El Último Billionaire (Santaolalla nº 3) Capítulo 12
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Capítulo 12

Agosto llegó con la madre de Daniela.

Tercera semana del mes, jueves por la tarde, tren desde Valladolid que llegaba a Chamartín a las seis y cuarto.

Diego fue a recogerla.

Daniela lo supo porque él lo dijo el miércoles por la noche con la misma naturalidad con que decía las cosas que ya estaban decididas antes de decirse.

—Voy a buscarla yo.

Daniela lo miró.

—¿Por qué tú?

—Porque es la primera vez que viene. —Pausa.— Y porque alguien debería estar ahí cuando llegue. Tú tienes la reunión con Sinergia hasta las seis.

—La reunión termina a las seis.

—Chamartín está lejos de Salamanca. —Diego la miró.— Voy yo. Llegáis al mismo tiempo.

Daniela lo miró durante un momento.

—De acuerdo.

Y el jueves Diego fue a Chamartín con el coche y Daniela salió de Sinergia a las seis y llegó al piso a las seis y cuarenta y encontró a su madre y a Diego en la cocina.

Su madre con una taza de té que Diego había preparado porque había preguntado qué tomaba y ella había dicho té y él había buscado el té en el armario que tenía desde que Daniela se mudó aunque ninguno de los dos lo tomaba regularmente.

Los dos hablando.

No de nada urgente. De Valladolid y del tren y de si Madrid había cambiado desde la última vez que su madre había venido, que fue hace tres años.

—Ha cambiado —dijo su madre cuando Daniela entró.— Hay más obra en todas partes.

—Siempre hay más obra —dijo Diego.— Es la condición permanente de las ciudades que crecen.

—¿Eso es bueno o malo? —dijo su madre.

—Depende de si la obra es lo que necesita o lo que alguien cree que necesita. —Diego la miró con algo que Daniela reconoció como el interés real, no el cortés.— ¿Usted cree que Valladolid necesita más obra?

Su madre lo pensó.

—No más obra. Mejor mantenimiento de lo que ya existe. —Pausa.— Que es diferente.

—Sí. —Diego asintió.— Es diferente.

Daniela los miró a los dos.

Su madre. Diego. El té. La cocina de Salamanca.

No había tensión. No había el peso de las primeras veces entre personas que se evalúan.

Había dos personas que ya sabían algo el uno del otro a través de Daniela y que estaban confirmando que lo que sabían era exacto.

—Hola —dijo Daniela.

Su madre la miró.

—Llegas tarde.

—El metro.

—Diego llegó a tiempo.

—Diego tiene coche.

Su madre sonrió. La risa que empezaba despacio.

—Ven aquí. —Abrió los brazos.

Daniela la abrazó.

Y en la cocina de Salamanca ese jueves de agosto con el té y las dos personas más importantes de su vida en el mismo espacio sin urgencia, había algo que era exactamente lo que había elegido.

No abstractamente.

En la práctica.

En el té buscado en el armario porque alguien preguntó qué tomaba.

En la diferencia entre obra y mantenimiento.

En el abrazo.

La madre de Daniela se quedó tres días.

Jueves, viernes, sábado.

El jueves cenaron los tres con la pasta que Daniela hizo porque era lo que sabía hacer bien y porque su madre había dicho cocina tú cuando le preguntaron qué querían cenar.

Diego puso la mesa. Sofía no estaba, era el fin de semana de Barcelona, pero había mandado un mensaje a la madre de Daniela el miércoles por la noche que decía: Hola.

Soy Sofía. Daniela me dio su número. Espero que el viaje sea bueno y que Rodrigo la planta le parezca bien. Se llama así por resiliencia.

La madre de Daniela había respondido a Daniela: ¿Cuándo puedo conocerla en persona?

Daniela: El próximo fin de semana si puedes quedarte.

Su madre: No puedo. Pero en la boda.

Daniela: No tenemos fecha todavía.

Su madre: Ponedla pronto entonces.

El viernes, Diego tenía el trabajo hasta el mediodía.

La madre de Daniela e Isabel tomaron café en Vértice, que fue idea de Isabel cuando supo que la madre de Daniela venía.

—Quiero conocerla —había dicho Isabel.

—¿Por qué?

—Porque lleva veintitrés años en la misma farmacia y eso dice algo que quiero conocer de primera mano.

El café duró dos horas.

La madre de Daniela e Isabel hablaron de trabajo, de la farmacia, de Vértice, de las cosas que cambian y las que no en veintitantos años de hacer algo todos los días.

Daniela los escuchó desde el otro lado de la mesa trabajar en sus propias cosas con la mitad de la atención en la conversación.

Pensó que su madre e Isabel se parecían en algo que no era obvio desde fuera: las dos habían elegido sus trabajos por razones que no eran solo funcionales. Su madre por la gente del barrio. Isabel por hacer las cosas bien.

Las dos habían durado.

Eso decía algo.

Al salir, su madre dijo:

—Tu jefa es buena.

—Ya lo sé.

—No lo digo del trabajo. Lo digo de ella.

—También lo sé.

