El trato de otoño (serie de Ashcombe Falls nº 1) 12. La prueba y el primer beso
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12. La prueba y el primer beso

La llamada llegó un martes por la mañana, mientras Ronan y Bellamy revisaban juntos los últimos detalles del plan de expansión del huerto: una de las empresas del portafolio de Ashworth Capital en Chicago, una cadena de panaderías familiares que llevaba dos años reestructurándose bajo su supervisión directa, estaba al borde del colapso tras el fallecimiento repentino de su fundador.

—Tengo que ir —dijo Ronan, colgando el teléfono con una expresión tensa que Bellamy no le había visto desde los primeros días de la negociación—. La familia necesita a alguien que conozca la operación al detalle, y ese soy yo. Podría ser una semana. Podrían ser tres.

Bellamy sintió una opresión familiar en el pecho, el eco de todas las veces que había visto a su padre despedirse de decisiones importantes por miedo a perder algo que ya tenía. Pero no dijo nada de eso. En vez de eso, le ayudó a hacer la maleta.

—Ve —dijo, simplemente—. Esa familia te necesita, igual que la mía te necesitó a ti hace unos meses. Yo voy a estar aquí cuando vuelvas.

—¿Y si tres semanas se convierten en algo más largo? ¿Y si Chicago necesita que me quede más tiempo del que ambos queremos?

—Entonces lo resolveremos entonces, Ronan. No voy a pedirte que elijas entre las personas que dependen de ti en Chicago y lo que tenemos aquí. Eso sería pedirte que dejaras de ser exactamente el hombre del que me enamoré.

Ronan se marchó esa misma tarde, y los primeros días sin él resultaron más difíciles de lo que Bellamy había anticipado: la oficina de la sidrería se sentía extrañamente vacía sin su presencia calculada y silenciosa, y hasta Wren, que normalmente disfrutaba tomándole el pelo a su hermana por su nueva vida romántica, empezó a preguntarle cada noche, con una preocupación genuina, si había tenido noticias.

Las tuvo, cada día, en llamadas breves que se alargaban más de lo que ninguno de los dos planeaba, y en un ramo de flores que llegó a la oficina el cuarto día, sin ninguna nota, aunque Bellamy no necesitó ninguna para saber exactamente de quién venía.

Al décimo día, cuando la crisis en Chicago por fin empezaba a estabilizarse, Ronan la llamó de madrugada, con la voz cansada pero decidida.

—He delegado el resto de la reestructuración en mi equipo de Chicago.

Voy a supervisarla desde aquí, con visitas puntuales cuando sea estrictamente necesario.

No voy a repetir el error de mi padre, Bellamy, que perdió su empresa por confiar en la persona equivocada.

Pero tampoco voy a repetir el error de perderme a mí mismo, y todo lo que de verdad importa, por estar siempre disponible para cualquier crisis ajena.

—¿Estás seguro?

—Nunca he estado más seguro de nada en mi vida, salvo de una cosa que todavía no te he dicho del todo, y que pienso decirte en persona en cuanto aterrice mañana por la tarde.

Bellamy fue a buscarlo al pequeño aeropuerto regional, dos horas de trayecto que le parecieron las más largas de su vida, y cuando por fin lo vio cruzar la puerta de llegadas, con el abrigo arrugado por el viaje y una sonrisa cansada pero genuina, corrió a abrazarlo sin ninguna de las reservas que habría tenido apenas dos meses atrás.

—Bienvenido a casa —le dijo, contra su pecho, y ambos entendieron, sin necesidad de decir nada más, que aquella palabra ya no se refería solo a Ashcombe Falls.

• • •

Wren los recibió esa noche con una cena improvisada que se convirtió, sin que nadie lo planeara, en una celebración familiar completa, con Graham sirviendo la mejor sidra que guardaba «para ocasiones especiales» y Sable insistiendo en enseñarle a Ronan, con fotos en el móvil, los avances del diseño del huerto que había estado desarrollando en su ausencia.

—No sabía que ibas a volver hoy —le dijo Wren a Bellamy, en un aparte en la cocina, mientras servía postre—, pero por la cara que traes desde que llegaste del aeropuerto, sospecho que la respuesta a la pregunta que él mencionó por teléfono ya está decidida de antemano.

—Todavía no me ha preguntado nada oficialmente, Wren.

—Pero vas a decir que sí, sea lo que sea que pregunte.

Bellamy no lo negó, y Wren, satisfecha con aquel silencio elocuente, la abrazó con fuerza antes de volver a la mesa, dejando a su hermana mayor con la certeza tranquila de que, fuera lo que fuera que Ronan tuviera todavía por decirle, ya había tomado su propia decisión mucho antes de que él regresara.

