Capítulo 21
Carlos IV y las deudas
C arlos IV llevó Praga a su máximo esplendor.
Aunque no se destacó como un conquistador militar, era reconocido como un fino estratega diplomático.
Sus mayores éxitos consistieron en campañas de consolidación territorial y reformas institucionales que elevaron a Bohemia al centro del poder europeo.
Las pocas acciones bélicas en las que participó, como la trágica Batalla de Crécy junto a su padre, le sirvieron para comprender que la diplomacia, las leyes y el mecenazgo cultural eran herramientas más eficaces para el éxito a largo plazo que la guerra abierta.
A diferencia de sus predecesores, como su abuelo Enrique VII o Luis IV, quienes entraron a Italia con sangre y fuego ganándose el odio de las comunas, Carlos IV negociaba.
En lugar de sitiar ciudades, pagó enormes sumas de dinero y reconoció la autonomía de estados rivales como Florencia o Milán a cambio de que le permitieran pasar en paz hacia Roma.
Sin embargo, las cuantiosas deudas heredadas de su progenitor y su propio deseo de embellecer el reino con obras monumentales lo obligaron a endeudarse hasta límites insostenibles.
El monarca se paseaba inquieto en sus habitaciones privadas.
Caminaba de un lado a otro como si el eco de sus botas sobre el suelo pudiera resolver la ruina económica que amenazaba su trono.
Maldecía en silencio la memoria de su padre; Juan de Luxemburgo había sido un guerrero formidable, pero también un derrochador empedernido que había dejado las arcas vacías.
Para consolidar su propia corona, Carlos había tenido que comprar voluntades y financiar una diplomacia carísima.
Era verdad que Bohemia poseía Kutná Hora , cuyas entrañas de plata producían más de un tercio del metal que circulaba por Europa.
En el palacio fortificado de la Corte Italiana, los talleres no daban abasto fundiendo y acuñando el groschen de Praga, la moneda más pura y codiciada de la cristiandad.
Pero la plata no era infinita: la minería tenía límites físicos, los túneles se inundaban con demasiada frecuencia y el ritmo de sus ambiciones arquitectónicas y políticas superaba por mucho la velocidad de los martillos de sus acuñadores.
Cuando los banqueros italianos empezaron a exigir garantías sobre las propias minas, Carlos supo que había cruzado una línea peligrosa.
Necesitaba otra salida. Necesitaba al judío Muscho.
¡Había tantas obras cruciales que emprender en Praga!
Él no deseaba ser un rey más; quería dejar un recuerdo indeleble de su paso por el mundo.
Por ello, se resignó a tomar una medida desesperada: recurrir a los prestamistas hebreos, cuyos términos solían ser más accesibles que los leoninos intereses italianos.
Su mano derecha, un hombre culto y diplomático, le había hablado de un financiero en especial: el judío Muscho de Środa , conocido por su extrema honradez y meticulosidad en los negocios, además de ser el prestamista más importante del este de Europa.
No había otra alternativa; tendría que mandar a por él para sellar el pacto.
Con esa resolución en mente, hizo llamar a su canciller y secretario personal, Jan de Streda.
—A vuestras órdenes, mi señor —se presentó el canciller.
—Tengo una misión de la mayor importancia que solo tú puedes llevar a cabo, Jan.
—La cumpliré con devoción, mi señor.
—Como sabes, tenemos un grave problema de liquidez —explicó Carlos, ensombreciendo el gesto—. Mis acreedores me están acorralando y los tributos ordinarios de las juderías locales ya no alcanzan para solventar las deudas de la corona.
—Los hebreos del reino son propiedad de la cámara real, mi señor. Cualquier impuesto extraordinario se les puede reclamar de inmediato.
—Eso ya no es suficiente. He decidido que debo acudir al hombre que custodia la mayor fortuna del este. Es el único que puede salvarnos.
—Muscho de Środa.
—El mismo. Tu misión será partir hacia Silesia y traerlo ante mí. Necesito pactar con él cara a cara.
—Son varias jornadas de camino; prepararé una escolta armada.
—Recuerda, Jan: es una misión secreta. Nadie en la corte debe sospecharlo. Viajad despojados de vuestras insignias, como simples mercaderes. Cuanto menos llaméis la atención, mejor .
