Epílogo
Seis meses después, el huerto Eleanor ampliado mostraba sus primeras hileras de árboles jóvenes injertados según los cuadernos manuscritos de la abuela, y la primera partida limitada de Sidra Eleanor se había agotado en las tiendas de todo el condado en menos de dos semanas, con una lista de espera que Wren, encargada ahora oficialmente del diseño de todas las etiquetas de la sidrería, no daba abasto en gestionar.
Bellamy había abierto un pequeño despacho de asesoría legal en la calle principal de Ashcombe Falls, a dos puertas de Whitfield & Cole, especializado, según rezaba el cartel recién pintado, en «proteger negocios familiares de quienes confunden confianza con oportunidad», y ya contaba con una lista de espera propia que incluía media docena de pequeñas empresas de los condados vecinos.
Ronan había trasladado la sede operativa de Ashworth Capital para la región de Nueva Inglaterra a una oficina sobre la cafetería donde Bellamy había servido tartas de manzana durante dos veranos de su adolescencia, y había empezado, para sorpresa de su propia junta directiva, a replicar el modelo de inversión minoritaria con otras tres empresas familiares de la zona que habían llegado a él precisamente por el caso Root.
Desmond Root enfrentaba ya cinco demandas civiles distintas en otros tantos estados, presentadas por antiguos socios que, al conocer la historia de los Sinclair a través de la prensa económica local, habían empezado por fin a comparar notas entre ellos, y los primeros indicios apuntaban a que el fiscal del estado estaba considerando además cargos penales por fraude.
Callum Ashworth había alquilado un granero a las afueras del pueblo con la excusa profesional de restaurarlo, aunque todo Ashcombe Falls sabía ya que la excusa real llevaba el nombre de Wren Sinclair, y nadie en la familia se sorprendió cuando, una tarde de domingo cualquiera, ambos aparecieron cogidos de la mano en la cena semanal sin ofrecer ninguna explicación que, por otro lado, nadie les pidió.
El granero, ya terminado, había celebrado su primera boda del pueblo apenas un mes atrás, con una lista de reservas que se extendía ya hasta el otoño siguiente.
Briar había sido aceptada, con matrícula de honor, en el programa de agronomía de la universidad estatal, a apenas dos horas de distancia, lo bastante cerca para volver cada fin de semana de cosecha y lo bastante lejos, como ella misma le confesó a Bellamy una noche, para empezar a descubrir quién era fuera de la sombra cariñosa de sus cinco hermanas.
Sable, con el permiso entusiasta de su padre, había empezado a hacer prácticas los sábados con el arquitecto que supervisaba las nuevas instalaciones del huerto ampliado, y ya hablaba de solicitar, dentro de dos años, el mismo programa de arquitectura al que había asistido su ídolo declarado, una diseñadora de Portland cuyo trabajo había descubierto, por supuesto, a través de Instagram.
Thea seguía enseñando literatura en el instituto, aunque ahora también dirigía el nuevo programa de literatura comparada aprobado por la junta escolar, y cenaba con el director Okafor con una regularidad que ya nadie en la familia se molestaba en cuestionar.
—¿Te arrepientes de algo? —le preguntó Ronan a Bellamy una tarde de domingo, paseando entre los manzanos jóvenes del huerto ampliado, con dos tazas de sidra caliente humeando en el aire frío.
—De haber tardado ocho años en darme cuenta de que este pueblo, y no ningún despacho con vistas al puerto, era el lugar donde siempre quise construir algo que durara.
—Bellamy le pasó el brazo por la cintura, apoyando la cabeza en su hombro—.
Pero de usted, señor Ashworth, no me arrepiento absolutamente de nada.
Fue, con diferencia, el mejor trato que ha cerrado nunca esta familia.
Ronan sonrió, esa sonrisa completa y sin reservas que ya nadie en Ashcombe Falls consideraba sorprendente en él, y la besó bajo los árboles que un día había plantado una mujer llamada Eleanor Sinclair, convencida de que algunas cosas, si se cuidan con la paciencia suficiente, siempre terminan encontrando su manera de dar fruto.
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Juniper volvió de Portland ese mismo fin de semana, con un portafolio entero de diseños nuevos y una seguridad en sí misma que toda la familia notó nada más verla bajar del coche.
—El programa es increíble, Bell. Y he conseguido unas prácticas de verano en un estudio que diseña identidades de marca para pequeñas empresas familiares.
Cuando se lo conté a mi profesora, mencioné la línea Eleanor como ejemplo de proyecto, y le encantó tanto que quiere venir a visitar la sidrería en persona.
—Eso es maravilloso, Juniper. Esta familia va a acabar teniendo representación profesional en cada campo imaginable a este paso.
—Es lo que tiene crecer en una casa donde nadie te deja conformarte con menos de lo que puedes llegar a ser —dijo Juniper, abrazando a su hermana mayor con un cariño que llevaba meses sin poder expresar en persona—. Gracias por enseñarme eso, Bell, aunque fuera sin proponértelo.
