Parte 2
Odette llegó a la casa de los Sinclair pasadas las ocho de la noche, después de un trayecto de cuatro horas que había hecho, según sus propias palabras, «a una velocidad que probablemente no sería del todo legal en ningún estado del país», y Wren fue quien le abrió la puerta antes incluso de que llamara al timbre.
—Tú debes de ser la famosa Odette —dijo Wren, estudiándola con la curiosidad abierta que aplicaba a cualquier persona nueva que cruzara el umbral de aquella casa—. Bellamy nos ha hablado de ti durante años, pero nunca te habíamos visto en persona.
—Culpa mía, probablemente. Entre el despacho y la vida en Boston, nunca encontraba el momento. Pero cuando tu hermana me llamó anoche sonando tan abrumada, decidí que ya era hora de conocer en persona a la familia que tanto la ha moldeado.
—Pues bienvenida oficialmente a Ashcombe Falls. Bellamy está en el salón, fingiendo que no lleva media hora esperándote nerviosa.
Odette Marchetti llegó desde Boston esa misma tarde, con una maleta pequeña, dos botellas de vino y la determinación de una mujer que llevaba diez años siendo la mejor amiga de Bellamy y que no pensaba dejarla librar una batalla de esa envergadura sin refuerzos.
—Cuéntamelo todo —dijo, dejándose caer en el sofá del salón de los Sinclair mientras Vivienne servía chocolate caliente a las más pequeñas en la cocina de al lado—.
Y no me refiero al fondo de inversión. Me refiero al hombre que, según Wren, te miró en la feria como si tú fueras la única manzana de todo el huerto.
—Odette.
—Soy tu mejor amiga y socia de despacho, Bell. Es literalmente mi trabajo hacerte preguntas incómodas cuando tú evitas hacértelas a ti misma.
Bellamy se sirvió una copa del vino que Odette había traído —tinto, con cuerpo, nada que ver con la sidra dulce a la que llevaba dos semanas acostumbrándose— y le contó, en el orden más ordenado que pudo, la oferta, la investigación, a Root, a Callum, el baile en el granero de los Castellano.
Odette escuchó sin interrumpir, algo poco habitual en ella, y cuando Bellamy terminó, se quedó mirándola con una sonrisa lenta que no presagiaba nada bueno para la paz mental de su amiga.
—Así que dejaste que un hombre que vino a comprar la empresa de tu familia acabara, en cambio, ayudándote a salvarla de la persona que de verdad la estaba destruyendo, bailaste con él en un granero delante de todo el pueblo, y encima sigues fingiendo que no sabes lo que sientes.
—Ocurrieron cosas, Odette. Solo que no del tipo que tú quieres escuchar todavía.
—Con eso me basta por ahora. —Odette levantó su copa en un brindis pequeño—. Por las adquisiciones hostiles que terminan siendo la mejor decisión de tu vida.
Bellamy se rió, una risa cansada y sincera, la primera en muchos días que no llevaba pegada ninguna estrategia legal detrás.
—Todavía no hemos firmado nada. Y todavía no sabemos si la investigación contra Root va a prosperar, ni si Ronan de verdad va a quedarse cuando esto termine, ni si yo quiero que se quede.
—Sí lo sabes —dijo Odette, con esa certeza tranquila que solo tienen las amigas que llevan una década observando cómo alguien se miente a sí misma con elegancia—. Lo has sabido desde la feria. Lo único que no sabes todavía es si vas a permitirte decirlo en voz alta.
Desde la cocina llegó el sonido de las risas de Briar y Sable, discutiendo sobre qué canción poner en la radio, y por encima de ellas, la voz grave y pausada de Graham hablando con alguien por teléfono —el abogado, probablemente, ultimando los primeros pasos formales contra Desmond Root— y Bellamy pensó que, pasara lo que pasara con la sidrería, aquella casa llena de voces superpuestas era, había sido siempre, la razón real por la que había vuelto.
—Por cierto —añadió Odette, sirviéndose otra copa—, tu hermana Wren no ha dejado de mencionar al hermano del inversor en toda la cena. Cuatro veces, Bell. Las he contado.
—Lo sé. Empiezo a pensar que esta familia tiene una habilidad especial para enamorarse de hombres que llegan a este pueblo con otras intenciones.
—O tal vez —dijo Odette, con una sonrisa que no auguraba nada bueno— este pueblo tenga una habilidad especial para hacer que la gente descubra qué intenciones tenía en realidad, sin que ni siquiera ellos mismos lo supieran al llegar.
Juniper entró en ese momento, buscando un vaso de agua antes de subir a seguir con sus solicitudes universitarias, y se detuvo un segundo al ver a Odette instalada en el sofá como si llevara allí toda la vida.
—¿Tú eres la famosa Odette de Boston? Wren no para de hablar de ti. Dice que eres la persona más capaz de hacer sonrojar a Bellamy que existe en el mundo entero.
—Ese es, básicamente, mi único talento reconocido oficialmente —dijo Odette, levantando su copa en un saludo—. ¿Y tú eres la que está decidiendo entre programas de diseño?
