5. Desmond Root
Desmond Root llegó a Ashcombe Falls un jueves por la tarde, sin avisar, conduciendo un sedán plateado que aparcó directamente frente a la sidrería como si todavía tuviera derecho a hacerlo, y entró en la oficina con la sonrisa cálida y desgastada de un hombre que lleva vendiendo la misma mentira tanto tiempo que ha olvidado que alguna vez fue mentira.
—Graham, viejo amigo —dijo, extendiendo la mano hacia un Graham Sinclair que no se levantó de su silla—. Me han dicho que hay un fondo de inversión rondando la propiedad. He venido en cuanto lo supe. Pensé que podría ayudar a mediar.
—Lo que has venido a hacer —dijo Bellamy, interponiéndose entre ambos con una carpeta bajo el brazo— es averiguar si hemos encontrado ya la tasación del huerto de Eleanor que ordenaste hacer hace tres años sin decírselo a nadie de esta familia.
El rostro de Root se mantuvo sereno, pero algo detrás de sus ojos calculó, durante una fracción de segundo, una salida.
—No sé de qué me hablas, Bellamy. Eras una niña la última vez que hablamos de negocios en serio. Deja los asuntos complicados a los adultos.
—Los adultos —intervino Ronan, apareciendo desde el despacho contiguo con una expresión que Bellamy solo le había visto una vez, en el huerto, cuando pronunció el nombre de Root por primera vez— suelen firmar los documentos con su nombre real, señor Root.
No a través de tres sociedades intermediarias registradas en Delaware.
Root se giró hacia Ronan con la sonrisa todavía puesta, pero ya notablemente más rígida.
—No creo que nos conozcamos.
—Ronan Ashworth. Y le conozco mejor de lo que le gustaría, porque hace seis años usted le hizo a mi padre exactamente lo mismo que le ha hecho al señor Sinclair: le convenció de una expansión imposible, tasó en secreto el activo que de verdad le interesaba, y desapareció justo antes de que la empresa quebrara para comprarla después, a través de un intermediario, por una fracción de su valor.
El silencio que siguió tuvo la densidad exacta de una acusación que nadie en la sala podía todavía demostrar del todo, pero que todos, incluido Root, sabían cierta.
—Esto es una difamación absurda —dijo Root, retrocediendo un paso hacia la puerta—. Graham, tú me conoces. Llevamos veinte años siendo amigos.
Graham Sinclair se levantó, por fin, despacio, con la dignidad cansada de un hombre que acaba de entender una traición que llevaba meses sospechando sin atreverse a nombrarla.
—Veinte años, Desmond. Y en veinte años nunca me habías dado ninguna razón para dudar de ti. Por eso duele el doble.
—Graham...
—Vas a irte de mi propiedad ahora mismo —dijo Graham, con una calma que resultaba más contundente que cualquier grito—. Y si de verdad esa tasación demuestra lo que mi hija y el señor Ashworth sospechan, vas a tener noticias de nuestro abogado antes de que acabe el mes.
Root miró a Bellamy, luego a Ronan, y por fin salió sin decir una palabra más, dejando tras de sí el silencio incómodo de una amistad de veinte años derrumbándose en menos de cinco minutos.
—¿Estás bien, papá? —preguntó Bellamy, acercándose.
—Estoy furioso —dijo Graham—, y estoy avergonzado de no haberlo visto antes. Pero estoy, sobre todo, agradecido de que mi hija tuviera la cabeza fría para investigarlo cuando yo no fui capaz.
Miró entonces a Ronan con una gratitud reticente, la de un hombre orgulloso que reconoce, a su pesar, que un extraño acaba de proteger a su familia mejor de lo que él mismo había sabido hacerlo.
—Y usted, señor Ashworth. Empiezo a entender por qué mi hija lleva dos semanas sin poder hablar de otra cosa.
Bellamy sintió que se le encendían las mejillas, y no fue precisamente por la vergüenza.
• • •
La videollamada con la junta directiva de Ashworth Capital se celebró un martes a las ocho de la mañana, hora de Nueva York, y Ronan la atendió desde la habitación del mirador de la posada Whitcombe, con el valle todavía cubierto de niebla al otro lado de la ventana.
—Llevas doce días en un pueblo de Nueva Inglaterra por una adquisición de tamaño medio, Ronan —dijo Marguerite Vance, la directora financiera del fondo, con la voz seca de quien ha aprendido a no perder el tiempo con cortesías—.
Los inversores empiezan a preguntar si esto sigue siendo una operación rentable o si te has convertido en un turista de las hojas de otoño.
