El último aullido (Lobo 3) Capítulo 50 #2
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Capítulo 50 #2

A veces, el destino tenía una peculiar y enrevesada manera de dejarnos pistas en el camino.

Que aquel hombre se llamara Diego no tenía nada de casual, que fuera él quien me recibiera en mi antiguo hogar, tampoco.

Todo eran señales de un destino caprichoso que gustaba de guiarnos por sendas sinuosas hasta depositarnos donde debíamos, hasta cumplir lo que debíamos hacer.

Y yo ya sentí que había cumplido mi cometido. Tan sólo me restaba una cosa por hacer: recuperar mi propia reliquia.

* * *

Regresamos a Algeciras a lomos de aquella Harley que se había convertido en el caballo moderno de mi actual vikingo.

Y, cuando llegamos al Parque Natural de los Alcornocales, cada paraje me trajo un recuerdo distinto.

Caminamos siguiendo el río por rutas de senderismo. Hasta que el trayecto se convirtió en zona protegida y tuvimos que bordear unos peñascos para ascender por la accidentada geografía del cauce del río.

El pedregoso relieve nos llevó a un altiplano, donde la ruta fue más amable y el bosque más vistoso. Un poco más allá, vislumbramos el murete derruido del antiguo molino. Gunnar se detuvo ante él.

—Es como acercarse a la muerte y la derrota de nuevo —musitó.

—Es nuestra última visita al pasado —aseguré.

Lo cogí de la mano arrancándolo de sus recuerdos y tiré de él avanzando hacia la espesura.

El bosque tampoco era el mismo de entonces.

Era imposible que lo fuera, como tampoco nosotros lo éramos.

Pero la energía proyectada por las emociones vividas de algún modo se adhería a los lugares y permanecía latente, despertando de su largo letargo para esparcir remembranzas a nuestro paso.

Que además coincidiera con la época del año, el otoño, evocaba con más realismo cada imagen que surgía de entre los árboles.

El viento susurró entre las ramas, arremolinándose entre mi pelo y depositando en mis oídos el tenue y difuso llanto de un bebé. Sonidos distorsionados pero reconocibles, el tintineo de espadas, gritos belicosos y una voz de mujer, grave y profunda.

Imaginaba que Gunnar oía sus propios sonidos, los que el bosque volcaba sobre él.

Avanzamos en silencio, acomodando las emociones en cajones para no tropezar con ellas, apilando los recuerdos en los rincones para que no entorpecieran nuestro entendimiento, para que no nos arrastraran al abismo que se abría a nuestros pies.

Aquellos parajes habían presenciado nuestro final y, como si nos reconocieran, murmuraban maledicentes aquellos días tan duros.

La primera vez, el azaroso destino guio mis pasos hacia el crómlech.

Aquella segunda vez fue un vínculo extraño, invisible pero tangible, como una especie de cordón umbilical palpitante que conectaba los pasos del alma en aquel largo camino de evolución, lo que me llevó nuevamente hacia aquel círculo de piedras sagradas.

Y, como cada vez que las había atravesado, aquel campo magnético crepitaba, ejerciendo una poderosa atracción sobre mí.

Gunnar me miró con semblante grave, impresionado por la energía que desprendía aquel lugar. Nuestras manos continuaban enlazadas.

—Un sitio curioso donde reposar —comentó con cierta solemnidad.

Asentí.

—El único libre de la maldición —apunté—. Sólo yaciendo en un lugar sagrado podíamos librarnos de ella. Eso fue lo que le pregunté al saúco.

—Fuiste tú quien al final consiguió que nos pudiéramos reencontrar —musitó mirándome admirado.

Suspiré profundamente recordando aquella larga noche.

—Cuando los hombres regresaron al claro al alba y nos encontraron yo ya languidecía.

Pero me aferraba a la vida para cumplir mi cometido.

Les entregué a la niña, junto con el pliego que a duras penas logré garabatear.

Si algo se ha de respetar es el destino, conocerlo de antemano es una baza que se ha de aprovechar, y esa niña que llevaba tu sangre merecía contar con esa ventaja, además de gozar de la mejor de las madres.

—Hice una pausa y miré el árbol, que de nuevo parecía resplandecer bajo el sol de la tarde—.

Después les dicté las indicaciones que debían seguir.

Meter a Brianda en ese ataúd, sellarlo, tal como estaba acordado, y hundirlo en el fondo de la poza.

Apenas me quedó aliento para pedirles que nos enterraran a los pies de este saúco, sin ninguna señal de que hubiera una tumba.

Aunque yo todavía estaba viva cuando nos trasladaron aquí.

Gunnar me miró contrito, imaginando aquella escena, que pintaba de angustia y pesar sus facciones.

—Vi cómo cavaban nuestra última morada apoyada en el tronco del árbol.

Yo miraba el cielo, el circular vuelo de los alimoches atraídos por el funesto aroma de la muerte, el canto vibrante de los pinzones ajenos a ella y el sonido rasposo y quejumbroso de la tierra al ser ultrajada vilmente para cobijarnos en su seno.

Aspiraba el fragante aroma del bosque despertando a la mañana, inhalando una vida que se escapaba de mi herida.

»Justo al borde de la muerte, mis sentidos nunca habían estado más despiertos, más vivos y serenos a un tiempo.

Como si cada uno de ellos, conscientes de su inminente extinción, se expandiera desesperado por captar hasta el más ínfimo hálito de vida que lo rodeara.

Recuerdo con absoluto detalle el sabor salado de mi última lágrima, su tacto cálido y sedoso en mi mejilla, el olor de la tierra húmeda, el ozono que pendía en el aire, la penetrante fragancia herbosa que arrancaba el rocío.

