El último domingo de agosto (Pueblos que callan 2) La Comandancia
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La Comandancia

—Señora —dijo—. ¿Es usted consciente de lo que me está trayendo?

Esto no es la desaparición de un menor. Esto es un homicidio histórico sin resolver, un posible homicidio actual, y una trama de blanqueo de capitales que apunta a su propio marido y a gente de fuera, gente peligrosa, gente de la que es mejor no hablar en voz alta. Lo que me trae es una bomba.

—Lo sé —dijo Rosa—. Por eso he venido aquí y no al puesto de mi pueblo. El cabo de Cala Brava va a cazar con mi marido. No me fío.

La sargento asintió despacio. Esa desconfianza, lejos de ofenderla, pareció confirmarle algo.

—Hizo bien. —Cogió aire—. Vamos a hacer las cosas en el orden correcto, que es la única manera de que no se caigan.

Primero, el coche de la Cala de los Muertos.

Eso es concreto, es comprobable, y abre todo lo demás.

Voy a pedir al juzgado una inmersión de los GEAS, los buzos de la Guardia Civil.

Y le advierto ya que eso no se firma en dos días, aunque en ese vídeo se vea un hueso.

Un juez no monta una operación así por la grabación de un particular: antes tiene que mirarla un perito y decir que eso puede ser un resto humano y que la imagen no está trucada.

Luego están los GEAS, que son cuatro equipos para media España y van con agenda.

Y sacar un coche de doce metros de fondo no es bajar a echar un vistazo: es una grúa flotante, una comitiva judicial y un mar en calma.

Cuente semanas, señora, no días. Ahí abajo, y perdone la crudeza, no hay nadie a quien salvar: para el juzgado, un muerto que lleva cuarenta años puede esperar otro mes.

Para usted no, ya lo sé. —Hizo una pausa—.

Lo que sí se hace desde hoy mismo es vigilar esa cala.

Para eso no necesito juez, solo a mis jefes, y a mis jefes los tendré convencidos esta tarde: hay un menor desaparecido de por medio, no me van a decir que no.

Sin precinto y sin letrero, porque una cinta en el agua es un anuncio, y no me interesa que en su pueblo sepan lo que estamos mirando.

Pero la patrullera del Servicio Marítimo va a pasar por delante a sus horas y a deshoras, y por tierra habrá gente nuestra: un coche en el mirador de arriba, una pareja haciendo fotos, alguien pescando en las rocas.

Si los cruza algún día, no los mire dos veces.

No son turistas. Si alguien fondea o bucea en esa hoya antes que nosotros, lo vamos a saber.

Ese coche lleva cuarenta años sin moverse.

No se va a mover ahora sin que nos enteremos.

—Se inclinó un poco hacia delante—. Y le voy a confesar una cosa: casi prefiero que alguien lo intente.

Porque el que baje a tocar ese coche se retrata.

Nos estaría diciendo que sabe lo que hay ahí abajo y que le estorba, y eso, hoy por hoy, no lo sabemos de nadie que esté vivo y se pueda detener.

Esa cala no es solo una prueba que proteger, señora.

Es un anzuelo. Si alguien muerde, tendremos algo mejor que un coche oxidado: tendremos a alguien a quien preguntarle quién lo manda.

—Bajó la voz un punto—. Si en ese coche hay restos humanos, como parece, tenemos un caso real, con cuerpo, y a partir de ahí se puede tirar de todo lo demás: identificar a Fontán, reabrir su desaparición, conectar con la trama de ahora.

—Anotó—. Segundo, su marido. Lo que le ha confesado es valioso, pero es su palabra contra la de él, y un matrimonio...

un juez lo mirará con lupa. Lo importante es lo del blanqueo, que deja rastro: obras públicas, concesiones, empresas pantalla.

Eso lo va a investigar la unidad correspondiente, y eso sí se sostiene en papeles, no en lágrimas.

—Levantó la vista—. Y tercero, su hijo. Y aquí, señora, le voy a ser muy honesta, porque se merece la verdad y no falsas esperanzas.

A su hijo va a ser muy difícil encontrarlo.

Si fue gente profesional, gente de fuera, como parece, esa gente no deja cuerpos donde se encuentren.

Puede que nunca sepamos qué pasó exactamente con Adrián.

Puede que no lo encontremos nunca. Tiene que estar preparada para eso.

Rosa apretó las mandíbulas. Lo sabía. En el fondo lo sabía desde que vio la barca mal amarrada. Pero oírlo en voz alta, de boca de una sargento que no tenía por qué consolarla, fue como recibir el golpe otra vez.

—Quiero que lo busquen igual —dijo—. Aunque sea difícil. Aunque sea imposible. Quiero que lo busquen.

—Lo buscaremos. Le doy mi palabra de que lo buscaremos.

—La sargento le sostuvo la mirada—. Pero quiero que entienda que, aunque no lo encontremos, lo que usted ha traído hoy aquí no va a ser en vano.

Porque va a sacar a la luz lo de Fontán, lo del coche, lo del blanqueo, toda la podredumbre sobre la que está construido ese pueblo.

Y eso, aunque no le devuelva a su hijo, va a hacer que lo que le pasó a Adrián no quede como un accidente de mar más.

Va a tener un nombre. Va a tener unos culpables.

Y eso, créame, no es poco. Es lo único que a veces podemos darles a las madres. No el cuerpo. La verdad.

Rosa salió de la Comandancia al calor del mediodía de la capital, vacía y entera a la vez.

Vacía porque acababa de oír, oficialmente, que quizá nunca enterrara a su hijo.

Entera porque por fin había alguien, fuera de Cala Brava, fuera del pacto de silencio, que iba a mirar hacia donde el pueblo no quería mirar.

Hacia el fondo de la Cala de los Muertos. Hacia el coche con el muerto dentro. Hacia los cimientos sumergidos de la fortuna de los Soler.

Condujo de vuelta al pueblo por la carretera de la costa, con el mar reluciendo a su derecha, azul, inmenso, mentiroso. En algún punto de ese mar estaba su hijo, quizá. O en ningún punto.

El mar no devuelve. Pero por primera vez desde la noche grande, Rosa no se sintió sola frente a él.

Detrás de ella, en la capital, una sargento de ojos cansados estaba ya redactando una solicitud al juzgado para mandar buzos a una cala que un pueblo entero llevaba cuarenta años fingiendo que no existía.

El mar no devuelve. Pero a veces, si alguien se atreve a bajar a buscar, el mar entrega lo que no quiso devolver. Y lo que los GEAS iban a sacar del fondo de la Cala de los Muertos iba a remover Cala Brava hasta los cimientos. Hasta los cimientos de verdad. Los sumergidos.