42. Ascenso
Ascenso
El Espíritu de la Ley extendió un brazo enorme formado por documentos que giraban en torbellino, agarró al Titán por el hombro y lo desequilibró.
Adamastor rugió en respuesta. No era el mejor conversador.
Un rayo alcanzó al Espíritu y prendió fuego a varios pergaminos. Sin embargo, más y más papeles fueron remendando sus heridas, cubriendo quemaduras y agujeros con un flujo interminable de burocracia.
—Tiene derecho a un abogado. Si no puede permitirse uno, se le asignará de oficio.
El Espíritu respondió a la tempestad asestando un tremendo gancho a la eléctrica mandíbula barbuda de Adamastor.
El Titán se tambaleó hacia atrás y plantó un pie en la bahía.
Vi caer al mar la monstruosidad de carne de Candace cuando retrocedió.
Al menos, lo que quedaba de ella. La onda expansiva levantó una ola gigantesca que golpeó la ciudad e inundó sus calles, ya medio derruidas y aplastadas.
Bajé la vista hacia mis pies mientras un río de agua salada bajaba a toda velocidad por la calle del Consejo y me cubría hasta los tobillos. Unos cuantos peces, algunos aún vivos y nadando pese a la catástrofe, se dejaban arrastrar por la corriente.
Pranish sonreía como un niño que estuviera viendo sus dibujos animados favoritos del sábado por la mañana. Parecía una pelea de superhéroes. Y algo que también se parecía mucho a una pelea de superhéroes eran los destrozos que causaban aquellos dos titanes mientras combatían.
Adamastor respondió al ataque del Espíritu lanzando un enorme puño fundido contra el avatar de los trámites burocráticos. Una borrasca de papeles resplandecientes lo atrapó. El Titán forcejeó mientras yo notaba cómo la suficiencia de Pranish se volvía casi palpable.
Y entonces los papeles se rasgaron. Adamastor atravesó los papeles como si fueran, bueno, papel. Tiró de uno de los brazos del Espíritu y lo arrancó del globo ocular, dejando que los documentos se dispersaran al viento.
Sin pestañear, el Espíritu agarró a Adamastor por la garganta y acercó su cabeza al ojo.
—Obedezca, ciudadano. O será destruido.
Adamastor solo pudo soltar otro rugido de frustración que hizo temblar la tierra.
Cualquier atisbo de razón o inteligencia que el Titán hubiera poseído antaño se había convertido en polvo hacía mucho tiempo.
Ahora no era más que una fuerza de la naturaleza.
El heraldo de las tormentas y los terremotos.
—Esto no acabará con él —dijo Candace mientras los titanes se agarraban y forcejeaban por imponerse—. Solo conseguirá enfurecerlo aún más.
Se volvió hacia nosotros.
—Solo hay una forma de detenerlo. Debemos construir una nueva Ciudadela. Y sumirlo en el sueño.
La sonrisa satisfecha de Pranish desapareció, sustituida por un gesto ceñudo.
—¿Y cómo pretendes que hagamos eso? —gruñó—. Hicieron falta más de cien magos del Titán para construir la primera. La mitad murió.
—Yo valgo por mil magos. Lo sabes.
Pranish intentó amedrentar a Candace con la mirada, pero, pese a que solo le quedaba un ojo, ella ganó. Él negó con la cabeza.
—¡Está bien! ¿Qué tenemos que hacer?
Candace señaló la cabeza del Titán.
—Tengo que llegar hasta su cabeza. Allí está la antigua Ciudadela. Una aguja rota clavada en su cerebro, destinada a servir de foco para la magia del sueño.
Escudriñé los cielos oscuros y turbulentos.
Incluso desde el suelo distinguía toda clase de monstruosidades aladas dando vueltas alrededor del Titán.
¿Tal vez creían estar a salvo de los Serafines tan cerca de él?
O quizá El Mentor las había convocado para proteger la única forma de abatir a Adamastor…
—Entonces, ¿escalamos? —preguntó Brett.
—¿Escalar el Titán? —exclamó Pranish—. Mide como mil millones de kilómetros.
Pranish solía ser el tranquilo. Aunque no podía reprocharle que perdiera los nervios en aquellas circunstancias.
—Yo podría subir volando —dije—. Pero no puedo luchar contra esos demonios mientras te llevo, Candace.
—¡Y yo no pienso dejar que subas ahí sin apoyo! —replicó Brett.
—Brett… estás herido. Has llegado por los pelos.
—Aun así… —Me miró a los ojos, con el labio tembloroso. No se le ocurrió nada más que decir.
Volví a alzar la vista hacia el Titán. El Espíritu de la Ley había perdido otra extremidad. Se estaba desmoronando. Nuestro señuelo perdía relevancia poco a poco. Y, después, quizá Adamastor se volviera demasiado inquieto como para intentar siquiera escalarlo.
—Kat… tenemos que intentarlo… —suplicó Candace al colocarse a mi lado y posar su mano sobre la mía.
La miré a los ojos. La negrura provocada por la conmoción de su magia oscura se había desvanecido. Pero los oscuros regueros de sangre bajo sus ojos seguían allí. Solo que ahora estaban secos.
La miré al ojo que ya no estaba ennegrecido. Color avellana. Sus ojos me habían impresionado la primera vez que nos vimos en persona. Por aquel entonces la odiaba. Creía que era un monstruo. Y quizá lo fuera. Por todo lo que había hecho, por todo lo que seguía haciendo.
Pero ahora la amaba.
