El Último Juicio de Salem 17 Lo que espera en el umbral #2
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17 Lo que espera en el umbral #2

Le dio un vértigo frío. Una desgracia se puede aguantar; una desgracia no quiere nada, no tiene planes, un día pasa. Pero si había una voluntad detrás de aquello, una cabeza fría escogiendo víctimas para engordar a la cosa, entonces los ahorcamientos no eran el coletazo de un pánico que un día se apagaría: eran los pasos de alguien hacia una meta. Y ella no tenía ni idea de cuál era la meta, ni de cuánto faltaba, ni de qué pasaría cuando esa mano decidiera que el Invitado ya estaba lo bastante gordo. Solo supo, de pronto, que el reloj corría más deprisa de lo que había creído, y que corría hacia algo peor que su propia horca.

—¿Estáis seguro? —dijo—. ¿De que hay una mano? ¿De que alguien elige?

—Tan seguro como de que os estoy hablando —dijo Silas—. Lo tengo trazado. Lo que no tengo es la cara. He mirado a todos los que podrían ganar algo con esto y no encaja ninguno. —Meneó la cabeza, agotado—. Hay alguien, en el centro de todo, moviendo las piezas. Y no lo veo.

Temperance guardó silencio un momento, con un desasosiego nuevo asentándosele en el estómago. Porque si eso era verdad, si alguien alimentaba al Invitado a sabiendas, entonces aquello no era solo una tragedia de pueblo asustado y guardiana presa. Era un plan. Y los planes tienen un fin. Pero no sabía cuál, ni de quién, y no tenía tiempo de averiguarlo desde una celda, así que se guardó el escalofrío para más tarde, como se había guardado el del momento en que la cosa dudó ante Silas, y siguió, porque quedaba lo peor.

* * *

—Hay una cosa más —dijo—. La cara que visteis en el hielo.

Silas se puso rígido.

—Está en el libro de mi abuela —dijo Temperance, y por primera vez le tembló un poco la voz, porque llegaba al sitio que más le dolía—. Remember tenía un libro. No una Biblia; algo mucho más viejo, mitad almanaque y mitad crónica, que las de mi familia hemos ido pasando de mano en mano y llenando de nuestra letra durante más generaciones de las que sé contar. Están las noches delgadas, y cómo se leen en el cielo. Están las palabras del pacto. Y está, en las primeras páginas, con una tinta tan vieja que ya casi no se lee, la historia de la primera. De por qué hacemos esto. —Miró a Silas a los ojos—. Está escondido en la finca, detrás de la piedra suelta del hogar, a la izquierda, abajo. Vais a tener que ir a buscarlo, porque yo no puedo, y porque sin él no sabréis hacer lo que a lo mejor hay que hacer. Pero antes os voy a decir lo que dice, para que entendáis qué es esa mujer.

Respiró.

—Se llamaba Deliverance. Deliverance Fell. Fue la primera de nosotras, hace cosa de un siglo. La primera que se plantó en esta linde y le dijo a la cosa del otro lado «no pasas». —Bajó la voz—. Y falló. El libro no dice del todo cómo; dice que hubo una noche en que la carga la pudo, que estuvo sola cuando no debía, que abrió la puerta que no había que abrir, o que se la abrieron. Y el Invitado hizo con ella lo que hace: no la mató. Peor. La tomó. Se la metió dentro. Y desde entonces está ahí, viva a su manera, atrapada en el hielo del pecho de esa cosa, con el hambre de la cosa metida en el cuerpo, sin poder salir y sin poder morir, hace cien años. —Se le llenaron los ojos, y no dejó que se le derramaran—. Eso es lo que visteis, magistrado. No un demonio. Una guardiana que perdió. La primera de mi familia. La que va delante de todas nosotras.

