CAPÍTULO 71 EL OCASO DE LOS GUARDIANES ORIGINALES
Los años, que al principio pasaban lentos como el fluir de la lava por las laderas de las Montañas de Fuego, se aceleraron de repente, como si el tiempo mismo tuviera prisa por alcanzar su destino.
La Escuela de Guardianes Lira la Salvaje seguía siendo el corazón de la orden, pero los guardianes que la habían fundado —aquellos que habían luchado junto a Lira, que habían enfrentado al Devorador y a la Sombra— empezaban a envejecer.
Uno a uno, fueron desapareciendo, dejando tras de sí un legado de valentía y sacrificio que las nuevas generaciones se esforzaban por honrar.
Eryndor, el guardián del dragón Azul, fue el primero en partir.
Falleció una noche de verano, mientras contemplaba el Mar de las Lágrimas desde su casa en Pontaris.
Su dragón, Azul, lo veló durante tres días, y al cuarto, según cuentan los testigos, se sumergió en el mar y nunca regresó.
Algunos dicen que se reunió con su guardián en el más allá.
Otros, que simplemente decidió seguir su propio camino.
Pero la verdad, como ocurre con todas las leyendas, se perdió en el tiempo.
Nerea, la guardiana del dragón Pyros, murió en las Montañas de Fuego, el lugar donde había nacido su vínculo con su bestia.
Tenía más de noventa años, y había dedicado su vida a proteger a los dragones rojos de la extinción.
Su legado perduraba en cada cría de dragón que surcaba los cielos de Alborada.
Alba, la guardiana del primer Esme, se apagó lentamente en los bosques del sur, rodeada de los árboles que tanto amaba. Su dragón, el Esme original, había muerto décadas atrás, pero ella había seguido protegiendo la naturaleza hasta el final.
Darien, el guardián de Aureus, fue el último de los guardianes originales en partir.
Murió en la Ciudadela Blanca, a los noventa y siete años, con su dragón dorado a su lado.
Aureus, que había compartido su vida durante más de medio siglo, emitió un rugido de despedida que resonó en todo Alborada.
Luego, según las crónicas, se elevó hacia el cielo y desapareció entre las nubes, como si hubiera ido a reunirse con su guardián en el más allá.
—Se han ido todos —dijo Liana, durante una reunión del consejo—. Los que lucharon junto a Lira. Los que nos enseñaron todo lo que sabemos.
—Pero su legado sigue vivo —respondió Aldric—. En nosotros. En los dragones. En cada guardián que se forma en esta escuela.
—Lo sé. Pero a veces, me siento sola.
—No estás sola. Estamos nosotros. Kael, Esme, Aurelio, Selene. Y todos los alumnos que te admiran.
—Gracias, Aldric.
—No hay de qué, Liana.