El último aullido (Lobo 3) Capítulo 36
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Capítulo 36

Una pequeña luz entre tinieblas

Salimos de Arunda al anochecer, antes de que cerraran las puertas de la ciudad.

La luna creciente iluminó el pedregoso sendero que descendía hasta las profundidades del desfiladero. Martín se reunió con nosotros casi llegando el ocaso, diciendo, extrañado, que ningún otro forastero había atravesado las puertas de entrada.

Aquello planteaba dos cuestiones: o bien habían desistido, o bien habían dado un rodeo para tendernos una emboscada.

La segunda posibilidad era la que nos acompañaba, sembrando pesadumbre en nuestro ánimo y agudizando nuestros sentidos.

Martín decidió adelantarse para explorar cada recodo y Valdis lo acompañó.

Yo cabalgaba delante de la carreta, con una mano en las riendas y la otra acariciando la empuñadura de mi espada. Ahmed conducía el carromato, arreando a los dos caballos con hábil manejo. Su pequeño compañero de asiento dormía plácido en la parte de atrás con su madre y el resto de los ocupantes.

Las altas paredes del barranco se me antojaron amenazadoras, como si nos adentráramos en la oscura garganta de un monstruo.

Tuve la opresiva sensación de que el angosto sendero aún se iba estrechando más, y en cada curva esa sensación se agudizaba.

Me apercibí de que de manera ocasional el sendero ofrecía opciones, bifurcándose.

Y era en aquellas encrucijadas donde podían apostarse los asaltantes.

Nuestro paso era lento, casi adormecido, pero nuestro ánimo estaba tan despierto como las lechuzas que ululaban en medio de la noche, atentas a su alrededor.

En medio del regular traqueteo del carromato, el veloz trote de una montura me envaró.

Alargué el brazo en un gesto apremiante a Ahmed para que se detuviera.

Desenfundé mi espada y aguardé agitada al jinete que se acercaba.

Eran dos, y solté el aire contenido cuando vi aparecer a Valdis y a Martín, aunque, por sus semblantes, las noticias que traían no eran halagüeñas.

—Hay una partida esperándonos al final del desfiladero. Los hemos oído hablar —susurró él prudente—. Este pasadizo de piedra proyecta los sonidos hacia su interior. Tenemos que salir de aquí cuanto antes. Hay una bifurcación en el siguiente recodo, es nuestra única salida.

Asentí y nos dirigimos apremiantes hacia ella.

Sin embargo, cuando llegamos oímos voces jaleando a sus monturas, y el apremio se convirtió en miedo. Cuando enfilamos por el sendero de la derecha comprobé horrorizada que la carreta no podría pasar. El de la izquierda aún era más angosto.

—Tenemos que huir a caballo —resalté—. ¡Ahmed, desbrida las monturas!

Desmonté y me precipité al interior de la carreta para despertar a las mujeres. Las ayudé a salir y organicé las parejas.

—Ahmed, monta uno de los caballos, Flora irá tras de ti. Helga, tú con tu hijo. Valdis con Martín. Zahira irá conmigo.

Me volví hacia mi madre.

—¿Podrás llevar a la pequeña Raquel delante de ti? La ataremos bien a la montura.

Asintió y nos aprestamos a disponer una sujeción segura para la niña, utilizando el cesto de mimbre a modo de silla con respaldo, donde la atamos bien al lomo del animal.

Yo elegí a propósito llevar a Zahira delante de mí, para usarla como rehén si se daba el caso.

Una vez dispuestos en los cinco caballos —los dos que tiraban del carro eran percherones, y, aunque robustos y lentos, nos tendrían que valer—, nos adentramos en el pasadizo horadado en aquella garganta asegurándonos de girar la carreta abandonada en la otra bifurcación para confundirlos, así tendrían que dividirse.

Pusimos las monturas al galope sin saber adónde nos llevaría aquel sendero.

No tardamos en oír cascos tras nosotros que se acercaban peligrosamente.

Espoleamos con más apremio a los caballos y recé para que pudiéramos salir antes de que nos alcanzaran.

Al fin se abrió el barranco en un claro donde la luna dibujó un cerco y me adelanté guiándolos a la espesura para ocultarnos.

Justo cuando todos nos filtramos entre los árboles, del desfiladero asomó un grupo de jinetes que se adentraron en el claro.

Giraron confusos sin saber qué rumbo tomar.

Ya se decidían por uno cuando un llanto los detuvo en seco.

Raquel comenzó a llorar y, aunque una mano sofocaba los sollozos, en aquel silencio nocturno fue como si tocaran las campanas de una iglesia.

Me volví alarmada hacia mi madre justo cuando los jinetes que nos perseguían señalaban la arboleda donde nos escondíamos.

Y entonces no lo pensé, azucé a mi montura y salí al galope, atrayendo a todo el grupo tras de mí.

Zahira gritó aterrada y se agarró con fuerza al caballo. Aquello debía de ser muy duro para ella, pero no tenía otra opción. Atravesé rauda el páramo, sorteando árboles y peñascos, en mi intento de alejarlos del resto.

En mi alocada carrera, y abrazada por la noche, no vi adónde me dirigía hasta que fue demasiado tarde.

Una pared de roca se alzó ante mí. Tiré de las riendas con brío y el caballo relinchó enfurruñado. Ya me giraba para reconducirlo cuando cuatro jinetes me cortaron el paso.