Bellamy sintió que se le humedecían los ojos, la misma sensación que llevaba experimentando todo el año cada vez que una de sus hermanas daba un paso más hacia la vida que de verdad quería construir.
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Un año exacto después de la primera reunión en el bufete Whitfield & Cole, Ashcombe Falls celebraba de nuevo su Feria de la Cosecha, y esta vez la caseta de Sinclair Cider Company lucía un cartel nuevo, discreto pero visible, anunciando la próxima apertura de una segunda línea de productos bajo el nombre de la propia Bellamy: asesoría legal integrada para pequeños productores de todo el valle, en colaboración directa con Ashworth Capital.
Grant Whitcombe, que había ampliado la posada familiar con seis habitaciones más ante la creciente llegada de turistas atraídos por la fama reciente del pueblo, se acercó a la caseta con dos entradas para la noria, exactamente como el año anterior, aunque esta vez se las ofreció a Sable y a un chico de su clase con quien, según todo el pueblo sabía ya, llevaba semanas coqueteando entre bocetos de arquitectura.
—Este pueblo no cambia nunca del todo —le dijo Odette a Bellamy, apoyada en el mostrador de la caseta con una copa de sidra en la mano, de visita otra vez desde Boston, aunque cada vez con visitas más frecuentes y más largas, coincidiendo, según había empezado a notar toda la familia, con la apertura reciente de una nueva consulta veterinaria junto a la ferretería—.
Y sin embargo, todo en él ha cambiado por completo desde que llegaste hace un año.
—Es lo que tienen los pueblos como este, Odette. Cambian tan despacio que uno solo se da cuenta del todo si se aleja el tiempo suficiente para volver a mirarlos con ojos nuevos.
Odette dio un sorbo a su copa, observando a un hombre alto de aspecto amable —el nuevo veterinario del condado, presente en la feria con un puesto improvisado de revisiones gratuitas para mascotas— con una atención que no le pasó desapercibida a Bellamy.
—¿Ese es el famoso veterinario del que Wren no para de hablar?
—Se llama Weston. Y no, antes de que preguntes, no he hablado con él todavía más de dos frases seguidas.
—Todavía —repitió Bellamy, con una sonrisa cómplice—. Esta familia tiene una habilidad especial para convertir «todavía no» en historias completas, Odette. Ya deberías saberlo a estas alturas.
Odette se rió, sin negar del todo la posibilidad, y ambas volvieron su atención a la caseta, donde Wren ya llamaba a Bellamy para que probara la primera botella oficial de la segunda cosecha de la línea Eleanor.
Wren y Callum anunciaron su compromiso esa misma noche, durante el baile en el granero de los Castellano, con un anillo que Callum había forjado él mismo en la fragua improvisada de su propio taller, y Graham, brindando por ellos con la misma sidra especiada que llevaba sirviendo toda la tarde, tuvo que admitir, entre risas, que ya había perdido la cuenta exacta de cuántas bodas iba a tener que planear en los próximos años.
—A este paso —le dijo a Vivienne, observando a sus seis hijas repartidas por el granero, cada una rodeada de la vida nueva que había empezado a construirse a su alrededor—, vamos a necesitar reservar el granero entero para los próximos diez años.
—A este paso, Graham, vamos a necesitar plantar un huerto entero solo para las bodas.
Bellamy encontró a Ronan al final de la noche, apoyado en la valla que rodeaba el huerto Eleanor ampliado, contemplando las hileras de árboles jóvenes que ya empezaban a mostrar sus primeros brotes bajo la luz de la luna de octubre.
—¿En qué piensas? —le preguntó, apoyándose a su lado.
—En que hace un año, en esta misma época, estaba calculando el retorno de una inversión que pensaba cerrar en tres semanas y olvidar para siempre.
Y en cambio, aquí estoy, plantando manzanos que no darán fruto pleno hasta dentro de una década, comprometido con quedarme para verlo, y sin ningún deseo de estar en ningún otro lugar del mundo.
—¿Alguna vez te arrepentiste, ni siquiera un poco, de haber cambiado de planes?
Ronan la miró entonces con la misma intensidad tranquila con la que la había mirado el día que se conocieron, aunque ahora sin ningún cálculo detrás, sin ninguna reserva.
—Ni un solo día, Bellamy Sinclair-Ashworth.
—Sonrió al ver su expresión de sorpresa ante el apellido que acababa de improvisar—.
Es un adelanto de lo que pienso proponerte formalmente en cuanto encuentre el momento adecuado.
Considérelo, si quiere, la última cláusula pendiente de nuestro trato de otoño.
Bellamy se rió, apoyando la cabeza contra su hombro, y por un momento ninguno de los dos dijo nada más, dejando que el silencio cómodo hiciera todo el trabajo que las palabras, en aquel instante concreto, no necesitaban hacer.
—Para que conste —dijo finalmente Bellamy—, cuando llegue ese momento adecuado, la respuesta ya la sabe. La he sabido desde la noche de la tormenta, aunque tardara semanas en admitírmelo a mí misma, igual que usted.