Capítulo 35
TARA
Me llevo la mano a la boca mientras las esposas plateadas relucen al sol de primera hora de la mañana, justo antes de cerrarse de golpe alrededor de las muñecas de mi marido . Stella se vuelve loca y ladra a los agentes que invaden nuestro recibidor.
—¿Puede encerrar a la perra en otra habitación?
—¿Qué coño está pasando aquí? —Encierro a la perra en el salón de un portazo y me vuelvo hacia uno de los agentes—. ¿Qué se supone que ha hecho?
—Por favor, suelten a mi padre. —Mia solloza al pie de la escalera.
—Franky Newsome, queda usted detenido como sospechoso del asesinato de Chloe Taylor, acoso y allanamiento de morada.
—¡ Asesinato ! —Olive se aferra a mi brazo.
—¡Chloe Taylor! —repito, chillando—. Pero si él ni siquiera la conocía. Tiene que haber algún error.
—Suelten a mi padre. —Mia se abalanza hacia donde dos agentes intentan arrastrar a Franky hasta la puerta, pero consigo agarrarla al vuelo y tirar de ella hacia atrás.
—Saca a las niñas de aquí —grita.
—Se están equivocando de medio a medio —exclamo. No me puedo creer que la policía tenga que hacer esto delante de las niñas. ¿Por qué no han podido venir después de que se fueran al colegio? ¿Por qué las someten a este suplicio?
—Tenemos una orden de registro de su domicilio. —Mientras se llevan a mi marido por el sendero del jardín hacia un coche patrulla que espera, sin duda ante la atenta mirada de todos los vecinos, otro agente me agita una hoja de papel delante de la cara.
—¿Para qué ? —Le arranco la hoja de las manos e intento descifrar las palabras que me bailan ante los ojos—. Pero ¿por qué? ¿Qué esperan encontrar? No lo entiendo.
Ya se está poniendo un par de guantes de látex, igual que dos de sus compañeros. —Y, como parte del registro, tenemos instrucciones de incautar todos los dispositivos electrónicos, incluidos los móviles.
—Pero no pueden —chilla Olive, presa del pánico—. No pueden quitarme el móvil.
—¿Qué esperan encontrar en los móviles de mis hijas, de trece y diez años? —Me encaro con él—. Esto se está pasando de la raya.
—Tenemos que llevarnos todos los móviles y dispositivos de esta vivienda.
Así que, si pudiera ir preparándolos y desactivar cualquier código de acceso o reconocimiento facial, le agradeceríamos mucho su cooperación.
—Echa un vistazo hacia las escaleras, como si estuviera decidiendo por dónde empezar.
—No van a mirar en los dormitorios de mis hijas, si es eso lo que tienen pensado. —Le corto el paso a un agente que avanza hacia el pie de la escalera.
—Apártese y deje que mis agentes hagan su trabajo —brama una voz autoritaria. Es el agente que le ha leído sus derechos a Franky, el que, cuando abrí la puerta, se presentó como inspector jefe. Me da igual lo importante que se crea: no va a entrar en los dormitorios de las niñas.
—Pero ¿y mi marido? ¿Adónde se lo llevan? ¿Por qué no me dice qué está pasando?
—Dos de mis compañeros están acompañando al señor Newsome a comisaría y allí lo ingresarán en las dependencias de custodia. —Lo dice como si fuera un campamento de verano o algo así—. Yo me reuniré con ellos cuando se haya realizado el registro de su casa.
—Pero ¿qué se supone que ha hecho? —Olive llega hasta la puerta principal, con el rostro descompuesto, mientras ve cómo el coche patrulla en el que va su padre da media vuelta y se aleja a toda velocidad por nuestra calle.
Algunos vecinos tienen los móviles alzados hacia el coche, sin duda grabando todo lo que está pasando.
—¿No puede impedir que graben? —Señalo al hijo veinteañero de los Smith, los de enfrente.
El agente se encoge de hombros, como si le diera igual que a Franky vayan a someterlo a un juicio en las redes sociales.
En lugar de contestar, hace un gesto con la cabeza a sus tres compañeros, que están al pie de la escalera.
—Id con cuidado con los dormitorios de las niñas —les indica, antes de mirarme como si esperara que yo le agradeciera el detalle.
—Todos nuestros amigos se van a enterar de que la policía ha detenido a papá. —Las lágrimas le corren a Olive por las mejillas y le caen sobre las solapas de la chaqueta del uniforme—. No puedo ir al colegio, mamá. Tendremos que quedarnos en casa hoy.
—Será mejor que vayan al colegio. —Hay un asomo de compasión en el tono del agente—. Con lo del registro de la casa. Quizá pueda usted llevarlas y, para cuando vuelva, ya estaremos casi terminando. Entonces podremos hablar con usted.
—Pero no pueden quitarme el móvil. —Olive se lo aprieta contra el pecho como si fuera capaz de salvarle la vida.
—Se lo devolveremos lo antes posible —dice el inspector jefe en tono amable.