Le apreté la mano. Con fuerza. Ya no teníamos un vínculo de alma que nos permitiera leernos el pensamiento. Pero sentí algo entre nosotras. Algo real.
Volví a mirar hacia el cielo y vi unas alas blancas que descendían hacia nosotros.
Un caballo relinchó cuando un corcel blanco provisto de emplumadas alas blancas aterrizó frente a nosotros. A lomos del animal cabalgaba una mujer con un antiguo casco corintio sobre la cabeza, alzado para dejar su rostro al descubierto.
Y yo conocía aquel rostro.
—¡Athena! —exclamé. Y esta vez no estaba soltando un taco. ¡Estaba allí, en carne y hueso, y montaba un Pegaso de verdad, vivo y respirando!
Athena asintió, con una expresión triste pero decidida.
—Kat, yo… lo siento. Por todo.
Ella había sido en parte responsable de que conociera a Thor y me viera envuelta en su plan para conquistar Europa. Pero tenía que creer que también la habían engañado.
Nada de aquello importaba ya.
—Te perdono por todo —dije, sintiendo un profundo alivio mientras me acercaba a la diosa griega. Pegaso se volvió hacia mí y luego acarició a Candace con el hocico.
Sorprendida, Candace se apartó un poco y después aceptó con una sonrisa las muestras de afecto del caballo.
—¿Necesitáis llegar a lo alto del Titán? —preguntó Athena.
Asentí.
Ella me devolvió el gesto, con el rostro severo.
—Atacar la cabeza siempre es una estrategia de eficacia probada. Quizá incluso un titán caiga si lo apuñalas en el ojo.
—Tenemos un plan mucho más fiable, diosa —replicó Candace, apartándose de las caricias de Pegaso, de nuevo con expresión seria.
—Entonces yo te llevaré, maga.
—¡Y a mí! —insistió Brett mientras daba un paso al frente y hacía una mueca por el dolor que aún sentía.
—Brett… —empecé, pero su expresión me detuvo.
No era ira. Ni desafío. Sino una tristeza profunda y desesperada.
—Kat… lo único que sé hacer es intentar protegerte. Ha habido demasiadas ocasiones en las que no he podido. Por favor, no permitas que esta sea otra de ellas.
Me mordí el labio, deseando discutir. Pero tenía razón. ¡Grietas!
Athena no puso ninguna objeción cuando Candace y Brett montaron en Pegaso.
Me volví hacia Pranish.
—¿Estarás bien? —pregunté.
—Voy a buscar a Trudie —dijo—. Me necesitará ahí fuera. Todos me necesitarán.
Se volvió para marcharse.
—¡Archimago! —lo llamó Candace de pronto.
Pranish se detuvo.
Candace vaciló y luego gritó:
—Puedes reducir los tiempos de lanzamiento de tus escudos sustituyendo la dilatación sintari por una distorsión fonética de Primordial procedente de Eternium.
A mí no me dijo absolutamente nada, pero algo brilló en los ojos de Pranish. Lo había entendido. Sonrió con tristeza y nos despidió con la mano.
Pegaso tomó carrerilla antes de saltar por los aires y ascender en espiral. Yo subí como un cohete y mis alas llameantes brotaron de mi espalda con furia. Volé junto a Pegaso, observando a Brett. Estaba pálido. No se encontraba en condiciones de luchar.
Pero no podía detenerlo. Apoyaba el Perforador del Cielo contra el hombro. Listo para luchar. Como siempre.
Sobre nosotros, el Espíritu de la Ley rodeó el pecho del Titán con las piernas. El Titán trató desesperadamente de quitárselo de encima.
Alrededor de aquel combate titánico, las monstruosidades nos aguardaban. Tenía que luchar contra todas. Apreté los dientes. Lucharía contra todas.
Una columna de sombra sólida apareció a nuestro lado, manteniéndose a nuestra altura incluso mientras ascendíamos. Una vampiresa con un vestido rojo viajaba sobre ella como si fuera un ascensor.
—¡Victoria! —exclamé.
Me dedicó una sonrisa de colmillos. Tenía las facciones demacradas. El vestido se ceñía a un cuerpo esquelético. No parecía estar sana. Pero su sonrisa daba a entender que se lo estaba pasando en grande.
Se unieron a ella vampiros con alas cubiertas de pelo o semejantes a las de los murciélagos. Vestían los siempre impecables trajes de negocios y de gala del Sindicato Sanguineas.
—Me alegro de que haya tormenta —gritó Victoria por encima del bramido del viento—. ¡De lo contrario, habríamos tenido que esperar hasta el anochecer!
¡Jamás pensé que me alegraría tanto de ver a una vampiresa!
La sonrisa de Victoria se ensanchó.
—Hagamos de esta una batalla digna de recordar, Kat Drummond.
Los vampiros se lanzaron hacia delante y se enfrentaron en el aire a los demonios y las monstruosidades aladas.
Victoria embistió contra un par de demonios, los agarró por la garganta y les aplastó la tráquea al instante. Por lo general, hacía falta un purificador para desterrar a un demonio. Pero destruir su forma física también servía si uno era lo bastante poderoso.
Las sombras de Victoria arremetieron y lanzaron zarcillos que arrancaron a más monstruos del cielo. Sus vampiros la siguieron, abalanzándose sobre sus enemigos, arrancándoles la garganta a mordiscos y acuchillándolos con espadas y machetes.
Brett disparó el Perforador del Cielo y derribó criaturas mientras ascendíamos más y más. Candace liberó su magia oscura e inundó el aire de una fuerza maligna.