Capítulo 13. El asesino
Nadie se movió cuando Samuel pronunció aquellas palabras.
Los tres golpes seguían resonando en la memoria de todos, no porque hubieran sido fuertes, sino porque llevaban consigo una amenaza que ya había acompañado a Anna desde la casa de su infancia hasta aquel tren.
Jakob levantó una mano para pedir silencio.
Margaret se acercó lentamente a la ventana y apartó apenas la cortina.
La calle estaba casi vacía. La lluvia había convertido los adoquines en una superficie oscura y brillante sobre la que se reflejaban las luces amarillentas de las pocas farolas que todavía funcionaban.
No había nadie delante de la casa. Ninguna silueta.
Ningún hombre esperando. Ningún rostro visible.
Solo una bicicleta apoyada contra una pared y, al fondo, el humo que salía de una chimenea.
Jakob permaneció inmóvil unos segundos, escuchando, hasta que comprendió algo que había aprendido durante sus años como investigador: cuando alguien quiere ser visto, se deja ver; cuando quiere que sepas que está cerca, deja una señal.
—No abras —dijo.
Margaret retiró la mano del picaporte. Los tres golpes no volvieron a repetirse.
Jakob recorrió la habitación con la mirada.
Samuel estaba sentado junto a la pared. Elise permanecía cerca de él.
Anna estaba junto a la mesa, todavía pálida por lo que acababa de recordar.
Heinrich había desaparecido. Jakob lo notó inmediatamente.
—¿Dónde está su padre?
Anna miró alrededor.
—Estaba aquí.
Margaret abrió una puerta lateral. Vacía. Abrió otra. Vacía. Jakob se acercó a la ventana trasera y la abrió. Sobre el alféizar había una pequeña marca de barro. Alguien había salido por allí.
—No se ha ido —dijo Samuel.
Jakob se volvió.
—¿Qué quiere decir?
—Heinrich nunca se marcha sin dejar una explicación.
—Quizá esta vez sí.
Samuel negó.
—No. Esta vez ha ido a buscar a alguien.
Jakob sintió que una nueva pieza se incorporaba al tablero.
—¿A quién?
Samuel miró a Anna.
—Al hombre que empezó todo.
La conversación quedó suspendida hasta que Jakob obligó a todos a sentarse.
Necesitaba ordenar los hechos antes de seguir avanzando.
Durante los últimos días había permitido que las revelaciones se acumularan sin establecer una relación clara entre ellas.
El primer muerto había aparecido en un compartimento cerrado.
Después habían desaparecido tres pasajeros.
Samuel había sido atacado. Bauer había desaparecido.
Los documentos habían sido escondidos y después robados.
Habían aparecido listas con instrucciones de vigilar, interrogar y eliminar.
Alguien había fotografiado a los pasajeros mientras viajaban.
Y ahora sabía que el tren había sido utilizado para reunir a personas relacionadas con el mismo episodio de 1943.
No podía seguir tratando aquellos acontecimientos como crímenes independientes.
Había una estructura detrás de ellos. Una lógica.
Una secuencia. Si quería comprender quién estaba detrás de todo aquello, tendría que dejar de mirar cada asesinato como un hecho aislado y empezar a contemplarlos como partes de una operación que había comenzado mucho antes de que el tren iniciara su viaje.
Jakob extendió sobre la mesa todas las fotografías que habían recuperado.
—Vamos a empezar por el principio.
Anna lo observó.
—¿Por qué?
—Porque el asesino ha cometido un error.
—¿Cuál?
—Nos ha dejado vivos.
Samuel levantó lentamente la cabeza. Jakob señaló la primera fotografía.
—Si quisiera eliminar a todos los que saben lo ocurrido en 1943, ya lo habría hecho. Ha tenido oportunidades. En el tren, en la estación, incluso aquí. Podría haber disparado contra nosotros. Podría haber provocado un incendio. Podría haber hecho desaparecer el convoy. No lo ha hecho.
—Entonces, ¿qué quiere? —preguntó Elise.
Jakob miró a Anna.
—Que recordemos.
Nadie respondió. Jakob continuó, consciente de que aquella conclusión podía ser más inquietante que la idea de enfrentarse a un asesino que simplemente quisiera borrar sus huellas.
—Los asesinatos no están destinados únicamente a eliminar personas.
Están destinados a provocar reacciones. Cada muerte ha revelado algo.
El primer hombre tenía la marca. El segundo desapareció porque sabía algo.
Bauer dejó sangre pero no cadáver. Samuel fue atacado después de hablar de Anna.
Los Adler confesaron cuando comprendieron que iban a ser descubiertos. Y ahora mi esposa ha aparecido viva.
—¿Qué significa? —preguntó Anna.
—Que cada asesinato ha empujado la verdad hacia nosotros.
Samuel cerró los ojos.
—Entonces quizá no estamos buscando a un asesino.
Jakob lo miró.
—¿Qué estamos buscando?
—A alguien que necesita controlar la forma en que recordamos.
La frase quedó flotando en la habitación.
Jakob volvió a las fotografías. Una mostraba el tren desde el exterior.
Otra mostraba a los pasajeros. Otra, la estación abandonada.
Otra, el edificio de 1943. Y otra mostraba a Margaret.
