El último aullido (Lobo 3) Capítulo 34
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Capítulo 34

Una piedra de río

Salí de palacio como si emergiera del mismísimo infierno.

Conmocionada, desgarrada por las atrocidades descubiertas, profundamente triste y terriblemente rabiosa, caminé hacia el río, buscando un remanso de paz donde refugiarme antes de regresar a la vida y a la lucha.

Pero aquel río no rezumaba paz; antes al contrario, bullía de actividad portuaria. Vagué sin rumbo, paseando por la bahía, donde robustas cocas de casco trincado fondeaban esperando ser cargadas con toda clase de productos.

Varias urcas de velas triangulares navegaban gráciles cruzando el río, comunicando ambas orillas con sus recorridos.

Fornidos porteadores descargaban los buques trasladando las mercancías a los numerosos almacenes del puerto.

Pescadores de rostros ajados remendaban redes en sus pequeños botes o carenaban los cascos de sus embarcaciones con gestos concentrados.

Gentes de toda índole y condición pululaban de un lado para otro enfrascados en sus quehaceres sin reparar en mí.

Y yo... yo pensaba cómo impartir justicia sin que más inocentes perecieran en el clamor vengativo que se desataría.

Porque, si incitaba a una revuelta contando lo que sabía, moriría mucha gente en ella.

Se desataría una batalla campal en plena ciudad y ninguno de esos pobres niños resucitaría.

Y, aunque todo mi ser pugnaba por gritar la verdad, destapándola, las fatales consecuencias me enmudecían.

Como consuelo, imaginé que esposo y esposa descargarían el uno en el otro sus propias represalias.

Yaiza tenía todo un dispensario mortal con que defenderse si su esposo no la ejecutaba antes.

Mi mirada se prendió en los destellos dorados que parpadeaban en la plácida superficie del caudaloso río, y entendí que en la vida había que fluir y dejar que todo fluyera hacia el curso que cada corriente eligiera.

Que no podía ni debía cambiar según qué cauces porque alteraría otros.

Que debía elegir cuidadosamente mis batallas y entregarme por completo a ellas. Y

dejar correr otras en las que no podía implicarme directamente y, mucho menos, cargar con la responsabilidad de cada vida perdida en ellas.

Con la decisión tomada, me dirigí a la única batalla que había elegido librar: la de buscar al hombre de mi vida, a mi hija adoptiva y a mi familia y establecernos en algún lugar pacífico para disfrutar de la vida que merecíamos. Luchando con uñas y dientes contra todo lo que me lo impidiera.

Con el perdón real firmado en el interior de mi bolsillo, regresé al hospicio.

La primera que me vio entrar en el zaguán fue doña Casilda, que, sentada a la mesa del patio, desgranaba habas.

Alzó las cejas asombrada y se puso en pie con semblante emocionado. No obstante, su rictus adquirió una repentina preocupación. Corrió a mi lado y me estrechó contra su pecho.

—Llora, muchacha, sea lo que sea lo que lleves dentro, sácalo.

No necesitó alentarme más.

Rompí a llorar recibiendo sus caricias y sus arrumacos. A mi mente acudió la madre que llevaba en sus brazos a su hijo muerto, y en mi corazón le pedí perdón por dejar sin castigo a su asesino.

Cuando logré vaciar todas mis emociones, refregué mi rostro y me enfoqué en mi particular y egoísta victoria: había conseguido mi libertad y, por ende, la de Gunnar. Nada más debía importarme.

Casilda me miró compasiva y, con una ternura infinita, acarició mi mejilla.

—Ahora ya puedes reunirte con tu familia sin llevar ese peso en tu pecho.

Le sonreí agradecida y besé su mejilla.

—Me recuerdas a alguien a quien quise mucho —musité.

Casilda suspiró y me dedicó un gesto complacido.

—Me enorgullece saberlo. A veces sólo se trata de saber mirar y ver cuándo un abrazo es necesario. Tu rostro al entrar ha sido tan revelador...

Yo pensé que había abrazos sanadores y que aquella mujer de luz los prodigaba en los momentos más oportunos. Y, de algún modo extraño, mi pena se aligeró y mi determinación creció.

La miré rebosante de gratitud y estampé más animada otro beso en su mejilla y me dirigí a la escalera en busca de mi madre.

—El de tu madre terminará de curarte —resaltó con una gran sonrisa en su afable rostro.

La encontré en su cuarto, de pie junto a la ventana. No reaccionó ante el sonido de la puerta. Su largo cabello claro recogido en un moño bajo ya lucía cabellos canos, que no le restaban belleza a su tono.

—Madre...

Dio un respingo y se volvió hacia mí.

Se demudó ante la sorpresa de verme allí. En su mirada percibí una tristeza oscura y pesada. Tenía cercos en los ojos

—Leonora...

Abrió los brazos y yo acudí a ellos para terminar de sanarme. Y, en efecto, el horror quedó atrás y la vida, lejos de la maldad y la locura, volvió a llenarse de luz y de esperanza.

Tras aquella cálida acogida y con todos los miembros de mi particular familia sentados a la mesa, sólo mencioné que había conseguido el perdón real para nuestros hombres y que debíamos partir de inmediato.

Sólo que no sabía que no era la única a la que le urgía escapar de allí.

Valdis, nerviosa y alterada, me llevó a un aparte porque precisaba contarme algo importante.