Carlos IV extendió un salvoconducto oficial provisto del sello real de cera.
El documento ordenaba a todos los nobles, burgomaestres y señores de los castillos en la ruta hacia Silesia que proveyeran libre paso, vituallas y refugio a los portadores, permitiéndoles además sortear los portazgos comunes en puentes y fronteras.
El canciller se retiró con el pergamino en la mano, consciente de que el encargo no admitía el menor error.
Al llegar a su despacho, desplegó los mapas sobre la mesa para calcular las jornadas.
Cruzar la frontera de Bohemia les tomaría apenas dos o tres días a buen ritmo de cabalgadura, pero el trayecto completo a través de los Sudetes podía arrastrarse hasta una semana si las condiciones meteorológicas empeoraban en los pasos de montaña.
El verdadero peligro no eran las distancias, sino la propia cordillera.
En ese año de 1348, los senderos de Silesia estaban infestados de salteadores; muchos de ellos eran antiguos caballeros feudales arruinados que se habían echado al monte para vivir del pillaje.
Una comitiva demasiado grande delataría el secreto del monarca; una muy pequeña los convertiría en presas fáciles.
Apenas el alba comenzó a clarear, el canciller cruzó el puente del castillo escoltado por ocho jinetes profesionales ataviados como viajeros ordinarios.
El grupo tomó la ruta comercial del norte, sorteando los Sudetes por los desfiladeros mejor vigilados.
Tras cinco días de galope sostenido, divisaron las murallas de Środa Śląska .
Al cruzar las puertas de la villa, Jan de Streda observó con ojo analítico la fisonomía del asentamiento.
A diferencia de otras regiones de Europa, allí la comunidad judía no vivía confinada tras los muros de un gueto interno.
Sus casonas y comercios se integraban con naturalidad en el tejido urbano, extendiéndose alrededor de la bulliciosa plaza del mercado.
Jan recordó el motivo de aquella singular prosperidad: años atrás, en 1341, el duque local se había visto obligado a suplicar el apoyo financiero de la aljama para reconstruir las defensas de la ciudad; a cambio, les otorgó una exención absoluta de tributos por una década.
Środa era, gracias a ello, un hervidero de riqueza.
Para no inquietar a los lugareños, Jan ordenó a la mayor parte de sus hombres que aguardaran en las tabernas de la entrada. Uno de los emisarios se adelantó hacia un mesón cercano a la plaza para obtener indicaciones; se dirigió directo al mostrador y pidió un trago de vino.
—¿Venís de muy lejos, forastero? —preguntó el tabernero, reparando de inmediato en que los modales finos del cliente no encajaban con la rudeza de sus burdos ropajes.
—Podría decirse que sí.
—¿Asuntos de comercio?
—En realidad, busco al judío Muscho.
El tabernero torció el gesto en un mohín de desaprobación. El emisario, sin inmutarse, depositó un groschen de plata sobre la madera .
—Esos prestamistas… —murmuró el hombre, cubriendo la codiciada moneda con la palma de la mano—. Tened cautela, extranjero, u os dejará sin blanca.
—¿Dónde se encuentra su casa?
—Seguid por el sendero de los pinos. Pasada la herrería, veréis una tapia blanca con un gran portón verde que da frente al mercado. Esa es la residencia de Muscho.
El enviado salió a reunirse con el canciller para comunicarle las señas.
Jan de Streda guio a los pocos jinetes restantes hacia el lugar indicado.
Al llegar frente a la fachada, desmontó y golpeó tres veces la pesada aldaba de bronce.
Poco después, un adolescente de unos catorce años abrió el portón.
—¿Es esta la morada de Muscho? —inquirió el canciller.
—¿Quién lo busca? —replicó el muchacho, midiéndolo con suspicacia. Su mirada estaba acostumbrada a diferenciar a la plebe de los hombres de rango que acudían a diario a la oficina de su padre para negociar créditos o empeñar objetos de valor.
—Vengo en nombre del rey de Bohemia.
El joven mudó el semblante, lo invitó a pasar de inmediato y le rogó que aguardase.
Jan contempló el entorno con discreta admiración: un jardín central provisto de una fuente de piedra acentuaba el frescor del aire, rodeado por galerías de columnas que sostenían esbeltos arcos ojivales.
