El Troll Capítulo 42
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Capítulo 42

EL TROLL

Al echar la vista atrás, aquella noche fue la más siniestra de mi vida. Nunca había estado tan cerca de un cadáver, ni durante tanto tiempo. Y saber que estaba muerta por mi culpa resultaba extrañamente emocionante, en un sentido retorcido.

Una vez que le tapé aquellos ojos fijos con la sábana y superé la conmoción de lo que había sido capaz de hacer, pude ponerme a sacarle todo el partido posible a lo que me rodeaba, aunque solo fuera por unas horas.

Lo primero de la lista era, cómo no, ducharme. Luego examinarme en busca de cualquier marca o arañazo de cuando ella se debatía en sus estertores.

No esperaba tener que responder a ninguna pregunta por la mañana, pero había que contemplar todas las posibilidades. Quería eliminar cualquier rastro. Su perfume seguía saturándome las fosas nasales, y en ese momento me inquietó pensar que quizá lo hiciera para siempre.

Dejé que el calor de la habitación me secara, en lugar de arriesgarme a contaminar una de aquellas toallas blancas e impolutas con partículas de mi piel. Solo entonces, y no antes, pude permitirme disfrutar de las delicias del minibar. Al fin y al cabo, me lo había ganado.

Sin ese cóctel de brandy, vodka y whisky, seguramente nunca habría conseguido dormir unas horas en el cómodo sofá. Bueno, no podía usar la cama con ella acaparándola, ¿no? Ni siquiera ocupaba un lado; estaba tumbada justo en el centro. Qué poca consideración.

Me desperté de golpe justo al amanecer, y menos mal.

Necesitaba limpiar, y me refiero a limpiar de verdad.

Llené el lavabo con champú y agua y, con un paño, froté todas las superficies duras, para asegurarme de que no quedara ni una huella para los de la científica cuando llegaran, porque acabarían llegando.

Le destapé la cara y aparté la mirada de aquellos ojos vidriosos y de la boca cubierta de vómito reseco. No era una imagen que quisiera llevar grabada en la mente.

Mi última tarea fue examinar el sofá en busca de cualquier resto de ADN que pudiera haber dejado, pero había dormido sobre la sábana, que luego hice un bulto y metí en la mochila, así que tenía la certeza de que no encontrarían nada.

En resumen, dejé el lugar aún más limpio de lo que lo había encontrado, y me marché exactamente igual que había llegado. Volví a salir por el patio y desaparecí entre los árboles en penumbra. No había ni un alma alrededor, y era como si nunca hubiera pisado el hotel.

Tenía que volver adonde debía estar, y tenía que hacerlo antes de que la persona con la que se suponía que compartía cama empezara a preguntarse dónde me había metido.