Las sombras recortaban sus siluetas, no podía verles el rostro.

—¿Qué queréis?

—Un reencuentro familiar.

Un jinete se adelantó y la luna iluminó con claridad su rostro. Jamil me sonrió artero.

—Os echaba de menos.

—Pues aquí nos tienes. ¿Y ahora qué?

—Déjame bajar, sólo me quiere a mí —repuso Zahira en tono contrito y resignado.

La resignación y el sacrificio no eran rasgos que la definieran; además, detecté más ansiedad que miedo en su voz. Lo que pretendía era alejarse de mí.

—Ella me pertenece, pero en realidad todos estáis en mis manos. Según la ley, quien ayuda a un prófugo se convierte en cómplice y comparte castigo.

No obstante, he decidido ser magnánimo y llevarme sólo a mi esposa. A cambio quiero la llave que tu madre lleva al cuello.

Aquello era lo que realmente quería, como había supuesto.

Ahora era el momento de probar suerte con otras suposiciones.

Extraje mi espada y la coloqué en la garganta de Zahira. La muchacha exhaló un gemido sorprendido y el rictus de Jamil se tensó visiblemente.

—No serás capaz de matar a una mujer embarazada —alegó con una sonrisa confiada.

—No sería la primera rata que degüello —aseguré vehemente.

—Adelante entonces, me ahorrarás tener que apedrearla.

Escruté su mirada tratando de descifrar qué había de verdad en sus palabras. Si mis suposiciones no eran acertadas, estaba en un aprieto. Y la única forma de averiguarlo era dando un paso más en el camino que había iniciado, por arriesgado que fuera.

—Como desees.

Ceñí más el filo de mi acero a la garganta de la sarracena hasta conseguir que sangrara, rezando por arrancar la reacción que esperaba.

Zahira se revolvió y yo la sujeté con fuerza sin dejar de mirar a Jamil con expresión imperturbable, esgrimiendo una frialdad que no sentía.

—¡Detente!

Obedecí. Había acertado, ella no le interesaba, era un peón más de su ambicioso juego, pero, por la mirada que dirigió a su abultado vientre, el niño sí. Era suyo.

Aquella baza sería lo que me sacaría con vida de allí.

—Dejaré vivir a tu hijo si me dices qué es lo que buscas realmente.

A su expresión asombrada le siguió un gesto furioso. Mi madre había dado en el clavo.

—Si la matas no saldrás viva de aquí —murmuró entre dientes. Su amenaza fue acompañada de una mirada rezumante de inquina.

—Puede, pero tú perderás la llave y a tu hijo. Ya sé que ella no te importa lo más mínimo y que posiblemente la mates cuando dé a luz. —Eso último lo mencioné para recordarle a Zahira lo necia e ingenua que había sido al prestarse a ese juego.

La muchacha jadeaba asustada, resollando como un animal acorralado.

—Encontraría a tu madre y lo sabes, y la mataría gustoso, lenta y dolorosamente, tras arrebatarle la llave.

—Ella ya no lleva la llave encima —anuncié despertando el desconcierto y el recelo en su gesto.

—¡Mientes!

—Estando en Arunda me la entregó y la escondí allí. Sólo yo sé dónde está. Así que comienza a hablar, que al menos sepa por lo que va a morir tu hijo.

Entonces un jinete se adelantó, colocándose junto a Jamil. En su severa expresión traslució un fulgor de odio y rencor que se me clavó como una daga.

—Todo sacrificio es poco, Jamil, lo que hay en juego es mucho más importante que nuestros afectos egoístas y personales.

El pérfido Taliq compuso una mirada aviesa cargada de fervor.

Jamil se envaró en su silla, su ceño se arrugó y su rostro se congestionó en una máscara contrariada y feroz.

—Pero es mi hijo —repuso con trémula obstinación.

—Por culpa de esa perra sé lo que es perder a un hijo. Comprendo cómo te sientes, pero al menos tú podrás tener más hijos. Puedes sacrificar a éste en nombre de Alá todopoderoso.

El cariz que estaba tomando la situación comenzó a angustiarme. No sabía de lo que hablaban. Pero sí que, si Jamil transigía a los deseos del taimado imán, yo estaba perdida.

El titubeo de Jamil desgarró su rostro en un pulso que evidenciaba el cruento combate que se libraba en su interior.

—Habrás de llevar en tu conciencia la muerte de tu propia sangre —comencé, decidida a que aquel debate moral se decantara a mi favor—, y eso será como una maldición que acabará por devorarte.

No sé qué hay en ese cofre, pero no vale la vida de tu hijo.

Ninguna hazaña por sagrada que parezca exige un pago tan alto.

Y ningún dios que se precie lo exigiría.

—¡Cállate, puta! —estalló Taliq—. Alá merece eso y mucho más.

—Jamil, tu propio padre sacrificó su vida por salvaros.

Sé digno hijo de él, no traiciones tu propia estirpe.

No te condenes en nombre de una fe que es utilizada a favor de la ambición y la venganza.

No escuches a quien te pide semejante sacrificio.

En vuestras oraciones ensalzáis la misericordia de Alá, apela a ella en lugar de ofrecerle tu sangre.

De tu decisión dependerá el resto de tu vida.