El Último Billionaire (Santaolalla nº 3) Capítulo 11
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Capítulo 11

El viernes por la mañana, Daniela llamó a su madre.

A las ocho de la mañana, desde la cocina, con el café y el sol de julio entrando por la ventana y Diego todavía en el dormitorio.

Su madre cogió al segundo tono.

—Llamas pronto —dijo.

—Hay algo que contarte.

El silencio de tres segundos.

—Cuéntame.

Daniela miró el anillo.

—Diego me pidió que me casara con él anoche.

El silencio de su madre fue diferente a los anteriores. No los tres segundos de preparación. Algo más largo. Más lleno.

—¿Y? —dijo su madre al final.

—Dije que sí.

Cinco segundos.

—Bien. —La voz de su madre con algo dentro que Daniela reconoció como el tipo de alegría que no necesita ser ruidosa para ser real.— ¿Cuándo?

—No lo hemos hablado todavía. Anoche fue anoche.

—¿Sofía lo sabe?

—Lo llamé antes que a ti. —Pausa.— Lo sabía antes de que llamara.

Su madre se rió. La risa que empezaba despacio.

—¿Cómo?

—Porque es Sofía. —Daniela bebió el café.— Lo dedujo.

—¿Cuándo me la presentas?

—El sábado viene a Madrid. Quiere estar cuando te llamemos.

Silencio.

—¿Quiere estar cuando me llaméis?

—Eso dijo.

Su madre tardó.

—Dani. —Su voz, más quieta.— ¿Estás bien?

—Sí.

—¿Del tipo que se nota en la voz?

Daniela lo pensó.

—Sí. —Pausa.— Del tipo que no había tenido antes exactamente así.

Su madre no respondió durante un momento.

—El camino complicado —dijo al final.

—El camino complicado —confirmó Daniela.

—Te enseñó dónde estás cuando llegaste.

—Sí.

—¿Y dónde estás?

Daniela miró la cocina. El sol. La planta Rodrigo dos metros más atrás de la ventana. El gancho de la entrada donde estaba su bolso. La taza de Diego en el escurridor porque Diego lavaba su taza antes de salir del dormitorio por la mañana aunque Daniela todavía no entendía por qué.

—En el sitio correcto —dijo.

Su madre soltó el aire.

—Bien. —Una pausa.— El sábado entonces.

—El sábado.

—¿Cuándo es la boda?

—Mamá.

—Pregunto.

—Todavía no lo sé.

—¿Diego lo sabe?

—Diego pidió el anillo el martes y me lo dio el jueves. —Pausa.— Creo que el resto lo iremos viendo.

—Eso es sabiduría. —Su madre lo dijo con la convicción de quien lo ha aprendido.— Las cosas importantes no necesitan prisa.

—No. —Daniela lo miró.— Solo la dirección correcta.

Colgaron.

Diego apareció en el umbral de la cocina con el pelo de dormir y el café que se había preparado en el dormitorio, lo que significaba que había oído la llamada o al menos su presencia.

—¿Tu madre? —dijo.

—Mi madre.

—¿Cómo está?

—Bien. —Daniela lo miró.— Preguntó cuándo es la boda.

—¿Qué le dijiste?

—Que no lo sabemos todavía.

Diego asintió.

—Bien. —Se sentó en el taburete de la barra.— Hay tiempo.

—Sí. —Daniela lo miró.— ¿Tú tienes alguna idea?

—Algunas. —Diego bebió.— Pero son el principio.

—¿Las compartes?

—Cuando las tenga más formadas. —La miró.— ¿Tienes tú alguna?

Daniela lo pensó.

—Una. —Pausa.— Que sea pequeño. Solo la gente que importa.

—De acuerdo. —Diego no necesitó pensarlo.— ¿Quién importa?

—Mi madre. Sofía. Lucía. Rodrigo y Carmen si quieren. Marta. —Daniela lo miró.— ¿Y tú?

—Los mismos más Cristina si está. —Pausa.— Sofía merece que las dos partes de su familia estén en el mismo sitio sin que sea una obligación.

Daniela lo miró.

Era de Diego: la consideración exacta, puesta en términos precisos, con Sofía en el centro sin que fuera necesario decirlo.

—¿Crees que Cristina vendría?

—Si se lo pedimos bien, sí. —Diego la miró.— Cristina y yo llegamos a un lugar correcto hace años. La boda de su padre con otra persona no es una amenaza para lo que construimos después del divorcio.

