El trato era no enamorarnos Epílogo
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Epílogo

Un lugar donde el ruido no llega

Dos años después, Aurea Paracas seguía utilizando una variación de aquella primera idea.

Un lugar donde el ruido no llega.

Valentina lo vio en un cartel del lobby y señaló a Sebastián.

—Nos deben regalías.

—Técnicamente la frase salió de una conversación de trabajo.

—Mía.

—Compartida.

—Mía.

—Qué romántico volver al origen para discutir propiedad intelectual.

La recepcionista les entregó las llaves.

—Suite Pacífico.

Valentina miró a Sebastián.

—¿Otra vez?

Él hizo cara de inocencia.

—No sé nada.

—Mentiroso.

Subieron.

La habitación tenía una cama king, terraza y una botella de espumante.

No había pétalos.

Gracias a Dios.

Sobre la mesa había una tarjeta.

Bienvenidos de vuelta. No tenemos registrado ningún aniversario, pero con ustedes preferimos no asumir. —Equipo Aurea

Valentina rio hasta que le dolió el estómago.

Sebastián abrió la terraza.

El mar estaba igual.

Ellos no.

Valentina se colocó a su lado.

—¿Sabes qué pensé la primera vez que estuvimos aquí?

—Que querías empujarme por la baranda.

—También.

—¿Qué más?

—Que si me daban el ascenso, todo iba a estar en orden.

Sebastián la miró.

—¿Y lo estuvo?

—Por unas seis horas.

Él rio.

—Yo pensaba que si seguía consiguiendo el siguiente puesto, la siguiente cuenta, la siguiente ciudad, un día iba a sentir que había llegado.

—¿Llegaste?

Sebastián tomó su mano.

—No creo que exista eso.

Valentina apoyó la cabeza en su hombro.

El sol empezaba a bajar.

En otra época, ambos habrían sacado el teléfono para anotar una idea.

Esta vez no lo hicieron.

—Tengo una pregunta —dijo Sebastián.

Valentina levantó la cabeza.

—Si sacas un anillo después de lo que dije en el aeropuerto…

—No tengo anillo.

—Bien.

—Qué confianza.

—Aprendimos honestidad.

Sebastián sonrió.

—Quiero tomarme un mes libre el próximo año.

Valentina parpadeó.

—¿Tú?

—Yo.

—¿Estás enfermo?

—Probablemente.

—¿Para qué?

—Viajar.

—¿Dónde?

—No sé. Tú querías viajar tres meses si pudieras olvidarte de la carrera. Podemos empezar con uno.

Valentina lo observó.

—¿Y Lúmina?

—Sobrevivirá.

—¿Tu unidad?

—También.

—¿Mi equipo?

—Valentina.

Ella sonrió.

—Estoy procesando.

—No hay que decidir hoy.

Valentina miró el océano.

Durante años había confundido seguridad con tener un plan.

Ahora sabía que algunas de las mejores cosas de su vida habían empezado exactamente cuando el plan falló.

—Un mes —dijo.

Sebastián levantó una ceja.

—¿Sí?

—Sí.

—¿Sin laptops?

Valentina hizo una mueca.

—No exageres.

—Negociable.

—Sin reuniones.

—Aceptado.

—Y una regla.

Sebastián suspiró con dramatismo.

—Sabía que llegaría.

Valentina entrelazó sus dedos.

—Si encontramos un lugar mejor que este, no lo convertimos en campaña.

Sebastián fingió pensarlo.

—Esa es difícil.

—Ferrer.

—Aceptada.

Valentina sonrió.

El cielo empezó a ponerse naranja.

Dos años atrás, en esa misma terraza, habían intentado convertir una experiencia en una estrategia.

Ahora hicieron algo mucho más difícil.

La dejaron ser solo suya.

FIN