El último favor PRÓLOGO #2
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PRÓLOGO #2

—Trabajo.

—¿El trabajo sabe que estás fuera de servicio y cometiendo delitos queseros?

—Es rápido.

Eso significa que no lo es.

Sale al pasillo, no tan lejos como para que no pueda oír su voz, pero lo bastante como para que las palabras se difuminen. Baja. Controlada. Un silencio. Luego, más cortante:

—No.

El pingüino resbala un poco contra mi mejilla.

Me quedo mirando los fogones. El queso quemado pegado a la sartén. El plato abandonado de Simon en la encimera, intacto.

Su voz vuelve a bajar.

—He dicho que no.

Otro silencio.

Luego:

—Ella no sabe nada.

Se me enfría la piel bajo el satén barato de mi vestido.

Ella.

Me digo a mí misma que no sea ridícula. Simon tiene clientas. Testigos. Compañeras de trabajo. Categorías enteras de mujeres que no soy yo. El mundo está lleno de ellas.

Pero regresa como si alguien le hubiera arrancado algo vital y dejado el traje de pie.

—¿Qué ha sido eso? —pregunto.

Deja el teléfono boca abajo en la encimera.

—Nada de lo que tengas que preocuparte.

—Vaya.

Sus ojos se alzan hacia los míos.

Asiento una vez, más para mí misma que para él.

—Eso ha sido impresionantemente terrible.

—Mira.

—No, en serio. Buen comienzo. Desdeñoso, paternalista, vago. Has completado la trilogía.

Se frota el puente de la nariz con el pulgar y el índice.

—No quería decir eso.

—Sí querías. Por eso te ha salido tan limpio.

Parece cansado. Más viejo de lo que parecía antes de la llamada, aunque solo han pasado minutos.

Quiero preguntar. Quiero exigir. Quiero ser el tipo de mujer que tiene derecho a saber por qué una llamada de teléfono puede hacer que me mire como a un problema que tiene que resolver desde el otro lado de un tribunal.

No soy esa mujer.

Esa es nuestra pequeña y estúpida tragedia.

Me bajo de la encimera. El tacón aterriza mal y el dolor me sube disparado por el tobillo. Consigo no emitir ningún sonido, lo cual parece una victoria hasta que Simon se da cuenta de todas formas.

—Siéntate.

—Me voy a casa.

—No, no te vas.

—Qué mono. ¿Ahora vamos a jugar a la detención ilegal?

—Estás herida.

—Estoy cabreada. Dolencia distinta. Hinchazón similar.

Voy a coger mi abrigo húmedo del respaldo de una silla. Simon llega antes y lo coge, no para quitármelo, sino para sujetarlo abierto. Esa pequeña amabilidad automática casi me destroza.

No meto los brazos.

Él espera.

Me quedo mirando el forro del abrigo porque es más fácil que mirarlo a él. Hay un hilo suelto cerca del hombro. Tiro de él una vez, luego me detengo antes de deshacer la costura.

—Dime que me quede —digo.

Las palabras caen entre nosotros y lo rompen todo.

Simon se queda inmóvil.

No. Eso no. No de la forma típica. Se vuelve dolorosamente presente. Cada parte de él está en la cocina conmigo ahora: el hombre, el amigo, el abogado, el secreto, la llamada, eso que ninguno de los dos ha nombrado porque nombrar las cosas es exigir.

Me río por lo bajo, y suena feo.

—Eso no tenía que salir.

Su mano baja con mi abrigo todavía en ella.

—Mira.

—No digas mi nombre como si me estuvieras advirtiendo de una mala inversión.

—Estoy intentando no hacerte daño.

—Eso es muy mala señal.

Baja la mirada. Sus pestañas proyectan sombras bajo los ojos.

Odio conocer la forma del agotamiento en él.

Odio saber cuándo ha dormido en el sofá en lugar de en la cama.

Odio que parte de mí quiera salvar la distancia y arreglarle el cuello, como si los gestos domésticos no fueran su propia forma de confesión.

Me obligo a quedarme donde estoy.

Sin doblar papel. Sin bromas. Sin vía de escape.

—No necesito un discurso —digo. Mi voz es más baja ahora.

Menos firme—. Sé que estoy hecha un desastre esta noche.

Sé que es mal momento. Sé que tienes una llamada o un caso o diez razones excelentes para ser más sensato que yo.

Sé que somos amigos, y sé que se supone que esa palabra significa seguridad, y sé que probablemente estoy a punto de estropearlo todo para siempre.

Cierra los ojos durante medio segundo.

Sigo adelante porque parar sería peor.

—Pero no puedo seguir fingiendo que no te busco en cada habitación.

No puedo seguir fingiendo que te escribí esta noche porque eres práctico.

No eres práctico, Simon. Se te da fatal el queso a la plancha, tu planta se está muriendo y tienes una bolsa de hielo con forma de pingüino.

