Capítulo 17 #2
Los guerreros formaron una línea tras él.
Y Gunnar comenzó a evaluar a golpe de vista a los parroquianos que reunieran físicamente las cualidades que él precisaba.
Bien era cierto que ninguno poseía la corpulencia y gozaba de la alta estatura de sus hombres, pero los enemigos que enfrentarían compartían características físicas.
Así pues, empezó a recorrer el pasillo central examinando a los varones, buscando una fuerte complexión, un buen tamaño y un semblante agudo y avispado.
Un buen guerrero no era sólo un cuerpo, era más una mente despierta y rápida que asimilara la técnica del combate y contara con el ingenio suficiente para calibrar cada golpe.
La agilidad y la flexibilidad también eran importantes, pero eso sólo podría descubrirlo en acción.
Comenzó a señalar a individuos que encajaran en los perfiles. Éstos asentían graves y se encaminaban hacia el altar mayor, colocándose tras la fila de sus hombres.
Seleccionó a una treintena. El mismo número de hebreos que ya estaban entrenando.
De ese modo, podría formar cuatro grupos mixtos de quince hombres cada uno y aleccionarlos para asaltar los cuatro enclaves de gobierno de la ciudad y, así, descabezar su poder.
Uno de ellos era el alcázar, otro el palacio del valí, ambos dentro del al-hizam —el enclave más inexpugnable de la ciudad—, luego estaba la corte del cadí, en plena medina, y la aljama.
Si lograban al menos asaltar los dos primeros, ya sería todo un logro.
Cuando hubo terminado se acercó a don Paulo, que en aquel momento bajaba del púlpito para agradecerle su cooperación.
—Dios no olvidará vuestros servicios —musitó grandilocuente.
—Espero que no olvide que en su nombre morirá mucha gente.
—Gunnar entornó los ojos y agregó—: Y también espero que no haya más intereses detrás de tan sagrado motivo.
Pues, en tal caso, ni Dios ni yo podremos perdonar la masacre a la que abocarás a tantos inocentes.
Y, ahora que lo pienso, quizá tampoco tu amado hermano Eulogio, en el caso de que tenga conocimiento de que se gesta una revuelta bajo su supuesta bendición.
La expresión del hombre se contrajo en un rictus de asombrada indignación. Su mirada ofendida lo taladró. Un rubor encendió sus mejillas, y en aquella máscara agraviada, detectó al tiempo un deje preocupado.
Haber expuesto sus sospechas tan abiertamente le confirmó que toda aquella diatriba en nombre del famoso mártir preso era tan sólo una falacia destinada a conseguir el favor de la comunidad.
—Voy a ayudarte, pero no por el motivo que escondes, sino por el que esas gentes ansían. Y, desde luego, no por esa fe que tanta sangre va a derramar.
Lívido y ultrajado, don Paulo se retiró hacia la sacristía con paso rápido y porte rígido.
Gunnar subió al púlpito y respiró hondo antes de dirigirse a la comunidad.
—Los hombres que no he elegido se apostarán como refuerzo en las calles de los cuatro enclaves que atacaremos.
Los ancianos, las mujeres y los niños se esconderán en un lugar seguro o saldrán de la ciudad, pues probablemente los ejércitos del emir los usarán para doblegarnos.
El día del asalto, la ciudad se convertirá en un enorme y cruento campo de batalla.
La muerte sacará su guadaña, y los que no estén en condiciones de sortearla deberán huir.
Hizo una pausa para dejar que sus palabras impregnaran bien las mentes de aquellas gentes. Los semblantes ansiosos y angustiados lo observaron con miradas temerosas pero determinadas.
—Y ahora, si deseáis presenciar una boda, os invito a la mía.
Descendió del púlpito y enfiló de nuevo por el pasillo hasta llegar al fondo de la nave principal, rodeado de murmullos asombrados, en busca de Freya, que asistía al oficio rodeada de las mujeres de la casa.
Cuando llegó junto a ella, tomó a la pequeña Raquel y se la entregó a Valdis. El estupor de Freya la inmovilizaba.
—Creo que necesito saber qué está pasando —rezongó confusa.
—Pasa que, gracias a la ambición, hoy vamos a renovar nuestros votos por tercera vez. Confía en mí.
La tomó de la mano y la atrajo hacia sí con extrema dulzura.
—Hoy será tu dios quien nos unirá en santo matrimonio. Ante todos, seré tu esposo legal y dueño de cuanto posees, como tú eres la dueña de cada aliento que exhalo.
Freya gimió todavía aturdida, pero lo siguió hasta el altar mayor, donde aguardaba el clérigo.
Para su sorpresa, nadie salió de la iglesia.
Sus hombres habían formado un pasillo para recibirlos y apoyarlos. Los elegidos se apiñaron en un extremo del transepto.
—¿Quién entrega a esta mujer?
—¡Nosotros! —profirieron sus hombres al unísono.
Gunnar estranguló una sonrisa.
El párroco los miró reprobador, pero asintió.
—Bien, comencemos. ¿Cuál es tu nombre, hijo mío?
—Gunnar.
—No, me refiero a tu nombre cristiano.
—Gustavo.
A su espalda oyó risitas mal disimuladas.
—Gustavo... —El cura se detuvo de nuevo—. ¿Y tu apellido?
Gunnar meditó sobre aquello. No tenía apellido, sino apodo.
—Me llamaban Gunnar el Temible.
El hombrecillo miró al techo y resopló paciente.
—¿Cómo se llamaba tu padre?
—Kodram.
Pareció reflexionar buscando alguna conexión lingüística para formular un apellido que pudiera valer.
—Lo dejaremos en Gustavo Codrámez, ¿te parece?