—Es una operación más compleja de lo previsto. Hemos descubierto irregularidades en la gestión anterior de la deuda que podrían cambiar sustancialmente la valoración.
—¿Cambiarla a mejor o a peor?
—A mejor, en última instancia. Pero necesito más tiempo para estructurar una oferta que refleje el verdadero potencial de la empresa, en vez de limitarse a aprovechar su debilidad actual.
Otro de los socios, un hombre mayor de nombre Preston que llevaba veinte años en el fondo y que solía ser el único que se atrevía a cuestionar abiertamente a Ronan, intervino con su habitual media sonrisa escéptica.
—Eso no suena a la estrategia que llevas aplicando seis años, Ronan. Tú compras barato, reestructuras, vendes caro. No sueles preocuparte por el «verdadero potencial» de nada, salvo del que aparece en la última línea del balance.
Ronan tardó un segundo de más en responder, y aquel segundo, en la fría lógica de una videollamada corporativa, resultó más elocuente que cualquier frase que pudiera haber pronunciado.
—Tal vez sea hora de cambiar de estrategia.
—¿O tal vez sea hora de que nos digas qué está pasando de verdad en ese pueblo? —preguntó Marguerite, con una ceja levantada que se adivinaba incluso a través de la pantalla—. Porque llevas doce días de más, Ronan, y en seis años nunca has necesitado doce días de más para nada.
—Lo que está pasando es que he encontrado una empresa que merece ser salvada en vez de simplemente adquirida, y estoy decidiendo cuál es la mejor manera de hacerlo sin traicionar ni a mis inversores ni a la gente que la construyó.
El silencio que siguió en la pantalla dividida duró varios segundos, hasta que Preston, con la misma media sonrisa de antes, soltó una risa corta y genuina.
—Bueno, esto sí que es nuevo. Tienes dos semanas más, Ronan. Después de eso, esta junta va a necesitar algo más que buenas intenciones para justificar el tiempo invertido.
Cuando la llamada terminó, Ronan se quedó un rato mirando la pantalla en negro, pensando que, por primera vez en seis años de carrera, la pregunta que de verdad le importaba responder no era cuánto podía ganar con aquella operación, sino qué estaba dispuesto a perder si no encontraba la manera de hacerlo bien.
• • •
Callum Ashworth llegó a Ashcombe Falls sin previo aviso, dos días después de la confrontación con Root, conduciendo una motocicleta que desentonaba tanto con la imagen pulida de su hermano mayor que Wren, que estaba sirviendo sidra en la caseta cuando lo vio aparcar frente al bufete, tardó un buen rato en creerse que compartían apellido.
—Busco a Ronan Ashworth —dijo el recién llegado, quitándose el casco y revelando una sonrisa torcida que no tenía nada de la contención habitual de su hermano—.
Me han dicho que anda por aquí salvando sidrerías y perdiendo la cabeza por una abogada.
Soy Callum. El hermano pequeño, la vergüenza de la familia, el que decidió montar una empresa de restauración de graneros en vez de gestionar fondos de inversión.
Wren, que llevaba toda la vida siendo la hermana que se reía primero y preguntaba después, no pudo evitar sonreír.
—Wren Sinclair. La hermana que pinta las etiquetas de esta sidrería y que, por lo visto, va a tener que acostumbrarse a que los Ashworth aparezcan en Ashcombe Falls sin avisar.
—Encantado, Wren Sinclair. —Callum miró alrededor, hacia los puestos de la feria que todavía no habían terminado de desmontar, hacia los manzanos que se veían al fondo del valle—.
Este pueblo es exactamente como mi hermano lo describió por teléfono, y eso ya es raro, porque mi hermano nunca describe nada. Suele limitarse a dar cifras.
—¿Y qué cifras dio de nosotras?
—Ninguna, en realidad. Dijo que había una abogada capaz de discutirle un balance sin haberlo leído entero, y lo dijo con una voz que no le había escuchado usar desde que teníamos veinte años.
Así que decidí venir a comprobarlo con mis propios ojos, porque si mi hermano ha encontrado por fin algo que no sabe calcular, quiero verlo de cerca.
Wren se apoyó en el mostrador de la caseta, estudiando a aquel hombre con la curiosidad profesional de quien lleva años observando qué rostros merecen ser pintados y cuáles no.
—¿Y tú restauras graneros?
—Graneros, silos, alguna que otra iglesia rural que nadie más quiere tocar. Prefiero salvar cosas viejas antes que comprarlas nuevas. Es lo único en lo que mi hermano y yo estamos de acuerdo, aunque él lo hace con hojas de cálculo y yo con un martillo.