Te escribí porque cuando todo es horrible, tú eres la persona que quiero —se me seca la boca.

Mis dedos se curvan contra la palma—. Y si esto es solo cosa mía, dímelo.

Por favor. Sobreviviré a la vergüenza. Es prácticamente una tradición familiar.

No responde.

El radiador golpea una vez en el salón.

Quiero desaparecer entre las tablas del suelo.

Simon deja mi abrigo con cuidado sobre la silla, como si necesitara las dos manos libres para enfrentar la verdad y ya supiera que va a odiarla.

—No eres solo tú —dice.

La habitación se inclina bajo mis pies. No por romance. Por el alivio, que llega demasiado tarde y golpea demasiado fuerte.

—Oh —digo, porque se me da de maravilla hablar bajo presión.

Su boca se mueve. Sin sonrisa. Sin consuelo.

—Ese es el problema.

Parpadeo.

—Eso... no suele ser el problema.

—Para mí sí.

—¿Por qué?

Mira el teléfono sobre la encimera. Boca abajo. Ahora en silencio.

Luego me mira a mí.

Lo sé antes de que lo diga. No la razón, no los detalles, no lo que se oculta detrás de sus ojos. Conozco la forma de la respuesta. Va a ser una puerta, no un puente.

—No puedo ser lo que necesitas —dice.

Es una frase limpia. Cuidadosa. Ensayada en los últimos treinta segundos o en los últimos treinta años.

Espero más.

No hay más.

Me arde la cara bajo la bolsa de hielo.

—¿Eso es todo?

Se le tensa la mandíbula, pero no dice nada.

No. Que conste: retiro lo dicho. Se le aprieta la boca. Mejor. Menos inerte. Aún no es suficiente.

Asiento despacio.

—Vale.

—Mira...

—No, está bien —cojo mi abrigo. Esta vez me deja—. Pregunté. Respondiste. Muy eficiente. Adoramos la eficiencia.

—Por favor, no hagas eso.

—¿El qué?

—Quitarle importancia porque duele.

La risa que me sale es casi una tos.

—Le quito importancia porque me gustaría salir de tu apartamento con algún órgano intacto.

Se estremece. Un gesto mínimo. Odio haberlo visto. Odio que una parte leal y estúpida de mí quiera consolarlo por haberme hecho daño.

No.

Ni hablar.

Me pongo el abrigo. Una manga se retuerce. Forcejeo con ella demasiado rato porque me tiemblan las manos. Simon da medio paso hacia mí y se detiene.

Bien.

Mal.

Las dos cosas.

—Te pido un coche —dice.

—Puedo pedirlo yo misma.

—Está lloviendo.

—Mi móvil es resistente al agua.

—Mira.

—Simon.

Su nombre sabe distinto ahora. Como algo que debería escupir antes de que deje mancha.

Me mira como si se celebrara un juicio entero detrás de sus ojos y hubiera decidido no llamar al único testigo que importa.

—Lo siento —dice.

Asiento otra vez, más rápido. Eficiente. Bien. Hija práctica. Casi amante práctica. Idiota práctica con una marca de pingüino de dibujos en la cara y un corazón que hace cosas indignas detrás de las costillas.

—No lo sientas —digo—. Pedí sinceridad.

Parece destrozado, lo cual es injusto porque soy yo quien tiene que volver a casa dentro de mi propio cuerpo.

En la puerta, me detengo. No sé por qué. El orgullo debería haberme sacado ya de aquí. Por lo visto, el orgullo se ha escondido debajo del sándwich de queso quemado.

—Dijiste que no era solo yo —digo sin volverme.

Un largo silencio.

—Sí.

Cierro los ojos.

—Entonces esto es peor —digo.

Su respuesta es tan suave que casi no la oigo.

—Lo sé.

Me voy antes de hacer algo patético, como pedirle que me elija con mejores palabras.

El pasillo huele a alfombra vieja y lana empapada de lluvia. El ascensor tarda demasiado. Entro con el pingüino todavía en la mano porque olvidé devolverlo, y cuando las puertas se cierran, aprieto la cosa ridícula contra el pecho en lugar de contra la mejilla.

Abajo, el coche ya está esperando.

Claro que Simon pidió uno.

Subo y le doy mi dirección al conductor. No miro hacia la ventana del tercer piso. No miro el móvil cuando vibra en el bolso. No lloro hasta que el coche dobla la esquina y el edificio de Simon desaparece tras el cristal mojado y las luces de freno.

Solo entonces saco el móvil.

Un mensaje.

Simon: Avísame cuando llegues a casa.

Me quedo mirándolo hasta que las palabras se emborronan.

Luego escribo con dedos helados.

Mira: Considéralo tu último favor.

Lo envío.

Luego bloqueo su número antes de poder odiarme menos.