—¿Se lo preguntas tú?

—Se lo pregunto yo. —Pausa.— Con tiempo suficiente para que no sea una sorpresa.

—De acuerdo.

Desayunaron con el sol de julio y el viernes por delante y la semana siguiente con Sofía y su madre y la llamada que haría el viernes por la noche a Lucía que probablemente ya lo sabía porque Lucía siempre lo sabía todo con un día de anticipación.

La vida ordinaria del día después de algo importante.

Que era, de todas las vidas posibles, la más real.

Lucía llamó a las siete de la tarde del viernes.

—¿Por qué no me llamaste anoche? —dijo.

—Porque llamé a Sofía y a mi madre primero.

—¿Sofía primero que yo?

—Sofía primero siempre. —Pausa.— Es la hija.

Lucía procesó eso.

—De acuerdo. —Una pausa.— ¿Cuándo?

—¿Cuándo qué?

—La boda.

—No lo sabemos todavía.

—¿Dónde?

—Tampoco.

—¿Grande o pequeña?

—Pequeña. Solo la gente que importa.

—¿Estoy en la lista?

—Lucía.

—Pregunto.

—Sí. Estás en la lista.

—Bien. —Lucía soltó el aire con la satisfacción de quien confirma algo que no dudaba.— ¿Cómo estás?

—Bien. —Daniela lo pensó.— Del tipo que produce haber dicho sí a algo que ya era verdad antes de preguntarlo.

—¿Cuándo lo supo él?

—Dice que desde abril. —Pausa.— Lo pidió en julio porque necesitaba un mes viviendo juntos para saber si era por la mudanza o independiente.

—¿Y era independiente?

—Eso dijo.

—¿Lo crees?

—Sí. —Daniela no dudó.— Porque es de Diego. Y Diego no dice las cosas si no las ha pensado suficientemente para estar seguro.

Lucía tardó.

—Dani.

—¿Sí?

—¿Te acuerdas de aquella noche que me llamaste desde el metro y dijiste que no sabías lo que había entre vosotros pero que nombrarlo lo hacía real?

—Sí.

—Ya lo nombraste.

—Sí.

—Y sigue siendo real.

—Más que nunca.

Lucía soltó el aire de nuevo.

—Bien. —Pausa.— Llámame cuando sepas la fecha. Necesito bloquear el calendario con tiempo.

—Lo haré.

—Y Dani.

—¿Sí?

—Me alegro. —La voz de Lucía, sin ironía por primera vez en semanas.— De verdad. Desde el principio supe que iba a acabar bien.

—¿Desde el principio?

—Desde la llamada del metro. —Pausa.— Cualquiera que no nombra algo porque nombrarlo lo hace real ya sabe que es real. Solo necesita tiempo para estar lista.

Daniela lo procesó.

—¿Eso lo sabías entonces?

—Lo sabía entonces.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Porque no era mi momento para decírtelo. —Lucía lo dijo con la certeza de alguien que entiende cuándo hablar y cuándo esperar.— Era el tuyo para llegarlo a saber.

Colgaron.

Daniela dejó el teléfono sobre la mesa.

Pensó en la llamada del metro. En el año que había pasado desde entonces. En todo lo que había costado y todo lo que había valido.

Pensó en que Lucía tenía razón: ya lo sabía entonces. Solo necesitaba tiempo para estar lista.

Y había estado lista cuando había tenido que estarlo.

No antes.

No después.

En el momento correcto.

Como siempre.

El sábado Sofía llegó a las diez y cuarto.

Esta vez con una bolsa de una panadería además de la mochila.

—Ensaimadas —dijo cuando Diego abrió la puerta.— Para el desayuno.

Diego la miró.

—¿Por qué ensaimadas?

—Porque son para las ocasiones que no son normales pero tampoco son formales. —Sofía entró.— El punto intermedio.

—¿Hoy es un punto intermedio?

—Hoy llamamos a la madre de Daniela y eso es más que un sábado normal pero menos que la boda en sí. —Sofía fue a la cocina.— Ensaimadas.

Diego miró a Daniela.

Daniela miraba a Sofía poner las ensaimadas en una bandeja con la eficiencia de siempre.

—Sofía —dijo Daniela.

—¿Sí?

—Gracias.

—De nada. —Sofía no se giró.— ¿A qué hora llamáis?