• • •

La noche antes de la firma definitiva, Bellamy encontró a Ronan solo en el huerto viejo, sin abrigo pese al frío que ya anunciaba la primera helada seria del otoño, mirando los árboles con la misma quietud con la que había mirado la calle principal de Ashcombe Falls el primer día, aunque ahora, comprendió Bellamy, no estaba calculando nada. Solo estaba mirando.

—Va a coger frío.

—Estaba pensando —dijo él, sin girarse— en que mañana, cuando firmemos, esto dejará de ser una negociación. Y no tengo ningún protocolo preparado para lo que viene después de una negociación que sale bien.

—Suena raro viniendo de un hombre que siempre tiene un plan para todo.

—Tenía un plan para comprar una sidrería en apuros. No tenía ningún plan para lo que se siente al descubrir que la persona que se supone que debía ser mi rival en esa operación resultó ser la razón por la que ya no quiero marcharme de este pueblo cuando termine.

Bellamy se acercó, sintiendo el frío en la cara y algo mucho más cálido extendiéndose despacio por el resto de su cuerpo.

—¿Y qué se supone que hago yo, entonces, con la abogada que llegó decidida a odiarle y que ahora no encuentra ninguna cláusula legal que le explique por qué piensa en usted antes de dormirse cada noche?

Ronan se giró por fin, y en la penumbra azulada del atardecer, sin la luz artificial de ninguna sala de reuniones entre ambos, su expresión no tenía nada de la contención calculada de las primeras semanas.

—Podría dejar que se lo explicara yo, si me lo permite.

—Adelante.

Se acercó un paso, despacio, dándole tiempo de sobra para apartarse si quería, y Bellamy no se apartó.

Cuando finalmente la besó, no fue el gesto medido de un hombre acostumbrado a calcular cada movimiento, sino algo mucho más torpe y mucho más honesto: una mano que dudó un segundo antes de posarse en su mejilla, un suspiro contenido que se le escapó a él mismo como si llevara semanas reteniéndolo, el calor repentino de su boca contra la de ella, que sabía vagamente a la sidra especiada que habían compartido esa misma tarde y a algo que Bellamy solo podría describir, después, como el sabor exacto del alivio.

Cuando se separaron, Ronan apoyó la frente contra la de ella, y por primera vez desde que se conocían, no dijo nada calculado, ni estratégico, ni cuidadosamente medido.

Solo se quedó así, en silencio, respirando el mismo aire frío del huerto de Eleanor, como si aquel instante concreto fuera el único activo de toda la negociación que de verdad le importaba conservar intacto.

—Esto tampoco estaba en el contrato —murmuró Bellamy finalmente, con la voz un poco temblorosa.

—No. —Ronan sonrió, una sonrisa completa, sin ninguna reserva, que Bellamy sospechó que muy pocas personas en el mundo habían tenido el privilegio de ver—. Esto es, con diferencia, lo mejor que he negociado nunca sin usar una sola cláusula.

—¿Puedo confesarle algo, sin que suene a estrategia legal?

—Adelante.

—Llevo semanas practicando discursos enteros sobre por qué esto sería una idea profesionalmente desastrosa. Mezclar la negociación con los sentimientos, comprometer mi objetividad, un largo etcétera de argumentos perfectamente razonables que mi cerebro de abogada lleva repitiéndome cada noche.

—¿Y qué ha decidido, después de todos esos argumentos?

—Que por primera vez en ocho años de carrera, estoy dispuesta a perder una discusión conmigo misma con mucho gusto.

Ronan volvió a besarla, más despacio esta vez, con la seguridad tranquila de un hombre que ya no necesitaba calcular nada más para saber que aquello, fuera lo que fuera lo que viniera después, merecía cada riesgo que implicaba.

• • •

Caminaron de vuelta hacia la casa mucho después de que la luna hubiera alcanzado su punto más alto, entrelazando los dedos sin ninguna prisa, y Bellamy sintió que, por primera vez en meses, no tenía absolutamente ningún cálculo pendiente, ninguna estrategia que planear para el día siguiente.

—¿Vas a contarle a tu padre lo de esta noche? —preguntó Ronan, deteniéndose un momento junto a la puerta.

—Mi padre ya lo sabe, Ronan. Mi padre lo supo probablemente antes que nosotros dos.

—Entonces supongo que mañana, después de la firma, me toca una conversación bastante más seria con él sobre mis intenciones.

—Ya tuvo esa conversación hace semanas, en realidad. Vivienne me lo contó hace poco.

Ronan se rió, sorprendido genuinamente.

—Esta familia no deja nada al azar, ¿verdad?

—Esta familia se asegura de que quien decide quedarse, se quede sabiendo exactamente en qué se está metiendo. Bienvenido de nuevo, señor Ashworth, a las reglas no escritas de los Sinclair.