EPÍLOGO EL CIELO INFINITO
En algún lugar más allá del tiempo y del espacio, donde los dragones vuelan libres y los guardianes descansan en paz, Liana, Lira, Kira y todos los que vinieron antes contemplaban el mundo que habían dejado atrás.
No era un lugar físico, sino un estado del ser.
Una conciencia compartida. Un recuerdo eterno.
—Lo hicimos bien —dijo Liana.
—Sí —respondió Lira—. Lo hicimos bien.
—¿Crees que nos recuerdan?
—Algunos sí. Otros no. Pero eso no importa. Lo importante es que nuestro legado sigue vivo.
—Como el ciclo de los dragones. Como el vínculo entre guardianes y bestias.
—Como el amor. El amor nunca muere.
—Eso es muy cursi.
—Lo sé. Pero es verdad.
Las guardianas sonrieron y se recostaron sobre los lomos de sus dragones.
Kael, Esme, todos los dragones que habían existido desplegaron sus alas y se elevaron hacia el cielo infinito, dejando atrás las preocupaciones del mundo.
Ya no eran guardianas y dragones. Eran almas unidas para siempre, surcando un océano de estrellas donde no existía el dolor, ni el miedo, ni la muerte. Solo el amor.
Y mientras volaban, Liana recordó algo que Lira le había dicho muchos años atrás: "El destino no pregunta qué quieres. Simplemente te elige". Entonces no lo había entendido del todo. Pero ahora, contemplando el cielo infinito que se extendía ante ella, lo comprendió por fin.
Ella no había elegido ser guardiana. Había sido el destino.
O quizá había sido Kael. O quizá había sido el simple azar de encontrar un huevo en una cueva olvidada.
Pero fuera cual fuese la razón, no se arrepentía de nada.
Había vivido una vida plena, llena de dolor y de alegría, de pérdidas y de reencuentros.
Había conocido a los mejores amigos que una persona podía tener.
Había luchado por lo que creía. Había amado.
Y eso, al fin y al cabo, era lo único que importaba.
—Kael —dijo Liana, mientras las estrellas pasaban a su alrededor como luciérnagas en la noche.
—¿Sí?
—Gracias. Por todo.
—No tienes que agradecerme nada. Yo también te lo agradezco a ti.
—Entonces, volamos juntos. Para siempre.
—Para siempre.
El dragón púrpura batió sus alas y se adentró en el horizonte, donde el cielo se fundía con el mar y los sueños se convertían en realidad.
Y Liana, la guardiana de dos dragones, supo que su historia no terminaría nunca.
Porque las leyendas, como los dragones, nunca mueren.
Solo se transforman. Y mientras haya alguien dispuesto a contarlas, seguirán vivas para siempre.
FIN