Jakob acercó esta última. Había algo extraño en ella.
La imagen había sido tomada recientemente, pero Margaret aparecía delante de un edificio que Jakob conocía.
El mismo edificio de la investigación. La misma pared de piedra. La misma puerta.
—Esta fotografía fue tomada antes de que nosotros llegáramos a la estación.
Margaret asintió.
—Sí.
—¿Quién la tomó?
—No lo sé.
Jakob volvió a mirar la imagen.
—Yo sí.
Todos lo observaron.
—¿Quién?
Jakob señaló el reflejo de una ventana situada en el extremo de la fotografía. Había una figura. Solo una sombra. Pero llevaba un abrigo oscuro y sostenía una cámara.
—El hombre que nos estaba siguiendo.
Anna se acercó.
—¿Quién es?
Jakob amplió la fotografía. Entonces lo reconoció. No por el rostro. Por la postura. Por la forma de sostener la cámara. Por la mano izquierda. Por un pequeño anillo.
—Karl Brenner.
El nombre produjo un silencio inmediato.
—Pero Brenner desapareció en la estación —dijo Elise.
—No.
Jakob negó.
—No desapareció.
—¿Entonces?
—Se fue.
Samuel miró la fotografía.
—¿Por qué fingir que desapareció?
Jakob respondió sin apartar los ojos de la imagen.
—Para que creyéramos que había sido víctima.
La idea modificó de inmediato el sentido de todo lo ocurrido.
Karl Brenner había permanecido desde el principio en una posición extraña.
Sus documentos eran demasiado perfectos.
Sus respuestas demasiado precisas. Había conocido detalles de la investigación de 1943 que nadie debería conocer.
Había hablado con Jakob antes de que aparecieran las primeras fotografías y había intentado convencerlo de que dejara de buscar la verdad.
Después había desaparecido justo cuando la estación abandonada se convirtió en escenario de otra desaparición.
Si Brenner era quien había organizado parte de la operación, entonces había estado cerca de todos ellos desde el primer momento, observando sus movimientos, calculando sus reacciones y utilizando a unos contra otros.
Pero Jakob no estaba satisfecho. Había algo que no encajaba.
—Brenner no es el asesino —dijo.
Anna lo miró sorprendida.
—Acabas de decir que estaba detrás de todo.
—Dije que estaba detrás de una parte.
—¿Qué parte?
Jakob levantó la fotografía.
—La vigilancia.
Samuel asintió lentamente.
—Tiene sentido.
—¿Por qué?
—Porque Brenner siempre fue un intermediario.
Jakob lo miró.
—¿Intermediario de quién?
Samuel tardó en responder.
—Del hombre que tenía acceso a todos los archivos.
Jakob sintió un escalofrío.
—El funcionario.
—Sí.
—El que recibió mi informe en 1943.
Samuel asintió.
—El hombre al que entregaste los nombres.
Jakob recordó el despacho, la mesa, la carpeta, la firma y, por primera vez, pudo recordar el rostro. No completo. Fragmentado. Pero suficiente.
—Pensé que estaba muerto.
Samuel respondió:
—Eso es lo que todos pensaron.
Jakob se puso de pie y caminó hacia la otra habitación.
Necesitaba aire. Necesitaba alejarse de aquella mesa, de aquellas fotografías y de los rostros de las personas que parecían haber vivido durante años dentro de una mentira.
Abrió una ventana. El aire frío entró en la casa.
En la calle, un vehículo pasó lentamente y desapareció al doblar la esquina.
Durante unos segundos Jakob pensó en Margaret, en la noche de 1943 y en la carpeta que había entregado.
Recordaba la seguridad con la que había creído estar haciendo lo correcto.
Recordaba haber pensado que los documentos llegarían a manos de alguien capaz de actuar.
Recordaba incluso haber sentido alivio cuando el superior tomó la carpeta.
Pero ahora comprendía que aquel momento había sido el principio de la tragedia.
La información no había desaparecido. Había sido utilizada.
Aquello que él había considerado una simple entrega administrativa había terminado convirtiéndose en el mecanismo mediante el cual alguien había podido manipular vidas, borrar nombres y construir una versión falsa de los acontecimientos.
—Jakob.
Era Anna. Se volvió. Ella sostenía uno de los documentos.
—Mira esto.
Jakob regresó a la mesa. Anna señaló una firma.
—Es la misma.
—¿De quién?
—De mi padre.
Jakob frunció el ceño.
—No puede ser.
—¿Por qué?
—Porque esta firma aparece en una orden que autoriza la desaparición de los veintisiete prisioneros.
Anna quedó inmóvil.
—Entonces mi padre...
No terminó la frase.
Heinrich había regresado. Estaba en la puerta. Tenía sangre en el cuello.
Margaret corrió hacia él.
—¿Qué ha ocurrido?
Heinrich se apoyó contra la pared.
—Lo encontré.
Jakob se levantó.
—¿A quién?
Heinrich respiró con dificultad.
—Al hombre que buscan.
Anna se acercó.
—¿Dónde está?
Heinrich miró a su hija.
—En la estación.
Jakob sintió un golpe de alarma.
—¿Vivo?
—Sí.
—¿Quién es?
Heinrich bajó la mirada.
—El hombre que escribió mi nombre en aquella lista.