Todo vibraba con una intensidad inaudita, los colores brillaban refulgentes, la belleza de aquel paraje resultaba sobrecogedora, subyugante.

La luz exterior aumentaba y la interior se apagaba, paradójicamente.

»Sentí la necesidad de acariciar la rugosa corteza del saúco, un gesto agradecido por permitirnos reposar bajo su protectora copa.

Y entonces percibí bajo mis dedos una pequeña oquedad.

No sé muy bien qué me llevo a quitarme el anillo de boda y esconderlo ahí.

Quizá en un primer momento la gratitud me empujaba a entregarlo al árbol sagrado como ofrenda, pero en mi fuero interno necesitaba dejar constancia de algún modo de dónde estábamos enterrados, de que allí reposaban dos amantes que se habían jurado amor eterno.

Y aquel anillo sería la prueba de ello. Y, para que nuestra felicidad fuera plena, yo debía volver a llevarlo en mi dedo.

Miré mi dedo anular, donde la fidedigna réplica de aquel anillo relucía bajo el sol. Gunnar lo había mandado confeccionar para hacerme recordar, y había cumplido su cometido. Y ahora cumpliría otro, suplantar una ofrenda y reposar en mi dedo cargado con la magia protectora de su guardián arbóreo.

—Dios santo, ¿está ahí? —arguyó asombrado señalando el tronco.

Caminé reverente hacia el árbol, mostrándole mis respetos y mi gratitud.

—Ahora lo sabremos.

Incliné la cabeza con humildad, como si elevara una plegaria, y, tras detectar el pequeño agujero en el tronco, escondido bajo un grueso nudo, introduje los dedos en él.

Sentí por un momento que mancillaba su virtud, como si le arrebatara algo íntimo que le había pertenecido durante siglos. Pero sólo había sido su fiel custodio.

Y ahí estaba.

Cuando lo rocé, un escalofrío recorrió de arriba abajo mi espina dorsal.

Al sacarlo a la luz, Gunnar dejó escapar un gemido impresionado.

Se lo ofrecí y él lo tomó entre los dedos mirándolo embelesado.

Me quité la reciente réplica y la introduje en la oquedad, a modo de oculta lápida. Y le tendí mi mano a Gunnar como aquella mañana tras la noche de bodas, en que me agasajó con el morgingjolf .

Y, tal como ocurrió aquella vez, él, mi esposo, mi alma gemela, mi todo, se arrodilló ante mí, tomó mi mano y, pegando el anillo a su frente, repitió su juramento por tercera vez en dos vidas:

—Juro protegerte con mi vida, amarte con mi alma y venerarte con mi cuerpo. Me entrego a ti hasta el fin de los tiempos.

Esas serpientes éramos nosotros dos, nuestras almas enlazadas.

Lo deslizó ceremoniosamente por el dedo corazón, donde encajó a la perfección, pues sabía que me estaba grande en el anular.

Luego se puso en pie, me alzó la barbilla para embeberse en mis ojos y se cernió lentamente hacia mi boca, sellando con un beso largo y apasionado su promesa. Una que ya había cumplido sobradamente en este siglo y en el otro.

—¿Crees que coincidiremos en más vidas?

—Pregúntale al saúco —respondió Gunnar, arqueando invitador una ceja.

Sonreí y alcé la vista hacia sus gruesas ramas.

—Dice que en todas.

—Mi juramento es indefinido en el tiempo y eterno, y soy hombre de palabra.

—Y yo una loba tenaz que te perseguirá dondequiera que vayas.

Gunnar sonrió dichoso, el regocijo refulgió en sus ojos.

—Una loba que ya no tendrá que aullar más, ni sacar las garras ni mostrar los colmillos. Una loba que se dejará mimar por la vida y por mí.

En aquel momento, una brisa se filtró entre la enorme y prieta copa sacudiendo las ramas, silbando entre las hojas, meciéndolas como si fueran cascabeles en movimiento.

—Parece que aprueba nuestra unión —murmuró Gunnar.

—Lleva muchos siglos esperando nuestro regreso.

Enlazamos nuestras manos y salimos del crómlech con paso tranquilo y ligero.

Justo antes de abandonar la planicie, un pitido anunció un mensaje en mi móvil.

Era un mensaje del doctor Almeida.

Lo leí y me dio un vuelco el estómago.

—¿Ocurre algo? —preguntó Gunnar alarmado.

Lo miré y asentí conmocionada.

—Ocurre que no regresaremos solos a casa.

Alzó las cejas interrogante.

Bajé la vista a mi vientre y posé la palma de mi mano en él.

Cuando lo miré, una sonrisa emocionada curvaba mis labios.

Gunnar agrandó la mirada atónito, comprendiendo en el acto aquel gesto.

Por segunda vez aquel día se arrodilló ante mí y besó mi vientre.

La humedad de sus ojos contrastaba con la luminosa sonrisa que resplandecía en su rostro.

El amor más puro y profundo emergió de nosotros vibrante, rivalizando con la magia ancestral de aquel lugar. Ascendiendo en invisibles volutas hacia un cielo límpido, testigo mudo de nuestra unión.

Nos alejamos de allí flotando en una nube de felicidad. Y, a cada paso que nos llevaba a casa, el pasado quedaba atrás, junto con las deudas, el dolor, las amenazas y la lucha.

Mi lobo se retraía en mi interior, curvándose sobre sí mismo, agazapado en su cueva, ansioso por hibernar como un oso, por lamer sus heridas, por disfrutar de su merecido descanso.

Por fin, tras tantos avatares, había llegado el momento de recoger los frutos, que ya se me antojaban muy dulces.