El último domingo de agosto (Pueblos que callan 2) Cómo empezó todo
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Cómo empezó todo

Para entender a su hijo, Rosa tuvo que reconstruir, pieza a pieza, cómo había empezado todo, y lo hizo con la misma terquedad con que Adrián había reconstruido lo de Fontán.

Habló con los amigos del chico, con la profesora de Biología que le había prestado un libro de buceo, con la abuela.

Y poco a poco, en las semanas de espera, mientras los vídeos de su hijo pasaban de perito en perito y la orden judicial se cocía en algún despacho de la capital, la madre fue componiendo el retrato de las últimas semanas de su hijo. Un retrato que la atravesaba.

Había empezado, como empiezan tantas cosas, por casualidad.

Adrián buceaba en la Cala de los Muertos porque era el único que iba, porque el fondo estaba virgen, porque a los quince años los sitios prohibidos llaman.

Y un día de julio vio el coche. Al principio le pareció solo un hallazgo emocionante, un pecio, una aventura para grabar y enseñar a los amigos.

Subió las primeras imágenes a sus redes, orgulloso, con un texto inocente: «mirad lo que he encontrado en la cala, un coche antiguo, brutal».

El vídeo apenas tuvo unas decenas de visitas.

Pero una de esas visitas, Rosa lo supo después, fue la que lo cambió todo: alguien del pueblo lo vio, y alguien se lo contó a alguien.

Y la noticia de que el crío de los Soler andaba grabando el coche de la Cala de los Muertos subió, de boca en boca, como sube todo en Cala Brava, hasta oídos que llevaban cuarenta años rezando para que nadie bajara a esa cala.

Y a partir de ahí, sin que Adrián lo supiera, empezó a ser observado.

Lo notó, el chico. En sus últimas semanas escribió en sus notas cosas que a Rosa le helaron la sangre al leerlas: «Creo que alguien me sigue cuando voy a la cala.

» «Hoy había un coche aparcado arriba, vigilando.

Cuando salí del agua, se fue.» «La abuela me ha dicho que no vuelva a bucear ahí, que se lo prometa.

Cuando le he preguntado por qué, se ha echado a llorar. ¿Por qué llora la abuela por una cala?»

Su hijo había percibido el peligro. Lo había escrito.

Y aun así, con la inconsciencia luminosa y terrible de los quince años, no había parado.

Para él seguía siendo una aventura, un misterio que resolver, una verdad que merecía la pena.

No concebía que en su pueblo, en su mundo, a un chaval pudieran hacerle daño de verdad.

Esas cosas pasaban en las películas, no en Cala Brava, donde nunca pasaba nada.

La abuela fue la pieza que más le dolió a Rosa reconstruir.

La madre de Julián, una anciana de ochenta y tantos años que vivía en una residencia de la capital, medio ida ya, había sido la única de la familia a la que Adrián había sonsacado algo.

El chico la visitaba, le hacía preguntas con cariño, le llevaba caramelos, y la vieja, en sus momentos de lucidez, le había soltado retazos.

Rosa fue a verla después de la desaparición, y la encontró peor, más ausente.

Pero en un momento la anciana le agarró la mano y le dijo, con los ojos llenos de lágrimas y de una culpa antigua:

—Yo se lo dije al niño. Que no preguntara.

Que esas cosas era mejor no saberlas. Que su abuelo había hecho cosas malas para que tuviéramos lo que tenemos, y que removerlo solo traía desgracia.

—Le temblaba la voz—. Pero el niño era bueno.

Decía que la verdad había que decirla. Que no se podía vivir encima de un muerto.

Y yo no supe explicarle que sí, que sí se puede, que llevamos toda la vida viviendo encima de un muerto, que es lo único que hemos hecho en esta familia.

Vivir encima del pobre Fontán. —Se echó a llorar—.

Yo lo sabía, ¿sabes? Lo de Fontán. Lo supe siempre.

Y callé cuarenta años. Y ahora el niño...

el niño por preguntar... —No pudo seguir.

Rosa salió de la residencia destrozada. Tres generaciones de Soler viviendo encima de un muerto en el fondo del mar.

El abuelo que mató. El padre que calló y se aprovechó.

La abuela que supo y guardó. Y, al final de la cadena, un niño de quince años que se negó a seguir viviendo encima del muerto, que quiso sacarlo a la luz, que creyó, contra toda la historia de su familia y de su pueblo, que la verdad se podía decir.

Y que por eso, solo por eso, había desaparecido.

«No se puede vivir encima de un muerto», había dicho Adrián.

Y tenía razón, pensó Rosa. El problema era que en Cala Brava llevaban generaciones haciéndolo, y habían construido sobre ese muerto las casas, los barcos, las fiestas, la prosperidad, la fachada entera.

Sacar al muerto a la luz no derribaba solo una mentira: derribaba el pueblo.

Por eso el pueblo prefería el muerto enterrado.

Por eso a quien intentaba sacarlo, lo enterraban a él también.

Su hijo había querido sacar al muerto. Y el pueblo, fiel a sí mismo, lo había hundido a su lado.

Rosa volvió a Cala Brava con esa certeza pesándole en el pecho como una piedra, decidida a hacer lo que su hijo no había podido terminar: sacar al muerto.

A los dos muertos. A todos los muertos que aquella costa guardaba.

Aunque se derrumbara el pueblo entero. Sobre todo si se derrumbaba el pueblo entero.