—A las once, que es cuando mi madre ha terminado con el turno de mañana en la farmacia.

—¿Trabaja los sábados?

—Media jornada.

—¿Cuántos años lleva en la misma farmacia?

Daniela lo pensó.

—Veintitrés.

Sofía lo procesó.

—Es mucho tiempo en el mismo sitio.

—Sí.

—¿Le gusta?

—Sí. —Daniela la miró.— Dice que le gusta conocer a la gente del barrio. Ver cómo crecen los niños. Cómo envejecen los mayores.

—¿Eso es lo que más le gusta de su trabajo?

—Creo que sí.

Sofía asintió lentamente.

—Es un buen motivo para hacer algo. —Pausa.— Que te importe la gente que está en él.

Daniela la miró.

—¿Tú ya sabes qué quieres hacer?

Sofía lo pensó.

—Algo con personas. Pero con argumentos. —Pausa.— No lo sé del todo todavía.

—Tienes tiempo.

—Lo sé. —Sofía sirvió el café.— No me preocupa el tiempo. Me preocupa elegir bien cuando llegue el momento.

—¿Cómo sabrás que elegiste bien?

Sofía la miró.

—No lo sabré hasta que lo esté haciendo. —Lo dijo con la lógica directa de siempre.— Pero si me importa la gente que está en ello, probablemente sea correcto.

Daniela la miró.

—¿Lo aprendiste de alguien?

Sofía lo pensó.

—De varios sitios —dijo.

Y fue al salón con la bandeja de ensaimadas.

Daniela se quedó en la cocina.

Diego apareció a su lado.

—La oíste —dijo Daniela.

—De varios sitios —dijo Diego.

—Sí.

—¿Lo dice porque es verdad o porque nos imita?

—Creo que lo dice porque es verdad. —Daniela lo miró.— Y que es verdad en parte porque nosotros lo dijimos antes que ella.

Diego la miró.

—¿Eso es herencia?

—Es cómo funciona la gente. —Daniela cogió su taza.— Aprendemos de quienes están cerca. Aunque no sepamos que estamos aprendiendo.

—¿Y Sofía aprende bien?

—Sofía aprende mejor que nadie. —Daniela lo miró directamente.— Y lo que aprende lo hace suyo. No lo copia. Lo integra.

Diego asintió.

—Sí.

—Eso dice algo de ti también.

—¿De mí?

—De cómo la criaste. —Daniela lo miró.— Las personas que aprenden así lo hacen porque alguien les enseñó que aprender no es repetir sino integrar.

Diego procesó eso.

—No lo hice conscientemente.

—Lo mejor raramente se hace conscientemente. —Daniela fue al salón.— Se hace porque uno es de una manera y esa manera se transmite.

A las once, los tres estaban en el sofá con los teléfonos y las ensaimadas a medio comer y el sol de julio en la ventana.

Daniela llamó a su madre en altavoz.

Su madre cogió al segundo tono.

—Hola cariño. —La voz cálida, con el ruido de fondo de la farmacia todavía cerrando.

—Hola mamá. —Pausa.— Estoy con Diego y con Sofía.

Un segundo.

—Hola —dijo Diego.

—Hola Diego. —La voz de su madre, con algo dentro que Daniela reconoció como la evaluación silenciosa de alguien que lleva meses con una idea de quién era esta persona y ahora la escucha por primera vez.

—Y yo —dijo Sofía.

Silencio.

—¿Tú eres Sofía? —dijo la madre de Daniela.

—Sí. —Pausa.— La hija. Tengo doce años y soy deductiva.

La risa de la madre de Daniela. La que empezaba despacio y se abría.

—Me contaron —dijo.

—Bien. —Sofía cogió una ensaimada.— Quería estar cuando llamabais porque me parecía importante que la familia de Daniela supiera que la otra parte también está contenta.

Silencio de tres segundos.

—¿Estás contenta? —dijo la madre.

—Sí. —Sofía lo dijo sin dramatismo.— Daniela hace que el piso suene diferente cuando está. Y le pone nombre a las plantas. Y sabe encontrar el punto del ajo. —Pausa.— Eso es suficiente para mí.

La madre de Daniela tardó.

Daniela miraba a Sofía con algo que no podía nombrarse del todo pero que era lo más cercano al amor que había sentido por alguien que no era sangre y que había aparecido despacio, sin que nadie lo decidiera, con el ritmo específico de las cosas que crecen cuando el espacio es correcto.

