El último aullido (Lobo 3) Capítulo 34 #2
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Capítulo 34 #2

La curandera sacudió la cabeza con resignación.

—Tiene su guarida en las cuevas romanas del cerro de Aulagar. Pero te diré algo, muchacha: el mal más primitivo habita en esa mujer. Sea lo que sea lo que tengas con ella, no la enfrentes, huye.

—No puedo huir, es ella la que me sigue. Bueno, sigue a mi esposo.

Esta vez, su expresión se oscureció, y el paño compasivo que mostró me inquietó sobremanera.

—Ahora entiendo...

—¿Qué entiendes? —pregunté ansiosa.

—Por qué tu esposo está enfermo.

Esta vez el amargor se trocó en hiel pura.

—¿Qué tiene ella que ver con eso? Estaba en prisión, fue torturado, apenas comía y pasó unos días en un agujero en la tierra. Fue así como enfermó.

—Muchacha, ella es una Morrigan, una poderosa bruja celta, diosa de las batallas y la muerte, la fertilidad, la promiscuidad sexual.

Donde hay una Morrigan cerca reina la guerra, el caos.

Les gusta conocer y decidir el destino de los hombres.

Dicen que suelen lavar en el río las ropas de los guerreros que van a morir, y entonces el aire se tiñe de rojo, las nubes se tornan rojas y el cielo se llena de cuervos.

Cuenta la leyenda que una vez intentó seducir al mejor guerrero celta de todos, pero éste la rechazó y ella lanzó sobre él una maldición que acabó con su vida.

Ahora sí, la angustia encogió mi estómago como una garra infame.

Gunnar la había rechazado, y ella se había vengado, pero parecía no tener suficiente con haberle robado su semilla. Lo quería a él.

—¿Y cómo se puede escapar de una Morrigan?

—Matándola. Pero no es fácil, suelen mirar el futuro de los hombres.

Suelen vivir cerca de sus centros de poder, normalmente, un círculo de piedras. Allí hacen sus rituales, y sólo allí se pueden revertir, derramando su sangre en ellas.

Asentí y en aquel simple gesto me mareé.

—¿El mal que aqueja a mi esposo es entonces una maldición?

—Eso me temo.

—¿Y sólo puede romperse si ella muere?

—Sólo así.

—¿Y qué ocurre si ella lleva en su vientre al hijo de mi esposo?

Entonces la anciana abrió la boca atónita y horrorizada y se persignó tres veces.

—Que habrás de esperar a que salga de ella y luego decidir qué hacer con la criatura. Los bebés son inocentes de cuanto hagan sus progenitores. Nacen libres de pecado, y, por tanto, no deben pagar los de otros.

—Agradezco tus consejos. Y ahora, si existe algún amuleto de protección contra ella, pagaré por él lo que me pidas.

La curandera inspiró profundamente, como si el peso del mundo recayera sobre sus hombros. Y, tras un instante de reflexión, rebuscó en un saquito que por el sonido parecía contener piedras y extrajo una en particular.

Era un canto rodado de río, circular, del tamaño de una moneda, con un orificio en el centro por el que pasaba un cordel rojo que se anudaba al cuello.

Me lo entregó y aguardó a que me lo atara tras la nuca.

—Es una piedra de río —explicó—. El orificio del centro ha sido erosionado por la corriente de agua y es lo que le confiere su poder.

La magia no puede trabajar sobre el agua que fluye.

El agua es protectora y todo lo que envuelve o crea con su fuerza es un escudo natural contra las brujas y sus hechizos.

—¿Cuántos dírhams vale?

—Los amuletos se han de regalar para que funcionen.

—Espero que al menos el destino sea benévolo con tu generosidad, y no me refiero sólo al amuleto.

—Muchacha, todo en la vida tiene vuelta. Esto que hago por ti no es más que el acto egoísta de quien espera recibir compensación futura.

—Recibe de momento toda mi gratitud.