—Suena a la clase de trabajo del que la gente habla en las ferias de pueblo —dijo Wren, con un interés que no se molestó del todo en disimular.
—Entonces tal vez debería quedarme unos días. Parece que mi hermano necesita compañía mientras decide si de verdad va a comprar esta sidrería o si va a hacer algo mucho más complicado y quedarse en ella.
Wren se rió, una risa clara que atrajo la mirada de un par de vecinos que pasaban por allí, y por primera vez en semanas, sintió la curiosidad extraña y agradable de esperar con ganas la siguiente vez que alguien nuevo cruzara la calle principal de Ashcombe Falls.
Esa misma tarde, Callum encontró a su hermano en la biblioteca del bufete Whitfield & Cole, rodeado de carpetas, y se dejó caer en la silla frente a él sin ninguna ceremonia.
—Así que es cierto —dijo, observando el desorden de documentos—. Has venido a comprar una empresa y has acabado organizando una investigación criminal contra el socio de toda la vida del dueño.
—Las cosas se complicaron.
—Las cosas se complicaron —repitió Callum, con sorna cariñosa—. Ronan, llevo veinte años viéndote reducir cualquier situación a una ecuación resoluble. Nunca te había visto complicarte la vida por una empresa. Ni por nadie, la verdad.
—Esto es distinto.
—Ya lo veo. Y por cómo hablas de la abogada, sospecho que sé exactamente en qué es distinto.
Ronan no lo negó, y aquel silencio, para un hombre que llevaba media vida perfeccionando el arte de no revelar nada, fue la confesión más honesta que su hermano le había escuchado hacer en años.
—¿Y qué piensas hacer al respecto? —preguntó Callum, más serio de repente.
—Todavía no lo sé del todo. Sé que no quiero marcharme de este pueblo cuando la operación termine, y eso, viniendo de mí, ya debería preocuparte más que cualquier balance.
—Me preocupa exactamente lo contrario, hermano. Me preocupa que tardes demasiado en decírselo a ella, calculando cada posible consecuencia, cuando lo único que de verdad importa aquí es que dejes de calcular una vez en la vida.
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Callum tenía razón, y Ronan lo sabía, aunque tardaría todavía varias semanas en admitirlo del todo.
Aquella noche, de vuelta en la posada Whitcombe, se quedó despierto mucho más tiempo del habitual, con el expediente de Sinclair Cider Company abierto sobre la cama y la mente completamente incapaz de concentrarse en ninguna cifra.
Pensó en Root, en la tasación oculta del huerto, en las preguntas que todavía quedaban por responder.
Pero, sobre todo, pensó en Bellamy Sinclair discutiéndole un balance el primer día, en la manera en que se le iluminaba la cara cuando hablaba de su abuela, en la facilidad inesperada con la que había empezado a sentir que aquel pueblo, aquella familia ruidosa y cariñosa, aquella mujer que no le tenía ningún miedo, se estaban convirtiendo en algo que no quería calcular, sino simplemente vivir.
Fuera, las primeras heladas del otoño empezaban a cubrir los tejados de Ashcombe Falls, y en algún lugar de la propiedad Sinclair, un expediente notarial con el nombre de Desmond Root todavía esperaba a ser descubierto entre cuatrocientas páginas de actas, guardando el secreto que terminaría de cambiarlo todo.
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A la mañana siguiente, Bellamy se despertó con un mensaje de Marcus Whitfield esperándola en el teléfono: «Tengo algo que enseñarte antes de la reunión de esta tarde.
Ven al bufete en cuanto puedas». No decía más, pero el tono escueto, tan poco habitual en un hombre que llevaba treinta años redactando cartas con la cortesía excesiva de otra época, le provocó un nudo de inquietud en el estómago que no la abandonó durante todo el trayecto hasta la calle principal.
—¿Qué has encontrado? —preguntó, nada más entrar por la puerta, sin ni siquiera saludar a Doris.
Marcus la condujo hasta la biblioteca del bufete, donde ya la esperaba una pila de documentos que no había visto la última vez.
—Todavía no estoy seguro del todo —admitió—. Pero hay algo en el historial notarial de la expansión de Concord que no me cuadra, Bellamy. Y creo que vas a necesitar la ayuda del señor Ashworth para descifrarlo del todo.
Bellamy se sentó frente a los documentos, sintiendo que el terreno bajo sus pies, que llevaba días creyendo firme, empezaba a moverse de una manera que todavía no podía nombrar del todo, y supo, con la misma certeza con la que sabía leer cualquier contrato, que aquella tarde iba a cambiar el rumbo de toda la negociación.