Capítulo 36 #2
Tras un angustioso silencio, un débil y desesperado gemido afloró en la noche entre amargas lágrimas.
—Te lo suplico, Jamil, he hecho cuanto me has pedido, y lo he hecho por amor y por lealtad absoluta hacia ti.
No puedes hacernos esto —sollozó Zahira, y yo aflojé la presión de mi espada en su garganta por temor a que en su afectado llanto se hiriera de muerte—.
Este niño no tiene culpa de nada, ni debe pagar las deudas de los demás. Debe de haber otro modo, amor mío.
Otro modo de encontrar la llave. Yo... yo las vi hablando recelosas en la puerta del al-funduq , seguramente debieron de esconderla allí.
El rostro de Jamil no sólo no se suavizó, sino que se constriñó en una mueca de frío desdén.
—¿Acaso no disfrutaste entre los brazos de tan apuesto guerrero?
—escupió con desprecio—. ¿De veras crees que yo consideré que hacías un sacrificio por mí?
Supe que te gustaba desde el primer momento que posaste sus ojos en él.
Así que no insultes mi inteligencia, perra infiel.
Yo simplemente utilicé tu debilidad por él a mi favor.
De no llevar mi hijo en tu vientre, ya me habría deshecho de ti.
Zahira sollozó con más pesar, y entonces todo se precipitó sin que yo pudiera evitarlo.
Ante mi sorpresa, la sarracena aferró con ambas manos el filo de mi espada y se lo hundió en la garganta.
Oí un gorjeo espeluznante del aire que emergió de su garganta entre borbotones de sangre.
Cuando aparté la espada, ella se inclinó hacia delante y yo intenté sostenerla.
Un torrente de sangre cálida brotó incontenible ante mi consternado estupor.
La tomé en mis brazos para evitar que cayera del caballo y, al mirar la horrible brecha que seccionaba la delicada piel de su cuello, supe que estaba condenada.
Cerré los ojos con el corazón encogido. Dos vidas perecían entre mis brazos, y la impotencia y la culpa me devastaron. Empapada en su sangre y temblando de rabia y de aflicción, sentí deseos de gritar y de cargar contra los demonios que observaban la escena impasibles.
—Ya no hay nada que decidir, espero que el Todopoderoso olvide tu pequeño acceso de rebeldía —pronunció Taliq con regocijado alivio y un deje recriminatorio en su tono.
Jamil contemplaba inmutable y pensativo la agonía de la muchacha, ya presa de los últimos estertores.
Y en aquel espantoso instante, rodeada de muerte y de maldad, me pregunté cómo había personas que podían vivir sin corazón.
Para mi absoluta desgracia había conocido ya la maldad en su estado más puro, y todas las almas que la habían cobijado compartían el mismo rasgo: adolecían de no tener corazón.
En ellas sólo habitaba la negrura, la ambición, el poder, la posesión, el egoísmo, el vacío, incluso el placer de someter, torturar y matar a sus semejantes, quizá envidiando ese corazón que irradiaba luz en el alma de las personas de bien.
Y era esa luz lo que atraía a las tinieblas, ávidas por apagarla, para que no resaltaran con su brillo la mísera negrura de sus almas.
Frente a mí, aquellos seres oscuros no mostraron ni un ápice de humanidad ante la muerte de una mujer y su hijo.
Sólo unas lágrimas la acompañaron al otro lado, las mías.
Y, aunque tener corazón era inherente a sufrir, lo preferí mil veces.
Zahira quedó inerte en mis brazos, despojada de toda vida, pero su vientre se movía, y aquella lucha por la vida me desgarró por dentro.
No pude permanecer sorda a aquella agitada súplica.
Bajé del caballo y la arrastré conmigo. Jadeé entre lágrimas, apartando de mi cabeza dolorosos recuerdos e intenté centrarme en lo que debía hacer.
La tumbé en el suelo y palpé su vientre con las manos. Gemí ante la patada de aquel bebé que se agitaba en su intento por escapar de la muerte.
No lo dudé. Cogí mi daga, alcé su túnica y desnudé su vientre. Recordé mi propia cicatriz y lo que Eyra tuvo que hacerme para salvar mi vida y me aventuré a intentar imitarla.
Ella no había abierto mi vientre de arriba abajo, sino que había trazado la incisión de manera horizontal, justo sobre el pubis. Y eso fue lo que hice.
Nadie me detuvo cuando hundí la punta del puñal en su carne ya sin vida y la rasgué abriendo una hendidura de parte a parte. En aquel instante un líquido caliente y translúcido, aunque arrastraba sangre del corte, manó incontenible. Había roto la bolsa donde iba el bebé.
