Capítulo 50
Una emotiva mirada al pasado
Diego nos recibió con una gran y relamida sonrisa de anfitrión orgulloso.
Mi genuino interés por su colección privada, aderezado con una estudiada muestra de avidez profesional y una promesa de aportar luz sobre algunos de los objetos que atesoraba, culminó en una invitación instantánea.
Su hogar era acogedor y se vestía con la añoranza de tiempos pretéritos.
De cada rincón emergía el origen mozárabe de la vivienda, el artesonado de los techos, los muros de mampostería y ladrillo toledano, la yesería de los dinteles, el patio interior con sus galerías acristaladas, los voladizos de tejas.
.., y, por si los detalles arquitectónicos de la época no te arrastraban a otro tiempo, el mobiliario, imaginaba que adquirido en tiendas de antigüedades, te hacía dudar del siglo en que habitabas.
—Veo que eres un hombre apegado al rico pasado de tu ciudad —musité embebida en aquel hermoso salón.
Diego me sonrió complacido.
—Digamos que presumo de ser un toledano de casta.
»¿Os apetece un té?
Asentí agradecida y se dirigió hacia un pasillo que imaginaba conducía a la cocina.
—Que sepas que no me pasa desapercibido su interés en ti y su disgusto en mí, puedo imaginar lo que pasaría por su mente si yo no estuviera aquí —susurró Gunnar frunciendo el ceño—.
Y que sepas que si conserva aún todos los dientes es porque logro contener mis impulsos vikingos cada vez que clava los ojos en tu escote.
—Su dentista odiaría tu civilizada conducta, pero yo la adoro.
Gunnar rio y me guiñó un ojo.
—En realidad, estoy disfrutando —confesó travieso—, porque yo sí tengo acceso a lo que él ansía.
Diego apareció con una bandeja y la depositó en una mesita baja entre dos grandes butacones. Tomó la jarra donde humeaba la infusión de hierbabuena y la vertió en dos tazas.
—Ya está endulzada con azúcar moreno —explicó.
Gunnar tomó una taza y me la ofreció, luego cogió la suya y sorbió con cautela.
—Las he probado mejores, pero no está mal —musitó condescendiente.
Agrandé los ojos con disgustado asombro y le dediqué un mohín reprobador.
—Está deliciosa —alabé yo, tras beber precipitadamente.
—Bueno, dicen que para gustos los colores —respondió Diego dirigiéndose a Gunnar, luego me lanzó una mirada penetrante y agregó—: Y
yo que pensaba que teníamos los mismos gustos...
Gunnar lo fulminó con la mirada, pero al cabo compuso una extraña mueca forzada que pretendía pasar por sonrisa, después dejó la taza sobre el platillo con más vehemencia de la necesaria y se sentó en uno de los butacones, cruzando las largas piernas como si estuviera en su casa.
Censuré su conducta con una mirada disgustada para recibir una sonrisa inocente.
—¿Y dónde tienes la colección?
Diego sonrió señalando un mueble vitrina que había en una esquina de la sala.
Era una urna de cristal casi idéntica a las que exponían objetos pequeños en los museos.
Me dirigí hacia ella intentando disimular mi ansiedad.
Me fijé en que la urna no estaba sobre un mueble, sino que formaba parte de él.
Abajo, una cajonera de la misma longitud, exhibía unos curiosos tiradores de borla, los cajones tenían cerradura.
—Hecho a medida —admiré.
—Sí, mi colección no merecía menos.
—Entiendo que son pertenencias de tus antepasados. Y que en realidad tú eres el dueño y señor de la Casa de los Mozárabes.
—Sí, lo regenta Amaya, pero yo soy el propietario.
—¿Hay muchos Diegos en tu familia?
—Unos cuantos.
Me señaló un escudo heráldico que había junto a la urna y mi corazón se encogió. El noble apellido Antúnez me golpeó, aturdiéndome.
—Pertenezco a una antigua y noble dinastía de caballeros castellanos. Uno de mis antepasados comandó las huestes del rey astur Alfonso II.
—Eso es fascinante —logré articular.
En mi cabeza estallaron mil preguntas. ¿Cómo había continuado la línea sanguínea si el ilustre don Diego de Antúnez no había tenido hijos y tampoco tuvo hermanos?
Gunnar se puso en pie y caminó hacia nosotros.
—Tu árbol genealógico debe de ser impresionante —musité confiando en que un hombre tan orgulloso de sus raíces tuviera uno.
—Lo es —aseguró jactancioso—. Por cierto, lo tengo por aquí.
La vanidad era un arma peligrosa en manos ajenas, pensé mientras lo veía rebuscar en otro mueble, pues el agasajo acicatea la lengua de quien adora hablar de sí mismo y de sus dones.
Sacó un pliego que no supe si era antiguo o si había sido tratado para que lo fuera hasta que me lo entregó. Por el tacto, supe que era relativamente nuevo.
—Cada nuevo miembro de la familia tiene la obligación de volver a encargar el árbol agregando su nombre —explicó.
Siguió hablando, pero yo ya no lo escuchaba. Mis ojos repasaban los nombres, hasta llegar al que me interesaba...