Su madre la miró.

—Tienes buenas personas a tu alrededor.

—Sí.

—No siempre es fácil. —Pausa.— Saber elegir a las personas.

—No. —Daniela la miró.— Pero se aprende.

—¿De quién lo aprendiste?

Daniela pensó en eso.

—De varios sitios —dijo.

Su madre la miró.

—¿Eso lo dice Diego también?

—Y Sofía.

Su madre sonrió.

—Bien. —Cogió su bolso.— Ya sois tres que lo dicen. Eso es familia.

El sábado fue el día más ordinario de los tres.

Diego con el trabajo de mañana desde casa. La madre de Daniela con el libro que había traído y que leía en el sillón con la comodidad de quien sabe que no necesita ser entretenida.

Daniela trabajó en el portátil en la mesa del comedor.

A las doce, su madre dejó el libro.

—¿Puedo ayudar con algo?

—¿Con qué?

—Con lo que sea. —Miró la cocina.— ¿Hay algo para comer esta tarde?

—Hay cosas. —Daniela cerró el portátil.— Podemos cocinar juntas si quieres.

—Sí.

Cocinaron.

Su madre tenía sus propias formas. Diferentes a las de Diego y a las que Daniela había aprendido. Más rápidas en algunos pasos, más lentas en otros. La manera de cortar el tomate, el orden de los ingredientes, la temperatura que prefería.

Diego apareció al mediodía con la reunión terminada y las dos en la cocina con algo que olía bien y que no era la salsa de noventa minutos ni la versión rápida de Sofía sino algo completamente diferente.

—¿Qué es? —dijo Diego.

—Merluza —dijo la madre de Daniela.— La receta de mi madre.

—¿La madre de Daniela?

—La mía. Su abuela. —La madre de Daniela removió sin girarse.— Daniela la conoció hasta los ocho años. Pero la receta la aprendí yo y la aprendió Daniela y la aprenderá quien quiera aprenderla.

Diego la miró.

Miró a Daniela.

—¿Sabes hacer merluza? —dijo.

—Sí. Pero hace tiempo que no la hago. —Daniela picó algo en la tabla.— Ahora que mamá está aquí es el momento correcto.

Diego asintió.

Se sentó en el taburete de la barra.

No ayudó. Estuvo presente.

Que era exactamente lo mismo que hacía cuando Daniela hacía la salsa de tomate.

La madre de Daniela lo miró de reojo una vez.

Daniela lo notó.

Su madre no dijo nada.

Pero algo en la manera en que volvió a la sartén decía que había visto lo que necesitaba ver.

Después de comer, mientras Diego recogía, la madre de Daniela le dijo algo en la ventana del salón.

En voz baja. Solo para Daniela.

—Es callado —dijo.

—Sí.

—Pero está. —Pausa.— Hay gente callada que no está. Él está.

Daniela lo miró.

—Sí.

—Lo vi cuando os vi a los dos en la cocina esta mañana antes de que entraras tú. —Su madre miró la calle.— Estaba leyendo pero con un ojo en lo que hacías.

—No lo sabía.

—Lo sé. Por eso te lo digo.

Daniela miró a Diego en la cocina, de espaldas, recogiendo con el mismo orden de siempre.

—Mamá.

—¿Sí?

—¿Estás contenta?

Su madre la miró.

—Por ti. —Pausa.— Completamente.

Y eso fue suficiente.

El domingo su madre cogió el tren de las once.

Diego la llevó a Chamartín. Daniela también fue.

En el andén, mientras esperaban, su madre habló con Diego un momento aparte.

Daniela no escuchó lo que se dijeron.

Lo que vio fue esto: su madre dijo algo. Diego escuchó con la atención que le daba a todo lo que importaba. Su madre terminó. Diego dijo algo breve. Su madre asintió.

Eso fue todo.

El tren llegó.

Su madre abrazó a Daniela larga.

—Cuídate —dijo.

—Lo hago.

—Lo sé. —Pausa.— Lo veo.

Se subió al tren.

En el coche de vuelta, Daniela le preguntó a Diego qué le había dicho su madre.

Diego condujo un momento en silencio.

—Me dijo que llevas toda la vida eligiendo bien pero que nunca había estado tan segura como ahora de que lo que elegiste te iba a durar. —Pausa.— Y me preguntó si yo pensaba lo mismo.

—¿Qué le dijiste?

—Que sí. —Diego la miró de reojo.— Sin dudar.

—¿Le creyó?

—Creo que sí. —Pausa.— Dijo que era suficiente con eso.

Daniela miró el parabrisas.

Madrid pasando. Las calles de agosto con la gente y el calor y la ciudad siendo la ciudad.

—¿Qué te pareció ella? —dijo Daniela.

Diego lo pensó.

—Que sabe exactamente lo que quiere y no necesita que nadie se lo confirme. —Pausa.— Que eso es hereditario.

—¿Eso es un cumplido?

—Es una observación. —La comisura.— Que también es un cumplido.

Daniela lo miró.

—Diego.

—¿Sí?

—Gracias por ir a buscarla el jueves.