Sin vacilación alguna, metí la mano en el pronunciado corte y comencé a rebuscar en su interior. El tacto era suave, cálido y resbaladizo. Atrapé un pie.
El niño aún no estaba colocado. Tiré suavemente hasta que lo vi asomar.
Contuve el aliento y metí la otra mano. Con toda la suavidad y la delicadeza que pude imprimir a mis movimientos, arrastré el pequeño cuerpo fuera de su jaula de carne hacia un mundo ingrato y quizá atroz, pero que merecía descubrir, enfrentar y tal vez mejorar.
Cada vida nueva, cada ser que venía al mundo, no era más que la esperanza de que sus actos, su luz pudieran iluminarlo de algún modo.
Y esa esperanza se sacudió entre mis trémulos brazos plena de vida.
Lloré tan emocionada como preocupada. Aquel minúsculo cuerpo sanguinolento se sacudía en pequeños espasmos asido al cordón umbilical de su madre como si se resistiera a perderla.
Tragué saliva y respiré hondo para aligerar la piedra que sentía en mi pecho.
Tomé de nuevo la daga y seccioné el cordón, anudándolo como pude.
Luego rasgué una tira del bajo de la túnica de Zahira y lo envolví con ella.
Lo abracé contra mi pecho y lo acaricié, sabiendo que la muerte también lo querría a su lado y lucharía por él.
Era un niño. Y, por su vigoroso llanto, supe que plantaría batalla si se lo permitían.
Impregnada en lágrimas y sangre, acunando al hijo de un hombre sin corazón, logré ponerme en pie, aunque me fallaban las rodillas.
—Aún existe una oportunidad para ti, Jamil. Todavía puedes redimirte.
Esta vez, su rostro sí mostró el desgarro de su indecisión.
Había presenciado mi desesperado acto por salvarlo, y ver con sus propios ojos a su hijo no era igual que imaginar algo que todavía no estaba en el mundo como tal.
Ahora estaba frente a él y era un niño fuerte y vigoroso, a pesar de los dos meses de gestación que le quedaban.
—Toma a tu hijo y marcha con él.
Alargué los brazos separando al pequeño de mi pecho y lo tendí hacia él, ansiando que aquella invitación llena de luz calara en su negro corazón.
Por un fugaz instante percibí en su rostro un atisbo de ternura y la esperanza hizo mella en mí. Quizá de haber estado solo, quizá si todo no hubiera sido tan rápido, habría tenido mi propuesta alguna oportunidad. Pero había demasiada oscuridad en torno a aquel momento, demasiada.
Yo no me había percatado de que todos habían desmontado, excepto Jamil.
Ni de que habían cogido piedras en sus manos.
Pero sí fui consciente de lo que sucedería a continuación.
Me di la vuelta a tiempo cuando la primera impactó en mi espalda.
Gemí dolorida y me curvé protegiendo al niño que llevaba en mi pecho.
Una piedra tras otra, me golpearon hasta derribarme.
Me puse en pie de nuevo, gritando el nombre de Jamil en un fútil intento por despertar la piedad por su hijo.
Supe que los hombres me habían rodeado porque recibí pedradas en los costados. Me pegué a la pared de roca y me ahuequé contra ella para proteger al bebé. El dolor era lacerante y un impacto en la cabeza nubló mi conciencia.
Un líquido espeso y cálido cubrió mi visión. Y, cuando caí de costado, la lluvia de piedras continuó inclemente.
Ya no oía el llanto del niño, pero sí otro sonido, el entrechocar de metal, gritos y relinchos. Y entonces todo cesó.
Quise levantarme, pero no pude. Luché contra la negrura, contra el dolor y contra la conmoción y me arrastré penosamente entre los peñascos con intención de escapar.
Oí mi nombre en una voz conocida y me volví hacia ella. La sangre que manaba de mi cabeza apenas me dejaba ver, pero tampoco pude limpiarla.
Sentí cómo alguien me alzaba en brazos y las sacudidas apremiantes de las zancadas. De fondo, el sonido de la lucha. Intenté abrir los ojos, pero ya no pude, tampoco supe si seguía abrazando aquel cuerpecito pegado al mío.
Recuerdo temer que se cayera y mi sensación de frustración al no poder sujetarlo. Pero, al ser ceñida contra un inmenso pecho, sí noté el relieve del niño contra el mío. Fue en aquel momento cuando me rendí... y la oscuridad me llevó.