El tren de los exiliados Capítulo 13. El asesino #2
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Capítulo 13. El asesino #2

Jakob lo agarró del brazo.

—Dime quién.

Heinrich levantó los ojos.

—Karl Brenner.

Jakob soltó su brazo.

—Brenner no es el hombre que está detrás de todo.

—No.

—Entonces, ¿por qué dices que es él?

Heinrich respiró profundamente.

—Porque él me llevó hasta la persona que realmente buscabas.

El silencio fue absoluto.

—¿Dónde está? —preguntó Jakob.

Heinrich miró hacia la ventana.

—En la estación.

—¿Quién?

Heinrich tardó varios segundos en contestar.

—El hombre que todos creíamos muerto.

Jakob sintió que el pasado volvía a cerrarse sobre él.

—Dime su nombre.

Heinrich respondió:

—Friedrich Bauer.

Nadie reaccionó durante unos segundos. Jakob recordó la sangre encontrada en el tren, la desaparición y la ausencia del cuerpo.

Bauer había dicho que era un antiguo funcionario ferroviario.

Había presentado documentos aparentemente normales.

Había permanecido callado durante la investigación.

Después había desaparecido en el momento preciso en que el tren se detenía en la estación abandonada.

Todos habían asumido que había sido atacado.

Pero si Heinrich decía la verdad, Bauer no solo estaba vivo: había conseguido regresar a la estación antes que ellos.

—No puede ser —dijo Anna.

—Sí puede —respondió Jakob.

Entonces recordó algo. La lista. El nombre de Bauer. No aparecía entre los que debían ser vigilados. Tampoco entre los que debían ser interrogados. Su nombre figuraba en una tercera columna que Jakob no había comprendido.

RESPONSABLE.

Jakob abrió los ojos.

—Él no era uno de los pasajeros.

Samuel asintió.

—No.

—Era quien los había reunido.

—Sí.

—Entonces el asesino...

Samuel lo interrumpió.

—No tan rápido.

Jakob lo miró.

—¿Qué falta?

Samuel señaló la fotografía de 1943.

—El hombre que estaba junto a Bauer.

Jakob tomó la fotografía. Allí estaba: una imagen antigua de la casa, los hombres, Anna de niña, Margaret, Heinrich y, en un extremo, casi oculto por la sombra, un hombre cuyo rostro apenas podía distinguirse.

Jakob acercó la fotografía a la lámpara.

Entonces vio el detalle. El hombre llevaba un uniforme de policía.

Su uniforme. Jakob sintió que algo dentro de él se quebraba.

—No.

Margaret se acercó.

—¿Qué has visto?

Jakob no respondió. Volvió a mirar la fotografía.

El hombre no era él. Pero llevaba su placa, su número, su identidad.

Alguien había utilizado su nombre aquella noche.

Alguien había firmado documentos en su lugar.

Alguien había dado órdenes utilizando su autoridad.

Y de pronto comprendió por qué el informe de 1943 había desaparecido.

Comprendió por qué los archivos lo señalaban como responsable de una investigación que nunca había dirigido.

Comprendió por qué Margaret había tenido que esconderse.

Y comprendió por qué el asesino necesitaba que él recordara.

No quería simplemente demostrar que Jakob había mentido.

Quería que Jakob descubriera que durante dos años había estado viviendo bajo una identidad que alguien había utilizado para encubrir sus propios crímenes.

Anna se acercó lentamente y miró la fotografía. Durante unos segundos no pareció comprender lo que estaba viendo. Después señaló la figura oculta.

—Yo lo conozco.

Jakob levantó la cabeza.

—¿Qué?

Anna cerró los ojos.

—Lo he visto antes.

—¿Dónde?

—En la casa.

—¿Cuándo?

Anna comenzó a temblar.

—La noche de la fuga.

Margaret palideció.

—Anna, no.

Pero la joven continuó.

—Estaba hablando con mi madre.

—¿Qué decía?

Anna respiró profundamente.

—Decía que todo había terminado.

—¿Qué más?

—Que los niños ya no eran necesarios.

Samuel se levantó con dificultad.

—¿Estás segura?

Anna lo miró.

—Sí.

—¿Reconoces su voz?

Anna asintió.

—Sí.

Jakob sintió que la última pieza comenzaba a encajar.

—¿Quién era?

Anna miró la fotografía. Durante varios segundos no dijo nada.

Después pronunció un nombre. Un nombre que ninguno de ellos esperaba.

Y Jakob comprendió entonces que el hombre al que habían estado buscando durante todo aquel viaje no era el que había matado a los pasajeros.

Era el hombre que había ordenado que fueran asesinados.

Porque los muertos del tren no eran el objetivo.

Eran el mensaje. El verdadero objetivo había sido Anna.

Y ahora que ella comenzaba a recordar, el hombre que llevaba dos años ocultándose ya no tenía ninguna razón para seguir esperando.

Jakob miró hacia la puerta. Afuera volvió a escucharse el sonido de tres golpes.

Esta vez no procedían de la calle. Procedían de la habitación contigua.

Todos quedaron inmóviles. Uno. Dos. Tres.

Jakob avanzó lentamente hacia la puerta y la abrió.

No había nadie. Solo una silla. Sobre la silla había una carpeta.

Jakob la tomó. En la portada podía leerse:

INVESTIGACIÓN JAKOB WEISS — 17 DE NOVIEMbrE DE 1943.

Debajo había una frase escrita recientemente:

AHORA RECUERDA QUIÉN DIO LA ORDEN.

Jakob abrió la carpeta. Y en la primera página encontró la firma del hombre que había creído muerto durante dos años.