Temperance había crecido con esa historia como otros niños crecen con la del coco. Solo que la suya era verdad, y tenía nombre, y era de la familia. Deliverance no era un cuento para asustarla: era la advertencia grabada en la primera página del libro, la razón entera de que las Fell hicieran lo que hacían y como lo hacían, con todas sus reglas y sus miedos y su «no corras» y su «quédate y mira». Cada norma que Remember le había machacado venía de algo que Deliverance había hecho mal aquella noche de hace un siglo; eran cien años de una familia entera organizándose alrededor de un solo error para que no volviera a pasar. Y ahora, arrodillada noche tras noche en una celda mientras el umbral cedía, Temperance tenía por primera vez la sensación insoportable de que a lo mejor iba a pasar otra vez. De que a lo mejor le tocaba a ella ser la segunda cara en el hielo.

Silas la miraba con una comprensión que le crecía en la cara como una herida.

—Y os pidió que la vierais —dijo él, ronco, acordándose—. Los ojos. Me pidieron que la viera.

—Porque nadie la ve —dijo Temperance—. Cien años ahí dentro, y para el pueblo no es más que el Diablo, la cosa a la que le echan brujas. Nadie recuerda que fue una mujer que dio la vida por que ellos durmieran tranquilos. —Se apretó los brazos contra el frío—. Y ahora ya sabéis por qué he preferido que me colgaran a explicar esto. Porque hay dos maneras de terminar de guardiana, magistrado. La de Remember, que aguantó hasta el final y murió entera, colgada por gente que no llorará, alimentando sin saberlo a la misma cosa que ella tuvo a raya toda su vida. Y la de Deliverance. Y yo, encerrada en esta jaula mientras el umbral cede, tengo delante las dos, y no sé todavía cuál me toca.

Se hizo un silencio largo, del que se ha dicho una cosa demasiado grande.

—Y por eso —añadió Temperance, más dura, porque no quería su lástima sino su cabeza— tenéis que entender de una vez lo que está haciendo vuestro tribunal, y dejar de contaros que la magia es real y que por tanto quizá las brujas sí lo sean y quizá haya algo de justicia en todo esto. Escuchadme bien. Todo lo que os he dicho es verdad: hay una cosa real y antigua ahí fuera. Y no cambia ni una coma el hecho de que cada mujer que habéis colgado era inocente. No solo inocente: era, muchas veces, justo lo contrario de lo que la acusaban. Colgáis a sanadoras y a comadronas y a viejas testarudas, y ninguna de ellas le hacía nada a la cosa del bosque salvo, alguna, ayudar a tenerla lejos sin saberlo siquiera. Y cuando cae una de las mías, una guardiana de verdad, como caerá Remember en la memoria de este pueblo y como caeré yo dentro de una semana, hacéis la peor cosa que se puede hacer, la única que lo estropea todo a la vez: quitáis del umbral a la única que lo sostiene, y en el mismo acto le servís a la cosa el bocado más gordo que existe. Porque una guardiana muerta y no llorada no es un plato más. Es un banquete. Colgarme a mí no es un error de vuestra justicia. Es abrirle la puerta al Invitado con las dos manos, y encima poner la mesa.

Silas no dijo nada durante un rato largo. Estaba blanco, y le temblaban las manos, y Temperance vio en su cara que por fin lo había entendido del todo, no como un dato sino como lo que era, y que ya no habría manera de que aquel hombre volviera a sentarse en un banco de juez a firmar traslados como quien despacha correspondencia. Lo había roto del todo. Bien. Necesitaba que estuviera roto. Un hombre entero le habría servido de poco.

—Faltan dos semanas y media para la Candelaria —dijo ella, en voz baja, cerrando—. La noche más delgada del año, peor que el solsticio, peor que anoche. Si el umbral estaba anoche a punto de ceder, esa noche cede del todo, a menos que haya alguien en la linde para impedirlo. Y la única que sabe cómo estará, si vuestro tribunal se sale con la suya, colgada de una cuerda y convertida en la mejor cena que ha probado esa cosa en cien años. —Lo miró—. Id a por el libro. Leedlo. Y después decidid de qué lado estáis, porque se acaba el tiempo de estar en los dos.