—Sofía —dijo la madre de Daniela.

—¿Sí?

—Gracias por llamar con ellos.

—De nada. —Sofía pasó una página imaginaria.— ¿Cuándo viene a Madrid?

—¿Cuándo me invitan?

—El mes que viene si puede. —Sofía miró a Diego.— ¿Verdad?

Diego la miró.

—El mes que viene —confirmó Diego.

—El mes que viene entonces —dijo la madre de Daniela.— Si a Diego no le importa.

—No me importa. —Diego lo dijo con la directness de siempre.— Tenemos habitación de invitados y es buena época para venir a Madrid.

—¿Mejor que el verano?

—El verano es caluroso. —Pausa.— Pero la ciudad tiene su propia versión del verano que vale la pena ver.

La madre de Daniela tardó.

—Diego. —Lo dijo con el tono de alguien que acaba de recibir confirmación de algo que había estado evaluando.

—¿Sí?

—Cuide bien a mi hija.

—Sí. —Sin pausa.

—No lo digo como advertencia. —La voz de su madre, suave.— Lo digo porque merece que alguien lo diga en voz alta.

Diego la miró, aunque no pudiera verla.

—Lo sé. —Pausa.— Y lo hago.

—Bien.

Hablaron veinte minutos más. De Valladolid y la farmacia y Borges el gato que según su madre había desarrollado la costumbre de sentarse en el alféizar de la ventana con la expresión de quien observa el mundo pero ha decidido no participar en él.

Sofía preguntó si Borges tenía más gatos con quienes socializar.

La madre de Daniela dijo que no, que era un gato solitario por elección.

Sofía dijo que era un nombre correcto entonces.

La madre de Daniela dijo que Sofía era exactamente como la había imaginado.

Sofía preguntó cómo la había imaginado.

La madre dijo que como alguien que hace las preguntas correctas en el momento correcto.

Sofía dijo que era una descripción precisa.

Y la llamada terminó con risas y una fecha tentativa para agosto y Diego diciéndole adiós a la madre de Daniela con la misma seriedad con que decía las cosas que le importaban.

Cuando colgaron, el sofá estaba en silencio.

Los tres con las ensaimadas y el café y el sábado de julio y lo que acababa de pasar.

—Bien —dijo Sofía al final.

—Bien —confirmó Daniela.

—¿Bien bien? —dijo Diego.

—Bien bien —dijeron Sofía y Daniela al mismo tiempo.

Diego las miró a las dos.

La comisura.

Sofía lo miró.

—¿Qué?

—Nada —dijo Diego.

—Es el código de miradas —dijo Sofía con la tranquilidad de quien ha catalogado algo y ya no necesita fingir que no lo ha catalogado.— Ya sé que existe. Lo acepto.

Daniela la miró.

—¿Cuándo lo catalogaste?

—El primer mes. —Sofía cogió la última ensaimada.— Cuando entendí que algunas cosas entre personas que se quieren no necesitan palabras porque las palabras las dicen las personas y esto lo decís vosotros con las miradas.

Diego la miró.

—¿Eso lo aprendiste de alguien?

Sofía lo pensó.

—De un libro —dijo.— Pero lo confirmé observando.

—¿Qué libro?

—Uno de los de tu sección de la librería. —Sofía se levantó.— Sobre comunicación no verbal. —Pausa.— Es bueno. Un poco técnico pero bueno.

Fue al pasillo a buscar algo.

Diego miró a Daniela.

—¿Tienes un libro sobre comunicación no verbal en mi sección? —dijo.

—En mi sección. —Daniela lo miró.— Y sí. De la universidad. No sabía que Sofía lo había leído.

—Sofía lee todo lo que está a la vista.

—Ya. —Daniela lo miró.— ¿Te parece mal?

Diego lo pensó.

—No. —La comisura.— Me parece completamente consistente con quién es.

Y en el sofá de Salamanca ese sábado de julio con las ensaimadas y la llamada terminada y Sofía en el pasillo con el libro de comunicación no verbal que había leído sin decírselo a nadie, había algo que era lo que la vida nueva tenía cuando se establecía:

Su propio ritmo.

Sus propias revelaciones pequeñas.

Sus propios libros leídos en silencio.

Y sus propias maneras de decir que todo estaba bien sin necesitar decirlo con palabras.