—No tenías que agradecerlo.

—Ya lo sé. —Pausa.— Por eso lo agradezco.

Diego asintió.

Y en el coche de vuelta a Salamanca ese domingo de agosto, con su madre en el tren a Valladolid y Sofía en Barcelona y la semana por delante, había algo que era lo que agosto tenía cuando era el mes antes del otoño:

La calidad específica de un tiempo que termina sabiendo que lo que viene es diferente pero también bueno.

No peor.

Diferente.

Y diferente no asustaba.

No desde hace tiempo.

Septiembre llegó con menos calor y más luz de la correcta.

La madre de Daniela llamó desde Valladolid el primer domingo para decir que había llegado bien y que Borges la había ignorado toda la tarde, lo que según ella era señal de que el gato la había echado de menos pero no iba a admitirlo.

Sofía empezó el curso con el libro nuevo que Daniela le había recomendado y una libreta nueva para las cosas que merecían escribirse, que según Sofía eran más de las que uno pensaría.

Vértice empezó el trimestre con tres proyectos activos y la conversación con un cuarto cliente que podía llegar antes de octubre.

Santaolalla Group tuvo su primera reunión del consejo de septiembre con la configuración nueva completamente asentada. Morales no intervino más de lo necesario. El primer consejero independiente propuso algo sobre la estrategia del sur. Diego lo consideró.

Todo avanzando.

Todo en la dirección correcta.

Un martes de la segunda semana, en el piso de Salamanca, Diego y Daniela estaban en la mesa del comedor con los portátiles y el silencio de trabajo cuando Diego dejó el ordenador.

Daniela levantó la vista.

—¿Qué? —dijo.

—La boda —dijo Diego.

Daniela cerró el portátil.

—¿Cuándo?

—Eso es lo que quiero hablar. —Diego la miró.— Tu madre preguntó que pusiéramos fecha pronto.

—Sí.

—Sofía también tiene opinión.

—Sofía siempre tiene opinión.

—Sí. —La miró.— ¿Tú tienes alguna?

Daniela lo pensó.

—Primavera —dijo.

—¿Por qué primavera?

—Porque el verano es caluroso y el otoño parece prisa y el invierno es difícil para que la gente viaje. —Pausa.— La primavera tiene luz sin calor excesivo y tiempo para que todos lleguen sin urgencia.

Diego lo procesó.

—¿Qué mes?

—Mayo. —Daniela lo miró.— El mes en que empecé a creer que la dirección era correcta aunque no tuviera el mapa todavía.

Diego la miró.

—¿Te acuerdas de ese mes específicamente?

—Me acuerdas de la cena en Chamberí. —Daniela lo miró directamente.— Me dijiste que querías que lo que construyéramos fuera en el mismo sitio de manera más constante. —Pausa.— Que fue cuando supe que el mapa iba a existir aunque todavía no lo tuviera.

Diego la miró durante un momento.

—Mayo —dijo.

—Mayo —confirmó Daniela.

—¿Pequeño?

—Solo la gente que importa.

—Ya lo dijiste.

—Lo confirmo.

—¿Dónde?

Daniela lo pensó.

—Aquí. —Miró el piso.— En este piso si es posible o en algún sitio que sea nuestro de la misma manera.

—¿Por qué aquí?

—Porque aquí es donde elegimos quedarnos. —Daniela lo miró.— No un sitio neutral. Un sitio que es nuestro.

Diego la miró durante un momento largo.

—De acuerdo.

—¿Eso es todo?

—¿Qué más quieres?

—Que lo elijas también tú. No solo que aceptes lo que yo digo.

Diego la miró.

—Mayo. Pequeño. En algún sitio que sea nuestro. —Pausa.— Es exactamente lo que yo habría elegido si me hubieran preguntado antes de que hablaras.

Daniela lo miró.

—¿Por qué?

—Porque lo importante no necesita ser grande para ser real. —Diego la miró directamente.— Lo aprendí de alguien.

—¿De quién?

—De varios sitios. —La comisura.— Pero principalmente de ti.

Daniela lo miró.

—No te enseñé eso.

—No directamente. —Diego la miró.— Pero llevas meses siendo exactamente lo que dices que eres. Sin exagerar. Sin reducir. —Pausa.— Eso enseña más que cualquier conversación.

Daniela lo miró durante un momento.

—Diego.

—¿Sí?

—¿Puedo decirte algo que quizás es demasiado?

—No existe demasiado. —La miró directamente.— Solo existe lo que es verdad.

Daniela lo miró.

—Eres la persona más honesta que he conocido. —Una pausa.— No del tipo que dice la verdad sin filtros porque no sabe o no le importa cómo llega. Del tipo que la dice porque no sabe ser otra cosa. —Pausa.— Eso es raro. Y es lo que más me importa de ti.

Diego la miró.

No respondió de inmediato.

Cuando lo hizo fue despacio, con el peso de alguien que recibe algo que no había pedido y que necesitaba recibir de todas formas.

—Gracias —dijo.

Solo eso.

Pero era suficiente.

Era Diego.

Y Diego con una palabra decía todo.