—¿Quieres que lleve yo a las niñas al colegio?
Una voz vagamente familiar, desde la puerta, me hace darme la vuelta. Es Linda, la que vive dos casas más allá, plantada allí con sus tres hijos, que se portan a la perfección.
Nunca he conocido a nadie con la vida tan resuelta como Linda. Hasta se las apaña para salir a correr cada mañana antes de llevar a los niños al colegio. Casi nunca me dedica más que un hola rápido, y siempre he tenido la impresión de que me mira por encima del hombro.
Aunque no va a ser mi vecina por mucho más tiempo.
No le he dicho a nadie de por aquí que nos vamos, pero, después de lo que ha pasado hoy, seguramente se alegrarán de perder de vista a nuestra familia.
—¿Te importaría?
Cojo los abrigos del colegio de las niñas, que están colgados del extremo de la barandilla. Menos mal que siempre lo dejo todo preparado la noche anterior. Esta mañana apenas puedo pensar con claridad.
—No quiero ir al colegio. —Mia está clavada en el sitio junto a su hermana, que sigue apretándose el móvil contra el pecho.
—Os he recargado las tarjetas del comedor. —Me cuesta mantener la voz amable y que no me tiemble. Como si recargarles las tarjetas fuera a convencerlas de que todo es normal. Solo van a querer saber qué está pasando y que les diga que todo ha sido un enorme error.
—¿Qué pasa, Tara? —Linda mira desde el porche, a través de nuestra ventana saliente.
—De verdad que no tengo ni idea, pero me vendría bien sacar a estas dos de todo esto. Mirad, niñas —les pongo una mano en el hombro a cada una—, para cuando volváis a casa, ya estará todo arreglado, os lo prometo.
Linda me lanza una mirada que dice: «¿Estás en condiciones de hacer esa promesa?». Aparto la vista. Claro que no.
—Vuestra ropa de gimnasia ya está en el colegio.
—Les planto un abrigo a cada una—. Olive, el móvil.
—Extiendo la mano—. Con suerte, la policía te lo devolverá cuando vuelvas a casa.
—Y allá voy otra vez, haciendo promesas que no puedo cumplir de ninguna manera, pero, por algún milagro, Olive me deja el móvil en la palma abierta y da media vuelta hacia la puerta.
Me dejo caer en una silla junto a la mesa de la cocina y escucho las puertas de armarios y los cajones que se abren y se cierran de golpe.
Hay al menos seis agentes poniéndome la casa patas arriba, y todavía no me han dicho nada.
La única información que me han dado ha sido mientras le leían sus derechos a Franky.
Y jamás he visto a mi marido tan aterrorizado.
—Vamos a necesitar el código de acceso de este ordenador de sobremesa. —El inspector jefe aparece en la puerta de la cocina, señalando hacia el ordenador de Franky, en su escritorio bajo la escalera.
—No lo sé —respondo—. No tengo las contraseñas de ninguno de los dispositivos de mi marido. Las ha cambiado todas.
Al ver la reacción del inspector jefe, sé que le he despertado el interés. —¿Ah, sí? —Enarca una ceja.
—Se escribe con otras mujeres —respondo con voz inexpresiva.
Lo digo como si no pasara nada. Pero sí pasa. Y siempre pasó.
—¿Qué le hace pensar que Franky pudiera tener algo que ver con lo que ocurrió en Londres?
—Antes de poder responder a ninguna de sus preguntas, señora Newsome, tengo que tomarle declaración.
Puede que el agente haya sido brusco al zarandear a Franky hace un momento, pero de pronto su actitud conmigo se suaviza.
—Nada de esto tiene sentido. —Le sostengo la mirada mientras está sentado a la mesa, frente a mí.
Resulta extraño verlo en mi cocina, este mole de agente de paisano ocupando la silla donde normalmente se sienta Franky—.
Mi marido no ha ido a Londres desde el año pasado, cuando andaba de acá para allá presentando su obra a editoriales y agentes literarios, y juró que no volvería jamás.
—¿Así que es escritor?
Asiento con la cabeza. —Va a encontrar todo tipo de cosas sospechosas en el historial de búsquedas de su ordenador, pero es solo porque escribe thrillers psicológicos.
—Me temo que las pruebas que han motivado su detención son mucho más contundentes, señora Newsome.
—Otro agente aparece en el umbral, así que, al seguirme la mirada, el inspector jefe se gira en su asiento y le hace una seña para que se una a nosotros a la mesa—.
Dentro de un momento le pediré que firme el acuse de recibo de los dispositivos que nos llevamos a comisaría, pero mientras tanto yo haré las preguntas y mi compañero anotará sus respuestas.
—¿Preguntas sobre qué?
—Empezaremos por saber dónde estaba su marido entre las 20:00 y las 02:00, la noche del martes 22 al miércoles 23 de septiembre.
Los dos me miran expectantes, como si todo dependiera de mi respuesta.