Capítulo 64
Han pintado y han cambiado la moqueta y han puesto una placa nueva en la puerta, de metacrilato, con el logotipo nuevo debajo del nombre. Han dejado la mesa, las dos sillas, la estantería y la ventana.
En el cajón de la mesa hay dos cosas: un paquete de bolígrafos sin abrir y la copia impresa del certificado, en su caja de plástico. La nota sigue en casa, en la mesilla, en su sobre.
Llevo la pulsera en la muñeca izquierda, debajo del reloj. Tiene doce cuentas y no va a tener más, porque el módulo dejó de contar el veintinueve de junio a las cero horas y diecinueve minutos. Cuando se consolida, deja de contar.
La primera entrevista de garantías del centro de Valdemoro-Norte es hoy a las once y media.
Se hace en la sala dos, que desde el lunes tiene en la puerta un cartel impreso en A4 metido en una funda que dice SALA DE GARANTÍAS 1, pegado con celo encima del cartel antiguo. Han puesto el nuevo sin quitar el viejo, así que si te agachas se lee VINCULACIÓN — SALA 2 por debajo.
Dentro está todo igual. Los dos sillones, la mesa baja, la ventana al patio con el contenedor y las dos moreras que se ven si te asomas.
Bajo a las once y veinte, pongo la jarra y el vaso, y espero.
Míriam Sanchís Ferré tiene treinta y cuatro años y es de Valdemoro, de aquí mismo, del barrio de arriba. Entra con el bolso apretado contra el pecho, con los dos brazos, y se sienta con él así.
No le digo que lo deje.
—Nuria Belmonte. Voy a estar yo con usted hoy.
—Míriam.
—¿Quiere agua?
—¿Puedo?
—Puede pedirla usted también.
Le sirvo medio vaso. Se lo bebe entero y lo deja.
Antes de empezar saco mi bolígrafo y lo pongo encima del contrato, y le digo lo que hay que decirle.
—El mío escribe fatal. Si tiene uno, mejor el suyo.
—No he traído.
—Pues éste. Y avise si salta.
Empiezo por lo fácil, por lo que ya sabe: nombre, fecha de nacimiento, unidad designada, cantidad. Treinta y ocho mil doscientos por el centro de día y la residencia de su madre. Contesta todo bien y contesta rápido, y cuando llega a la cifra mira al patio.
Y entonces me pregunta lo que ha venido a preguntar, y me lo pregunta antes de que yo abra el contrato, que es lo que hace la gente cuando ha estado dos semanas ensayándolo.
—Oiga. ¿Es verdad lo que salió en el periódico?
Dejo el contrato boca abajo.
—Sí.
Se le mueve algo en la cara. No se esperaba un sí.
—Es verdad y le voy a decir exactamente qué es verdad —digo—.
Entre 2033 y 2036 esta empresa consiguió firmas de prórroga de mujeres que estaban recuperando la conciencia y que no estaban en condiciones de leer lo que firmaban.
Eso está probado con documentación de la casa.
Hay un juzgado, hay una persona investigada, hay una comisión en el Congreso en octubre y hay una auditoría externa de tres años de expedientes.
—Madre mía.
—Y hay otra cosa, y es que esto ya no lo dirige la empresa. Desde el catorce de agosto lo dirige un administrador del Ministerio. Yo dependo de él y no dependo del grupo, y este puesto en el que estoy sentada existe desde hace cinco días y existe por esto.
Míriam se queda mirando la jarra.
—¿Y entonces por qué sigue abierto?
—Porque nueve mil ciento ochenta personas en España están en tratamiento con lo que sale de aquí y no hay de dónde sacarlo si esto para. Eso también es verdad y también se lo digo.
—Ya.
—Y ahora le voy a explicar qué ha cambiado, porque han cambiado tres cosas y a usted le afectan las tres.
Se lo explico entero.
Le explico la entrevista de garantías, que es esto, que la hace la dirección de garantías y no vinculación y que no la hace nadie que cobre por la firma.
Le explico que a la prórroga de dentro de dieciocho meses ya no se le llama continuidad y que ahora exige una valoración de capacidad hecha por un facultativo que no es de la casa, con acta, y que no se puede hacer antes del día quince desde la reducción de sedación.
Le explico que si un día quiere echarse atrás dentro del plazo, llama al teléfono que le voy a dar y que la persona que la atienda está obligada a leerle en voz alta lo que va a escribir en el sistema, y que usted tiene que decir que sí, y que la lectura y su respuesta quedan grabadas, y que si alguien clasifica su llamada como consulta estando usted dentro del plazo, salta una alerta a cumplimiento el mismo día.
—¿Eso es nuevo?
—Del veintiuno de agosto.
—¿Y antes qué había?
—Antes lo elegía la persona que cogía el teléfono.
Míriam asiente despacio y se coloca el bolso, que sigue teniendo contra el pecho, y por primera vez en veinte minutos afloja los brazos y lo deja en las rodillas.
—Vale —dice—. Entonces léame eso.
Le leo las siete páginas y se las leo despacio.
En la cuatro se para y me pregunta si el dinero le llega a su hermano el día uno aunque el uno caiga en domingo, y le digo que el lunes, y que eso es así y que no se lo van a cambiar.
En la seis levanta la cabeza.
—¿Y si cambio de opinión?
Y le contesto lo que hay que contestarle. Le doy el número, la ventana de setenta y dos horas, el nombre del procedimiento, la doble confirmación, la alerta, y le digo que se lo apunte y que se lo apunte ella, con el bolígrafo, en la primera página, arriba, donde no se pierde.
Lo apunta.
Firma la séptima a las doce y veintiséis. Marco la casilla de dudas resueltas, la de lectura íntegra y la tercera, que es nueva y que se llama garantías informadas.
Bajamos por el pasillo de la izquierda.
Le voy contando lo de los últimos diez minutos, lo de la vía en el dorso de la mano, lo del frío subiendo por el brazo, lo del sabor a metal y lo de que le van a entrar unas ganas enormes de hablar y que hable.
—¿Y ya está?
—Y lo último es que le da la risa.
—Anda ya.
—Es la fase de desinhibición. No se acuerda nadie.
Se ríe.
En la puerta le doy la carpeta a Quique y me quedo con ella los dos pasos que faltan.
Míriam me busca la mano y se la cojo.
—No va a doler.
Y lo digo de verdad.