—Portland, sobre todo. Aunque también me han admitido en un programa más pequeño en Vermont que nadie conoce, pero que tiene el mejor departamento de ilustración editorial de toda la región.
—¿Y por qué no vas a ese, si es el mejor?
Juniper se encogió de hombros, con la inseguridad típica de quien todavía no ha aprendido a defender sus propias decisiones frente a nadie.
—Porque nadie ha oído hablar de él, y todo el mundo pregunta por Portland cuando les cuento que voy a estudiar diseño.
—Cariño —dijo Odette, con la autoridad tranquila de quien ha aprendido esa lección por las malas—, elige siempre el sitio correcto, no el sitio que suena mejor en las cenas familiares.
Te lo dice alguien que estudió en la facultad más prestigiosa del país y tardó cinco años en admitir que odiaba cada minuto que pasaba allí.
Bellamy vio, con una satisfacción silenciosa, cómo Juniper se sentaba por fin en el sofá con ellas, escuchando, y pensó que tal vez aquella conversación acabaría siendo tan decisiva para el futuro de su hermana como cualquier cláusula que estuviera redactando ella misma para salvar la sidrería.
—¿Y tú qué? —le preguntó Juniper a Odette, con la curiosidad directa de quien todavía no ha aprendido del todo los límites sociales de una primera conversación—. ¿Nunca te has planteado dejar Boston tú también?
Odette se rió, aunque la pregunta pareció tocar algo más profundo de lo que su risa dejaba entrever.
—Todos los días, cariño. Pero mi vida en Boston tiene una ventaja que la de Bellamy nunca tuvo del todo: no tengo ninguna familia esperándome en ningún pueblo pequeño con una sidrería que salvar.
A veces envidio esto —dijo, señalando con un gesto amplio la casa entera, el ruido de las hermanas en la cocina, el calor de la chimenea—.
Más de lo que Bellamy probablemente imagina.
—Siempre puedes venir de visita más a menudo —dijo Bellamy, con un cariño genuino—. Esta familia tiene sitio de sobra para adoptar a una abogada de Boston más.
—Lo tendré en cuenta. Aunque sospecho que si vengo demasiado seguido, voy a acabar encontrando aquí algo que tampoco esperaba buscar.
Wren, que había estado escuchando la conversación desde la cocina con la excusa de servir más chocolate caliente, no pudo evitar intervenir con su habitual falta de tacto cariñoso.
—Odette, si decides mudarte aquí, te aviso desde ya de que esta familia tiene una tasa de éxito bastante alarmante a la hora de encontrarle pareja a la gente que pasa demasiado tiempo cerca de nosotras. Pregúntale a Bellamy.
—Wren.
—Solo digo lo que todos estamos pensando, hermana.
Odette se rió de nuevo, esta vez con más ganas, y levantó su copa en un brindis improvisado hacia toda la cocina.
—Por las familias que adoptan a desconocidos sin pedirles permiso primero. Que sigan haciéndolo durante muchos años más.
• • •
Encontraron el nombre once días después de la feria, enterrado entre cuatrocientas páginas de actas notariales que ninguno de los dos había querido revisar en persona: Desmond Root, antiguo socio inversor de Graham Sinclair, el hombre que había convencido a su padre de construir la planta de Concord y que, tres meses después de la inauguración, había vendido su participación a un fondo intermediario que resultó pertenecer, en última instancia, a un competidor directo de Sinclair Cider Company radicado en Vermont.
—Su padre no fue negligente —dijo Ronan, con los documentos extendidos entre ambos sobre la mesa de la biblioteca del bufete Whitfield & Cole, la única sala del pueblo con impresora suficiente para tanto papel—.
Fue engañado por alguien que sabía exactamente cómo hacer que la expansión pareciera una oportunidad irrechazable.
Bellamy leyó la última página por tercera vez, como si repetirlo fuera a cambiar el contenido.
—Root era el padrino de mi prima. Vino a mi graduación de la facultad de derecho.
—La gente que sabe hacer daño de verdad no suele parecer peligrosa en las fotos, señorita Sinclair.
Algo en la forma en que lo dijo —la precisión clínica, pero también un dejo de amargura demasiado específico para ser genérico— hizo que Bellamy levantara la vista de los documentos.
—Habla como quien lo sabe por experiencia propia.
Ronan tardó en responder. Se sirvió un vaso de agua que no bebió, gesto que Bellamy ya empezaba a reconocer como su manera de ganar tiempo antes de decir algo que le costaba.
—Mi padre tenía una empresa de transporte en Ohio.
Pequeña, honesta, de las que se pasan de generación en generación.
Un socio con quien llevaba veinte años trabajando le convenció de expandirse, de asumir una deuda que parecía razonable.
Ese socio cobró su comisión y desapareció seis meses antes de que la empresa quebrara.
Yo tenía diecinueve años. Vi a mi padre perder todo lo que había construido por confiar en la persona equivocada.
—Por eso hace lo que hace ahora. Compra empresas en apuros antes de que gente como Root termine de destruirlas.