En su expresión ansiosa me anticipó la gravedad del asunto.

—He denunciado a Zahira —confesó.

—¿Que has hecho qué? —casi grité en aquel rincón del patio.

—Discutimos, perdí los nervios y... la acusé a las autoridades. Han avisado a Jamil para que venga a por ella.

Me pasé nerviosa las manos por la cabeza y resoplé con furia.

—¡Maldita sea, Valdis, le prometí a Hiram que cuidaría de ella!

—Luego me arrepentí, y no dejé de pensar cómo arreglarlo.

—Tu maldito temperamento...

—Es una arpía y lo merecía —justificó sin mucha convicción.

—¡Nadie merece morir lapidada con un niño en sus entrañas!

Valdis bajó la mirada avergonzada. Se frotó las manos nerviosa y asintió contrita.

—¿Y cómo piensas arreglarlo? —inquirí.

—Ya lo he hecho.

Aquella respuesta incrementó mi inquietud y desató mi ansiedad.

—Me aterra preguntar..., pero ¿cómo?

—La escondí en el cobertizo de la necrópolis, el que pensábamos utilizar con los hombres.

—¿Cuándo la denunciaste?

Valdis respiró hondo. Sus verdes ojos apenas si podían sostenerme la mirada.

—Cuando me liberaron de palacio. Ese día discutimos por Hiram, ella dijo que sólo sabíamos meternos en líos y que ya no podía más. Es una perra desagradecida y..., bueno, yo... perdí el control...

En los casos de infidelidad, las autoridades permitían las ejecuciones públicas, pero sólo a manos de la familia de la condenada.

Ellos no intervenían, se limitaban a informar a la familia del paradero de la condenada y eran ellos los que decidían sobre su vida o su muerte.

Normalmente, ninguna mujer infiel encontrada era perdonada, pues la mancha en el honor del esposo sólo se podía lavar con sangre.

Y a esas alturas Jamil ya debía de estar de camino, porque si algo tenía claro era que no era un hombre compasivo.

—Tenemos que salir de inmediato de la ciudad.

—Hay algo más... Hace unos días, la mujer que perdió a su hijo se ahorcó en su casa. Por lo visto, tenía otro hijo... Desaparecieron los hermanos el mismo día, no pudo soportarlo. No han vuelto a desaparecer más niños ni ha aparecido ninguno más, pero Helga sigue sin dejar que Erik salga de casa.

Cerré los ojos y apreté los dientes ante la punzada que me asaltó.

—Prepara todo para el viaje, arrienda una carreta, dispón víveres y consigue espadas. Partiremos al alba.

Hice ademán de salir, pero Valdis aferró mi muñeca.

—¿Adónde demonios vas?

—A despedirme de alguien.

* * *

Encontré a la anciana curandera en el mismo sitio de la plaza, en plena medina, cerca de la mezquita aljama.

Cuando me vio, sus penetrantes y oscuros ojos circundados de profundas grietas de sabiduría se clavaron en mí como si pudieran leer mi alma. Al cabo, esbozó una sonrisa tibia a modo de reconocimiento y habló con aquella voz chirriante y áspera que sonaba como una piedra afilando un cuchillo.

—¿Qué precisas esta vez de mí, muchacha?

—Necesito información sobre una mujer.

La anciana entornó los ojos y oprimió los labios en un gesto disconforme.

—No me dedico a eso, sino a sanar y a dar buenos consejos. Por cierto, ¿tu esposo sanó?

—Sí, sanó. Lo curó el hakim del emir.

—Lo curó porque sus esputos no debían de ser sangrantes.

—Lo eran.

La mujer arrugó el ceño incrédula.

—En tal caso, no sanó, sólo mejoró.

Aquella apreciación agrió la boca de mi estómago.

—El hakim dijo que...

—Me da igual lo que dijera —me interrumpió vehemente—. Aunque ahora parezca sano y restablecido, no lo está: el mal que lo aqueja no lo abandonará nunca, y en cuanto coja frío volverá a enfermar de nuevo. Será así cada invierno, hasta que esa maldita enfermedad se lo lleve a la tumba.

Su seguridad me aplastó como se machaca la uva en una prensa, y, en lugar de rezumar vino, rezumó angustia.

—Si fuera tisis no se habría restablecido, habría muerto, como tú misma aseguraste.

—La misma enfermedad en distintos cuerpos varía. Presupongo que tu esposo es un hombre grande y fuerte y ha podido vencerla con los debidos cuidados, pero sigue latente ahí, agazapada, presta para una nueva batalla. En el momento en que lo aqueje cualquier debilidad, saldrá a flote de nuevo.

—No he venido a hablar de mi esposo —aduje molesta, decidida a desechar sus palabras e impedir que calaran en mí.

—Pues si tú no deseas hablar ni yo tampoco, márchate por donde has venido.

—No sé a quién más recurrir. Pero necesito saber dónde puedo encontrar a una druida, Brianda de Kent.

Pude ver con claridad el velo temeroso que cubrió su semblante y, aunque se esforzó por recomponerse, en su mirada titilaron el miedo y la cautela.

—No deberías buscar a quien no puede hacerte ningún bien.

—Sé sobradamente quién es ella —espeté.

—Pues yo lo dudo, porque si lo supieras no la buscarías, sino que correrías en dirección contraria.

—Dime tan sólo dónde puedo encontrarla, tengo un mensaje que darle.