Gunnar se encogió de hombros.
—Bien, continuemos. ¿Quiénes van a ser los testigos?
—Hilario y Torcuato —repuso, imprimiendo a aquellos nombres un timbre socarrón que tornó las risitas en bufidos irritados.
Los dos grandes guerreros se acercaron al altar, cada uno flanqueando a los novios. Que Hiram eligiera colocarse al lado de Freya lo soliviantó ligeramente.
—¿Necesitamos apellidos? Porque yo no sé cómo se llamaba mi padre —preguntó Thorffin.
—No, mejor que no —masculló el clérigo impaciente.
—Tú, hija mía, espero que sí lo tengas.
—Leonora de Antúnez y Casto.
El hombre respiró aliviado y su rostro se destensó un poco.
—Yo sí que recuerdo el nombre de mi padre —interrumpió Hiram.
El cura lo miró irritado.
—Ya he dicho que no es necesario.
—Pero quiero tener apellido —insistió el guerrero.
Viendo que no podría continuar sin darle gusto, el clérigo resopló y asintió hastiado.
—¿Cómo se llama tu padre?
—Olaf.
—Pues Oláfez.
—¿Se trata de añadir un «ez» al nombre?
—Así es —respondió molesto el cura—. Y ahora procedamos a iniciar el sacramento bajo el...
—¿Y por qué? —intervino Hiram de nuevo.
El párroco lo fulminó con la mirada. Si hubiera podido desprender uno de los clavos de la cruz que sostenía aquella escultura humana que había al fondo del ábside, se lo habría hincado a Hiram en el pecho.
—Porque la terminación «ez» significa ‘hijo de’, al igual que el « ben» o el
« ibn» para los hebreos o los musulmanes.
Hiram miró a Thorffin sin entender una palabra, pero se encogió de hombros aceptando la explicación. Gunnar y Freya inclinaron la cabeza para ocultar su diversión.
—¿Podemos continuar? —inquirió huraño el cura.
—¿Quién te lo impide? —contestó Hiram con expresión inocente.
El cura emitió un gruñido malhumorado y miró a Gunnar.
—Si tu testigo no se calla, no habrá boda —amenazó crispado.
—Si vuelves a abrir esa bocaza te haré tragar todos los dientes —aseguró él en tono jocoso, volviéndose hacia Hiram.
—¡Es un templo sagrado —recordó el hombre de Dios, escandalizado—, está prohibida toda clase de violencia en su interior!
Gunnar asintió en actitud sumisa.
—Bien, pues te partiré la boca en el exterior —modificó socarrón.
—Entonces sería Hilario Oláfez Boca Rota —intervino Sigurd palmeándose el muslo entre carcajadas.
Jorund secundó sus risas y el cura chistó furioso, perdida toda paciencia.
—Se acabó. No hay boda —bufó rendido.
—O hay boda, o no hay revuelta —le recordó Gunnar.
El beatífico y sereno semblante del clérigo al empezar el oficio se había trocado en una máscara retorcida de frustración e indignación bastante cómica.
—Ni una interrupción más —avisó entre dientes con mirada letal.
Thorffin se inclinó hacia Gunnar y musitó:
—Menos mal que no se permite la violencia, porque, de ser así, el pequeño cura nos habría estampado esa enorme cruz en la espalda.
Gunnar observó cómo el rostro del clérigo se constreñía colérico. Las puntas de sus dedos se hundieron como garras en el libro de salmos que sostenía.
—Y por Dios que lo haré si no guardáis silencio, aunque tenga que flagelarme hasta que muera —estalló con los ojos desorbitados y el rictus congestionado.
Todos asintieron sumisos.
—Bien —comenzó intentando serenarse—, henos aquí, en este lugar sagrado, para unir a este hombre y a esta mujer en sagrado matrimonio.
Repite conmigo, mujer —miró a Freya y, tras otra honda inspiración agregó —: Yo, Leonora de Antúnez y Casto, te tomo a ti, Gustavo Codrámez, por legítimo esposo y me entrego a ti en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, en las alegrías y en las penas, y prometo serte fiel hasta que la muerte nos separe.
Freya enlazó sus manos con las de él y lo miró a los ojos mientras repetía con emotiva entrega su promesa.
El cura asintió satisfecho y, a continuación, se dirigió a Gunnar. Pero el guerrero se le adelantó:
—Yo, Gustavo Codrámez, te tomo a ti, Leonora de Antúnez y Casto, por legítima esposa, y me entrego a ti, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, en las alegrías y en las penas, y prometo serte fiel hasta que la muerte nos separe.
—Miró de soslayo al cura y se atrevió a añadir—: Y ningún poder divino ni humano me arrancará jamás de tu lado.
Se miraron largamente embebidos en el profundo sentimiento que los unía, rezumando el inmenso amor que se profesaban y saboreando aquella nueva unión bajo aquel dios que los miraba desde su cruz.
—Por el poder que me ha sido conferido, os declaro marido y mujer.
Podéis sellar vuestra unión con un beso.
Gunnar sonrió emocionado, tomó a su esposa entre los brazos, la ciñó a su pecho y la besó con hambre. Notó cierta resistencia en ella que no entendió.
Freya se apartó ruborizada y le hizo una señal que siguió con la mirada: el cura tenía las mejillas arreboladas y los miraba turbado con un claro mohín desaprobador. Gunnar siguió sin comprender su repentina timidez, pero la soltó tras un fuerte carraspeo del párroco.
—Podéis marchar en paz —sentenció remarcando la palabra «marchar» .
A Gunnar le resultó irónico que les deseara paz cuando en el interior de aquellos sagrados muros le había pedido una guerra.