—Un último consejo: si vas a enfrentarte a ella, debo advertirte de que en su estado es más poderosa aún. Habrás de esperar a que dé a luz.

—Si algo soy incapaz de hacer es arrebatarle la vida a un niño.

—Ve, muchacha, sé cauta, lista y paciente, llegará tu momento.

* * *

El cerro de Aulagar estaba en las afueras de la ciudad, en la falda de una montaña. Habían sido unas antiguas canteras romanas donde se extraía piedra caliza para la construcción.

Cuando llegué a las cuevas, me sorprendió descubrir unas inmensas galerías horadadas en la piedra sostenidas por grandes pilares, de manera que conformaban vastas salas; más parecía la entrada a un tosco templo que a unas cavernas.

La luz diurna penetraba en aquellas grandes aberturas iluminando perfectamente el interior, al menos, de las primeras salas. El lugar parecía deshabitado excepto por los restos de una hoguera reciente.

Caminé por el interior, el sonido de mis pasos retumbó a mi alrededor proyectándose a través de las galerías que comunicaban las cuevas, en un eco reverencial que se perdía en la oscuridad del fondo.

Deambulé de una sala a otra sin encontrar vestigios humanos. Si ella había estado allí, ya se había marchado. Me encaminé hacia la salida y entonces la vi.

Subía la loma de la colina con un odre en la mano y apoyada en un cayado. Su avanzado estado de gestación fue lo primero que me golpeó, su mirada lo segundo.

Caminó hacia mí con paso cansado, pero barbilla altiva. Cuando reparó en el amuleto que llevaba al cuello, esbozó una sonrisa cáustica.

—Vaya, veo que vienes preparada, ¿tanto me temes?

—Gana el desprecio —alegué evidenciando en mi tono toda mi repulsa.

—¿Y acudes a mí para hacérmelo saber?

—Acudo a ti para decirte que desaparezcas de nuestras vidas o acabaré contigo.

La druida mantuvo su sonrisa, pero su mirada se endureció.

—Ésa no es la actitud correcta —observó acariciándose la pronunciada curva de su vientre—, ni la más sensata. Deberías ofrecerme una distracción mejor o incluso una súplica.

—Sólo te ofreceré una daga en el corazón si vuelvo a cruzarme contigo.

—Bien, me queda claro. ¿Alguna cosa más?

—Sí, que sólo el amor sincero y puro es capar de retener a un hombre.

—Agradezco el consejo, pero estoy muy bien sola.

—Entonces, ¿qué demonios buscas de Gunnar? —increpé alzando el tono.

—Lo que buscaba ya lo conseguí.

—¡Mientes! Fuiste a la prisión a verlo. Nos sigues.

La bruja entornó sus brillantes ojos grises y sus afiladas facciones se tensaron apenas un fugaz instante, donde vi refulgir un halo de furia llameante que logró ocultar en una máscara de frío cinismo antes de responder.

—Me preocupo por el padre de mi criatura, que, por cierto, no deja de meterse en líos por culpa de su esposa.

—Y, de paso, te dedicas a matar niños para tus pociones malignas.

Brianda me fulminó con la mirada, su paciencia comenzó a resquebrajarse como una grieta en un azulejo.

—Yo no los maté —siseó irritada.

—Pero ¡fuiste la causante de sus muertes, de cada una de ellas! Siembras la muerte y la miseria allí por donde vas.

Sentí el feroz impulso de abalanzarme sobre ella, de matarla con mis propias manos, pero lo contuve.

Descargué todo mi odio en mi mirada, toda mi ira en mi gesto. Tuve que apretar con fuerza los puños para evitar perder el control.

—Salvé la vida de tu madre, llevo vida en mi vientre, sembré vida en otros vientres, algo tan grande siempre requiere de un pago. Se debe guardar el equilibrio.

Esta vez no pude reprimirme. Estampé mi mano en su mejilla y su cabeza giró violentamente.

—La próxima vez que vuelva a verte, será la muerte lo que te aguarde.