En una de las primeras líneas se encontraba don Diego de Antúnez, unido por una línea a doña Elvira de Casto. Bajo ellos, cuatro nombres que me detuvieron el pulso: Leonora de Antúnez y Casto, Enrique de Antúnez y Casto, Raquel de Antúnez y Casto y Míriam de Antúnez y Casto.
—La primogénita fue Leonora —adujo y yo tragué saliva—, pero murió a edad temprana, corrió la leyenda de que fue secuestrada por los vikingos allá por el siglo IX, en una incursión que hicieron en Sevilla. —Sentí la rotunda presencia de Gunnar a mi lado y supe que estaba tan afectado como yo.
Estaba claro que el grupo se había asentado en Toledo.
Mi madre los había acogido en su hogar y había dado sus apellidos a los tres niños. A Erik, que fue bautizado como Enrique, a Raquel, y a Myrna, como Míriam.
Myrna, la hija de Gunnar y Brianda.
Aquel hombre que se jactaba de castellano tenía en sus venas sangre nórdica, judía o celta.
Seguí la línea de Míriam y descubrí que no continuaba. Sólo Raquel y Enrique tuvieron hijos y perpetuaron la estirpe.
—¿Qué pasó con Míriam?
—No se sabe muy bien, no hay constancia de matrimonio ni de defunción.
Se cree que un buen día desapareció sin más. Dicen que poseía una belleza sin igual, pero un temperamento explosivo que espantaba a sus pretendientes.
Seguramente Elvira le había entregado el pliego que yo había escrito poco antes de sucumbir a la muerte, y ella, al conocer su destino y su verdadero origen, se habría marchado a cumplirlo. Pero todo eran hipótesis.
Gunnar se envaró a mi lado. Lo miré y, a pesar de que conseguía ocultar sus emociones, su mandíbula retembló.
—Yo procedo de la rama de Enrique.
En mi cabeza vi a aquel niño de trigueños cabellos y ojos claros que nada tenía que ver con la fisonomía de aquel hombre.
Aquella estirpe de la que presumía nada tenía que ver con el apellido Antúnez.
Ni siquiera yo. Me pregunté cuántos secretos esconderían los árboles genealógicos de tantas familias que los exhibían con la notoriedad y el orgullo de quien presume de linaje.
Cuántos hijos bastardos habrían pasado por legítimos.
En este caso, el tiempo había borrado que don Diego ya no seguía con vida cuando sus otros hijos llegaron, y que además ninguno de los tres últimos no sólo no eran hijos suyos, sino que tampoco lo eran de Elvira, al menos por línea sanguínea.
Con lo cual, esa dinastía de noble cuna no era sino un cadalso de fábulas que escondía mil historias, con otras mil verdades que el tiempo y el olvido habían enterrado.
Vi que Raquel se había casado con un tal Íñigo Montiel, y que había tenido tres hijos varones. Enrique había desposado a una tal Mencía Avendaño y había traído al mundo a cinco vástagos, tres mujeres y dos hombres. Las líneas se sucedían y mi mente las desdibujó. Parpadeé alejando la emoción.
Diego pulsó un interruptor que había en un lateral de la urna y un largo foco se encendió proyectando luz blanca sobre los objetos que descansaban en el interior.
La nostalgia me abofeteó en el acto.
Gunnar entrelazó su mano en la mía en un gesto que fingió encontradizo, cuando en realidad ambos necesitábamos el apoyo del otro.
Ahí estaba el libro que mi madre solía leerme de niña, acartonado y rígido, ondulado y oscurecido por el tiempo, pero en sorprendente buen estado.
Unas alhajas que reconocí de tanto verlas sobre mi madre, un alfiler del pelo con engarce de perlas.
El que yo había llevado la noche en que Rashid vino a pedir mi mano.
Cerré los ojos y casi pude sentir las manos de mi madre trenzándome el cabello aquella noche, mientras calmaba mis miedos con caricias y consejos maternales.
Una profunda tristeza constriñó mi pecho y cerró la boca de mi estómago, humedeciendo mis ojos con recuerdos tan lejanos y cercanos a la vez.
Diego introdujo una llave en la cerradura de la vitrina y abrió un lateral para sacar una llave que me pellizcó el corazón.
—Mira, ésta es la llave que te mencioné, ¿no te parece insólita?
Me la entregó con la ligereza de quien no sabe que está toqueteando una reliquia sagrada.
Tomé en mis manos la falange del apóstol Santiago el Mayor, y ya me preguntaba qué habría sido de Martín cuando Diego me dio la respuesta a mi muda pregunta:
—Hay una historia curiosa respecto a esta llave.
Se ha contado de generación en generación en mi familia que se convirtió en estandarte de la cristiandad durante una importante rebelión mozárabe en la ciudad.
Que vencieron a los musulmanes y consiguieron convertirse en un estado independiente del califato con autonomía propia.
Creo que tiene algo que ver con la peregrinación cristiana por el detalle ornamental de la concha.
Por un momento me sentí tentada de decirle la verdad, que aquella llave era una de las reliquias religiosas más importantes del mundo cristiano y su lugar no era aquél, pero pensé que el mundo no cambiaría aunque aquella llave se exhibiera en una iglesia o un museo diocesano.
Y que, en realidad, había regresado a su hogar.
Al hombre que se llamaba como su anterior dueño.