Capítulo 17
Una boda entre rebeldes
Se adentraron en la parroquia por la entrada lateral y se apiñaron en el transepto de la nave epistolar.
El templo constaba de tres naves unidas por cinco arcos de herradura ribeteados en alfiz, se sostenía en robustos pilares de ladrillo, muros de sillería, se cobijaba en una techumbre de madera y tabicas decoradas con pinturas que alternaban motivos vegetales con escudos de un toro.
Lo más curioso a su juicio era la alta tapia trasera en el exterior del recinto, que servía para cercar un cementerio cristiano. Gunnar nunca había entendido por qué enterraban a sus muertos en los lugares sagrados, encadenando así sus almas a la tierra.
Fijó su atención en el ábside, donde se encontraba el altar mayor.
El párroco que los había bautizado hablaba con un hombre de mirada sagaz y gesto sereno.
Era alto para la media andalusí, de constitución delgada, ensortijados cabellos castaños y piel clara.
Sus grandes ojos recorrían a la silente muchedumbre que aguardaba el comienzo del oficio.
La conversación entre el laico y el clérigo tocó a su fin.
Y, tras tocarse con el operimento, un paño ricamente bordado que se puso sobre los hombros, se dirigió al altar mayor con porte solemne.
Levantó una larga tira de lino blanco que cubría objetos ceremoniales y tomó un libro grueso, la Biblia, lo llamaban.
Acto seguido, inclinó reverencial la cabeza ante la cruz del tal Jesús, se persignó y se encaminó hacia el ambón, que se alzaba en una esquina del presbiterio.
Allí subido, derramó su fervorosa mirada por su congregación.
—Bienvenidos, hermanos de fe, a la casa de Nuestro Señor —comenzó con voz diáfana en tono alto y melódico—.
Hoy es un día especial, un día en que, tras mucha agonía sufrida por el destino de nuestro amado arzobispo Eulogio, por fin podemos ver algo de luz.
Y esa luz, queridos hermanos, viene de la mano de un ser muy cercano al arzobispo y muy querido por él.
Y, aunque las noticias que trae sobre su destino no son halagüeñas, el mensaje que lo acompaña nos abre a la esperanza y nos guía hacia la libertad que tanto ansiamos disfrutar.
Abrió el libro sagrado por una página marcada y añadió:
—Isaías 61, 1... El Espíritu del Señor Dios está sobre mí, porque me ha ungido el Señor para traer buenas nuevas a los afligidos; me ha enviado para vendar a los quebrantados de corazón, para proclamar libertad a los cautivos y liberación a los prisioneros.
Alzó la vista de la página y la paseó por los fieles.
—Y ese día ha llegado, hermanos. Don Paulo Álvaro, íntimo amigo y confidente de nuestro arzobispo, desea transmitirnos su mensaje.
Tras un carraspeo, bajó del púlpito y alentó al aludido a que ocupara su lugar.
Don Paulo hizo lo propio y suspiró hondamente antes de comenzar su discurso.
—Corren tiempos convulsos para los mozárabes de toda índole —entonó en una voz grave y profunda que reverberó en los muros de piedra, vibrando en un eco casi espectral—.
Pero es la comunidad cristiana la que más trágicamente sufre las consecuencias de la apostasía a la que intentan forzarnos.
Se afanan por doblegarnos con altos diezmos y condenas injuriosas, y es aquí donde el gran y venerado Eulogio predica con el ejemplo.
Hizo una pausa para evaluar la atención de los feligreses. Todos y cada uno de ellos se hallaban absortos en aquel hombre.
—Como bien sabéis, el infame emir Muhammad aprehendió al recién nombrado arzobispo y lo encerró en la prisión de Qurtuba, acusado de proselitismo. Su pecado fue ayudar a quien vio en Cristo el verdadero Dios.
Y aquí vengo a narraros qué fue lo que ocurrió: una hija de mahometanos, doña Leocricia, musulmana de nacimiento, fue bautizada por un pariente converso en la fe de cristiana.
Cuando sus padres se enteraron fue cruelmente torturada para obligarla a regresar con Alá.
Contó sus aflicciones a Eulogio y éste la ayudó a escapar con la ayuda de su hermana, Anulona.
La escondió en casa de unos amigos y, por unos días, la muchacha se creyó a salvo.
Pero un trágico día, las autoridades la encontraron y la llevaron al cadí junto con todo aquel que había colaborado en su huida.
El juez amenazó al arzobispo con matarlo a latigazos —aquí la congregación exhaló un gemido conjunto que se elevó indignado hacia las altas vigas del techo, como una bandada de estorninos asustados—, pero éste, en lugar de plegarse, invitó al cadí a dejar que le mostrara el verdadero camino del cielo, declarando que Mahoma era tan sólo un impostor.
