EPÍLOGO
Mia
Cuando era pequeña, siempre me visualizaba siendo mayor. Imaginaba que vivía en una casa en medio del bosque, rodeada de árboles, y cada día era igual. Compartía la vida con mi esposo ficticio, bailábamos, reíamos, todo dentro de esas cuatro paredes, sin salir nunca de casa.
Jamás creí que aquello se haría realidad.
Estoy de pie frente a un espejo, que me devuelve una imagen que agradezco profundamente poder ver.
Soy yo, con el cabello ondulado, una diadema negra, unas pequeñas perlas en las orejas, maquillada de una manera muy natural, pero que resalta mis pómulos y labios.
El vestido negro se ciñe al torso y se abre desde la cintura hasta un poco más abajo de las rodillas.
En los pies brillan unas zapatillas negras con pequeñas perlas blancas.
Nos vestimos con la ropa con la que nos enterraron.
Me sonrío y salgo del cuarto de baño. Camino unos pasos a las escaleras para bajar y ahí está él, esperándome, apoyado en la barandilla.
Viste todo de negro, con un pantalón y camisa de vestir, abierta en el cuello y subida en las mangas, dejando ver su cuerpo perfecto.
Bajo los escalones sin dejar de mirarlo. Su mano recibe la mía, sintiendo la piel del otro. Nos miramos a los ojos y ya no queda rastro del miedo, ni de la duda, ni del ruido del mundo exterior.
Lo acompaño al centro del salón. En los altavoces suena Iris de Goo Goo Dolls. Esa canción que tanto ponía en su coche cuando me recogía para salir juntos a pasear. Ahora suena para nosotros, llenando cada rincón de la casa.
Pongo las manos sobre sus hombros, rodea mi cintura, nos tomamos de la mano y empezamos a bailar.
Nos movemos lentamente al ritmo de las guitarras, marcando cada paso con suavidad sobre la madera del suelo. Apoyo la cabeza en su pecho, escuchando el silencio tranquilo de nuestro refugio mientras la música nos envuelve por completo.
No pensamos en el tiempo, ni en el pasado, ni en lo que dejamos atrás. No hay prisa por ir a ningún lado. No hay nada más allá de esta casa, de nuestro hogar.
Él apoya su barbilla sobre mi cabeza y me ajusta un poco más a su cuerpo. Giramos juntos en el centro de la sala, despacio, dejando que la melodía nos guíe.
La luz entra suavemente por la ventana, iluminando el espacio. Sus dedos acarician mi espalda y entrelaza sus manos con las mías mientras marcamos el compás del coro.
Damos una vuelta lentamente. Sonrío contra la tela de su camisa. Él me mira, me toma del rostro con ambas manos y me da un beso suave en la frente.
Nos balanceamos juntos en un abrazo. Le digo que lo amo. Sonríe, me aprieta fuerte contra él y susurra en mi oído que me amará eternamente.
Ya no nos volveremos a preocupar por nada, tan solo sonreiremos y bailaremos juntos para siempre.