El trato era no enamorarnos
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Capítulo 1
La peor persona para compartir un ascenso
Valentina Ríos supo que el lunes iba a ser un desastre antes de que Sebastián Ferrer abriera la boca.
No porque él tuviera una expresión especialmente insoportable. Esa era su expresión normal: impecable camisa blanca, mangas dobladas con precisión y esa calma de hombre que parecía haber llegado al mundo cinco minutos antes que los demás para poder señalarles que iban tarde.
El problema era la diapositiva proyectada detrás de él.
—La campaña no necesita más emoción —dijo Sebastián—. Necesita una idea que la gente pueda recordar al día siguiente.
Valentina apoyó el bolígrafo sobre la mesa.
—Qué suerte que mi propuesta tiene ambas cosas.
Las doce personas de la sala de reuniones dejaron de mirar la pantalla para mirarlos a ellos.
Era casi un reflejo. En Lúmina, la agencia de publicidad donde trabajaban desde hacía cuatro años, cualquier reunión con Valentina y Sebastián terminaba convirtiéndose en un partido que nadie admitía estar disfrutando.
Gabriel Montes, director general, se quitó los lentes y los dejó sobre la carpeta frente a él.
—¿Ya terminaron?
—Yo sí —respondió Sebastián.
—Él nunca termina —dijo Valentina—. Solo hace pausas para respirar.
Sebastián sonrió sin mostrar los dientes.
—Y tú respiras solo cuando alguien te da la razón.
Valentina odiaba esa sonrisa porque siempre parecía decir lo mismo: sé exactamente cómo hacerte perder la paciencia.
Gabriel golpeó la mesa con la punta del bolígrafo.
—Perfecto. Ya que ambos tienen tanta energía, voy a aprovecharla.
La sala quedó en silencio.
Valentina conocía ese tono. Gabriel lo usaba antes de anunciar cambios de última hora, clientes imposibles o fines de semana arruinados.
—Aurea Collection está buscando agencia para su nueva línea de hoteles boutique —continuó—. Es la cuenta más grande que hemos tenido la oportunidad de ganar en tres años.
En la pantalla apareció el logotipo dorado de la cadena: una A estilizada sobre una fotografía del océano.
Valentina se enderezó.
Aurea no era solo una buena cuenta. Era el tipo de cuenta que podía definir una carrera.
—Elena Vega, su presidenta regional, quiere una propuesta para reposicionar sus hoteles como destinos para parejas que buscan reconectar —dijo Gabriel—. No quiere publicidad de catálogo. Quiere experiencia real.
Sebastián cruzó los brazos.
—¿Y eso significa?
Gabriel volvió a ponerse los lentes.
—Que antes del pitch quiere que dos personas del equipo vivan el recorrido completo como clientes misteriosos. Llegada, habitaciones, cenas, actividades, atención, todo. Después deberán convertir esa experiencia en una estrategia.
Valentina miró a Claudia, su compañera de cuentas, como si pudiera ofrecerse voluntaria telepáticamente.
Claudia desvió la mirada.
Cobarde.
—¿Quiénes van? —preguntó Valentina.
Gabriel levantó una ceja.
—Ustedes dos.
Hubo un segundo de silencio absoluto.
Luego alguien al fondo tosió para disimular una risa.
—No —dijeron Valentina y Sebastián al mismo tiempo.
Gabriel abrió una carpeta.
—Ya está reservado. Viernes a domingo. Aurea Paracas. Habitación para dos.
—¿Para dos personas? —preguntó Sebastián.
—Para una pareja —corrigió Gabriel.
Valentina lo miró.
—Gabriel.
—Es una auditoría incógnita. El hotel no puede saber que son de la agencia. Su reserva está hecha como pareja.
—Busca a otra persona.
—No.
—Yo puedo ir sola.
—No representa la experiencia que quieren evaluar.
Sebastián se inclinó hacia adelante.
—Podemos enviar a dos personas que al menos se toleren.
Gabriel cerró la carpeta.
—Precisamente por eso van ustedes.
Valentina frunció el ceño.
—Eso no tiene ningún sentido.
—Tiene bastante. Son mis dos mejores estrategas. Y los dos están compitiendo por la dirección de estrategia que se abre el próximo mes.
Ahora el silencio fue distinto.
Valentina sintió que algo se tensaba detrás de sus costillas.
Sabía que el puesto iba a abrirse. Todos lo sabían. Lo que nadie había confirmado era quiénes estaban siendo considerados.
Sebastián dejó de sonreír.
Gabriel continuó:
—Quiero ver quién puede tomar una experiencia real, detectar lo que nadie más ve y convertirlo en una propuesta ganadora. Después del pitch tomaré una decisión sobre el ascenso.
Valentina miró a Sebastián.
Él la miró a ella.
De pronto el fin de semana dejó de ser una molestia.
Se convirtió en una competencia.
—¿A qué hora salimos el viernes? —preguntó Valentina.
Sebastián soltó una risa baja.
—Qué rápido apareció el espíritu de equipo.
—No es espíritu de equipo.
—¿Qué es?
Valentina cerró su libreta.
—Ambición.
Gabriel sonrió como un hombre que acababa de encender una mecha y estaba satisfecho con la longitud de la pólvora.
—El auto sale a las cuatro.
Cuando la reunión terminó, Valentina recogió sus cosas y caminó hacia la puerta.
Sebastián la alcanzó en el pasillo.
—Ríos.
Ella siguió caminando.
—Ferrer.
—Una advertencia.
Valentina se detuvo y giró.
—¿Ya empezamos?
—No conviertas esto en una guerra.
Ella lo observó durante un segundo.
—Sebastián, llevamos cuatro años en guerra.
—Eso explica por qué nunca ganas.
Valentina dio un paso hacia él.
—El lunes hablamos.
—¿De qué?
—De cómo prefieres que te felicite cuando me den el puesto.
Por primera vez, su sonrisa cambió. Fue más lenta. Más peligrosa.
—Me encanta cuando estás tan segura.
—¿Por qué?
Sebastián inclinó apenas la cabeza.
—Porque hace mucho más entretenido verte equivocarte.
Valentina siguió caminando sin responder.
Pero, mientras regresaba a su escritorio, tuvo una certeza incómoda.
El fin de semana iba a ser peor de lo que había imaginado.
Y todavía no sabía cuánto.
* * *