Por uno de esos corredores, un hombre delgado, vestido con una impoluta túnica de lino blanco que le rozaba los tobillos, avanzó sin prisa hacia el visitante.
—Buenas tardes, caballero. Soy Muscho. ¿Me buscabais?
—Así es, buen hombre. Me complacería conversar con vos en un lugar donde gocemos de absoluta privacidad —solicitó Jan, desviando la vista de soslayo hacia el muchacho que permanecía a unos pasos.
—Por supuesto. Acompañadme.
Lo guio a lo largo de la galería hasta una estancia cuya puerta entornó al entrar.
—Aquí podremos parlamentar sin interrupciones. Tomad asiento, os lo ruego —dijo Muscho, indicándole una silla de madera situada frente a su mesa de despacho, tras la cual tomó asiento él mismo.
—Soy Jan de Streda, canciller del rey Carlos IV —declaró el recién llegado, mientras le extendía el pergamino sellado con las armas reales de Bohemia.
Muscho tomó el documento con dedos firmes y pausados.
Desplegó el pergamino con cuidado, sin que el roce del cuero o el sello de cera real alteraran su semblante.
Sus ojos recorrieron las líneas góticas trazadas por los escribanos de Praga.
Jan de Streda lo observaba en silencio, intentando descifrar el rostro del cabalista.
En la corte, los hombres sudaban o palidecían ante el sello monárquico; el prestamista, en cambio, parecía estar leyendo un simple registro de mercancías.
—El sello del rey de Bohemia —dijo Muscho, rompiendo el silencio con una voz suave pero asombrosamente clara—. Y del recién elegido Rey de los Romanos. Es un honor que el canciller del Imperio decore mi modesto despacho.
—El honor es vuestro, Muscho —replicó Jan, con jactancia, acomodando su postura en la silla—. Pero el tiempo apremia. Supongo que un hombre de vuestro oficio no necesita que le expliquen el motivo de este pergamino. El rey requiere vuestra presencia en Praga.
Muscho dobló el salvoconducto con la misma parsimonia y lo colocó sobre la mesa.
—Las finanzas de la corona son un libro abierto para quienes sabemos escuchar los rumores de los mercados, señor canciller.
Sé que las minas de Kutná Hora están al límite y que los banqueros de Florencia y Venecia ya no aceptan promesas sobre el papel.
Sé también que el rey tiene prisa por reconstruir su capital y asegurar los votos de los príncipes electores.
Lo que no sé... es qué puede ofrecer el rey a un judío de Silesia que los italianos no hayan exigido ya.
—Eso lo discutiréis directamente con Su Majestad —respondió Jan, midiendo sus palabras—.
Lo que os puedo asegurar es que el rey no os llama como a un siervo, sino como a un aliado financiero.
El documento que tenéis delante os garantiza inmunidad absoluta, libre paso por todo el reino y la protección directa de la guardia real.
Vuestra vida y vuestros bienes estarán a salvo bajo la palabra del rey.
Muscho guardó silencio por unos instantes.
Miró de reojo la ventana de su estudio, a través de la cual se filtraba el eco lejano del mercado de Środa .
Sabía que aceptar el llamado de un rey era caminar sobre el filo de una espada.
Los soberanos cristianos eran propensos a olvidar sus deudas cuando el agua les llegaba al cuello y la historia de su pueblo estaba escrita con la sangre de pactos rotos.
Pero también comprendió que negarse a la invitación del hombre más poderoso del reino equivalía a firmar la ruina de su aljama.
—La palabra de un rey es un aval imponente, señor de Streda —declaró Muscho, clavando sus ojos oscuros en el canciller—. Pero yo soy un hombre de leyes y de escrituras. Si viajo a Praga, no será para negociar migajas, sino para sellar un trato que respete el sudor de mi gente.
—El rey os espera para eso mismo. ¿Cuánto tiempo necesitáis para disponer vuestros asuntos?
—Saldremos mañana al amanecer, caballero.
No conviene hacer esperar a un rey y menos aún cuando el invierno amenaza con cerrar los pasos de los Sudetes.
Permitid que mis sirvientes os preparen alojamiento a vos y a vuestros hombres en la hospedería de la aljama.
No sería digno que los enviados de Praga durmieran en una taberna común.
Jan de Streda asintió, aliviado por la rápida resolución del hebreo.