta de la galería y el portón de fuera, que llevan llave de hierro y las tiene el carcelero. Usted, ¿las tiene?

Silas levantó un manojo. Se lo había quedado con el pretexto de una última instrucción, sobornando al cojo por enésima y última vez, y el cojo, que llevaba semanas viviendo de aquellas monedas y mirando para otro lado, se las había dado sin preguntar, quizá adivinando que aquella era la noche en que dejaría de haber monedas.

Lo hicieron en silencio y con las manos frías. El gancho, el chasquido del cerrojo, la puerta de la celda abriéndose por fin hacia fuera. La galería a oscuras, el bulto del mozo dormido contra la pared con la boca abierta. La llave de hierro girando en la cerradura grande con un ruido que a los dos les pareció un trueno y que no despertó a nadie. El portón. El aire libre, cortante, la nieve azul bajo una luna en cuarto. Y de pronto Temperance, después de tres meses y medio entre cuatro paredes, de pie en mitad de la calle vacía del pueblo que la había condenado, respirando un frío que sabía a otra cosa.

Le temblaban las piernas, y no era del frío. Tres meses y medio de contar pasos ajenos y rondas y campanas la habían dejado con el cuerpo encogido a la medida de una celda, y de golpe el mundo era demasiado grande: el cielo entero encima, la calle abriéndose a los dos lados, el bosque al fondo como una boca. Una parte de ella, la parte animal que había aprendido a sobrevivir encerrada, quería echar a correr y no parar hasta el mar. Pero los Fell no corren, y además ella no huía: iba hacia algo, no lejos de algo, y esa diferencia la mantuvo en pie. Se obligó a respirar despacio, a contar como contaba siempre, a mirar el problema. Aún no estaban a salvo. Aún faltaba lo peor. Y lo peor, esta vez, era algo que ella había elegido ir a buscar.

No hubo tiempo para saborearlo. Echaron a andar deprisa, pegados a las sombras de los aleros, hacia las afueras y el camino de la finca. Y fue caminando, con el pueblo dormido a un lado y el bosque negro creciendo al otro, cuando saltó entre ellos lo que llevaba encendiéndose desde la tarde del designio y que ninguno había querido nombrar todavía.

—Cuando lleguemos a la Candelaria —empezó Silas, sin mirarla, con la respiración humeando—, si no encontramos otra manera, la entrega la hago yo.

Temperance se paró en seco en la nieve.

—Usted no puede hacerla —dijo—. El libro lo dice. Tiene que ser de la sangre que vela. Una Fell. Usted es la otra rama, la mano que cierra, no la que se da. Aunque quisiera, no serviría.

—Entonces buscaremos la manera de que sirva —dijo él, y había en su voz una terquedad que ella no le conocía—. No pienso llegar a esa linde a mirar cómo se mete usted en el hielo cien años para pagar una deuda que empezaron mis abuelos. La deserción es mía, Temperance. Aguas arriba de todo lo que le ha pasado a usted está un Thorne que dejó su puesto. Si aquí tiene que pagar alguien con el cuerpo, el que debe es el que viene de los que se fueron, no la que se quedó.

—Y una guardiana no deja que otro pague su cuenta —replicó ella, con la misma dureza—. Llevo desde septiembre debiéndole a Remember una entrega en el umbral. Es mía. Es lo único mío que me queda. No se la voy a ceder a nadie, y menos a usted.

Se miraron en la nieve, los dos empeñados en lo mismo, que era morir el uno por el otro, y los dos demasiado testarudos para ceder, y ninguno con la menor idea de si alguna de las dos entregas serviría para algo o si las dos abrirían la puerta igual. No lo resolvieron. No podían resolverlo, porque les faltaba la pieza, la tercera cosa que Temperance sabía que existía y que aún no encontraba. Lo dejaron ahí, encendido y sin apagar, como se deja una brasa bajo la ceniza, y siguieron caminando hacia la finca, cada uno decidido en secreto a ser el que se diera, y por tanto en desacuerdo con el otro sobre lo que de verdad importaba.