El juez lo tentó ofreciéndole la libertad si renegaba de sus palabras, y Eulogio ante la corte que lo condenaba pronunció lo siguiente:
«Si sospecharais siquiera el premio que espera a quienes perseveran hasta el fin en la fe, cambiaríais en el acto todas vuestras dignidades por él».
Otra pausa, ésta más dramática.
—Fue condenado a muerte por decapitación.
El indignado gemido generalizado dio paso a una letanía de murmullos, que subieron de tono llevados por el apasionamiento que despierta toda injusticia.
El clérigo alzó ambas manos pidiendo silencio.
—Hermanos, dejad que don Paulo acabe su narración.
Gradualmente, los cuchicheos fueron apagándose. Hasta que volvió a reinar el silencio el seglar no reanudó su discurso.
—Su mensaje es no doblegarse al infiel. Defender la fe con la muerte y la tortura si es necesario como hombre de Dios que es, ya que sus votos le impiden alzar mano alguna. Pero hay un paso entremedias que un laico puede dar. Luchar por sus creencias, por su libertad.
En aquel punto, los susurros volvieron a elevarse. Y Gunnar pudo observar que la llama de la insurrección prendía apasionada en los ojos de los parroquianos.
—Convertirnos en mártires nos abre las puertas del cielo, pero no ayuda a nuestros hermanos a librarse del yugo hereje. Si hemos de morir, hagámoslo luchando como soldados de Cristo, ofreciendo nuestra vida para que otro tome nuestro lugar en ella. Y, en toda batalla, las alianzas son importantes.
—¿Qué propones? —preguntó una estentórea voz masculina.
—Uníos a los hebreos para obligar al emir a que respete vuestras creencias con alzamientos en las calles, tomando sus instituciones, mostrando vuestro poder. Necesitáis formar un gran ejército que lo amedrente y lo haga claudicar en su afán por convertirnos.
—Los hebreos también son herejes —adujo una voz reprobadora.
—Pero no son el enemigo, y ahora nos necesitamos mutuamente.
Se trata de una alianza necesaria en extremo.
Pronto caerán sobre la ciudad las huestes del emir, tal como hizo al-Mundhir hace dos años para sofocar la revuelta.
Sin embargo, esta vez fracasará si no estamos unidos.
Convirtamos este levantamiento en algo más, sois la frontera de los reinos cristianos y gozáis de un enclave estratégico; además, esta ciudad es un fortín que bien puede contener incursiones o fomentarlas.
Aprovechad eso para amotinaros y negociar.
Conseguid gobernadla vosotros pactando las condiciones que mejor os convengan.
—¿Y cómo hemos de organizarnos para tal lid? —masculló un hombre de aspecto hosco pero expresión despierta.
—No gozáis de demasiado tiempo. Pero el primer paso consiste en tomar la alcazaba.
Apresad al valí y al cadí, luego haceos con el resto de los castillos y los palacios y atrincheraos en ellos.
Constituid facciones mixtas de judíos y cristianos con un líder al mando, aprovisionaos y resistid. Dios está de nuestra parte.
El mensaje estaba lanzado y calaba pródigamente en los ánimos de los concurridos.
—No hay tiempo que perder —concluyó mirando a la multitud con apasionado apremio—. Yo mismo os proveeré de esa alianza. La comunidad hebrea está dispuesta a forjar un pacto, y ya están siendo entrenados por diestros guerreros del norte para la sedición. Unámonos por un bien común.
Toda la congregación clavó su vista en los norteños.
—Y, desde aquí, desde mi posición de mensajero del arzobispo, ruego a esos hombres, antaño paganos, aquí presentes, que elijan en este preciso instante a algunos que instruyan y formen las mesnadas para el asalto.
Gunnar admiró la sagacidad de aquella estratagema.
Y, aunque ya estaba inmerso en aquel levantamiento, formaría a los hombres en el arte del asedio, nombrando caudillos en cada grupo, y, luego, él y toda su familia desaparecerían.
Porque de lo que estaba seguro era de que aquello no saldría bien.
Un guerrero no se creaba en tan pocos días, sino que se forjaba a base de combates durante años.
Y, aunque el coraje y la buena disposición de aquellas gentes favorecía el aprendizaje, las habilidades necesarias requerían tiempo, y eso era justo lo único que no poseía.
El clérigo se acercó a ellos ante la impasividad de los guerreros.
—Os ruego vuestra colaboración —siseó suplicante.
—Colaboraré si, tras la misa, oficias una boda.
El hombrecillo lo observó extrañado, pero afirmó con la cabeza.
Gunnar asintió sellando el tácito acuerdo y alentó a sus hombres a que lo siguieran hacia el presbiterio.