El Titán Despierta (Serie Kat Drummond 18) 37. Ciudadela #3
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37. Ciudadela #3

Stephen palideció cuando todos nos volvimos hacia él. Charlotte retrocedió un paso de forma involuntaria antes de echar a correr hacia la Ciudadela. Gritó.

El mundo empezó a temblar.

No podía ser...

El Mentor se echó a reír y su voz nauseabunda resonó por doquier.

—Podría haber salvado este mundo, Kat Drummond. En cambio, lo ha condenado. Que haya, pues, terremotos, tormentas y fuego. Que purifiquen este mundo para que llegue a ser digno de mi protección.

Abrió una grieta cuando las sacudidas se convirtieron en un terremoto. Empezaron a formarse fisuras en las rocas.

—Ya no la necesito, Kat Drummond. Creo que nunca la necesité.

Desapareció.

Solté Ithalen, que cayó sobre la superficie vibrante. Trudie se había transformado por completo en loba mientras los demás intentaban mantener el equilibrio.

Stephen...

Había sido un títere desde el principio. ¡Lo mataría!

Me volví hacia el Meister, pero ya había desaparecido.

—¡Kat! —gritó Brett mientras los temblores se volvían más ruidosos, más violentos, y las grietas se ensanchaban cada vez más.

—Esto no puede estar pasando... —exclamó Cindy, auténticamente aterrada.

Pero estaba pasando.

Las grietas serpentearon por la roca, acercándose más y más a nosotros. La incredulidad me dejó paralizada mientras contemplábamos cómo empezaba a acabarse el mundo.

Y entonces un puño atravesó la roca y se elevó por encima de las nubes.

—¡Corred! —gritó alguien, y no nos lo pensamos dos veces.

Corrimos hacia la estación del teleférico, pero, al llegar, la estructura se derrumbó y se precipitó por el acantilado. Las rocas se desplazaron y empezamos a elevarnos.

El Titán... Adamastor estaba despertando.

Nos dimos la vuelta y corrimos por la meseta en busca de una forma de bajar. Se abrieron fisuras en la roca que devoraron el fynbos. Vi cómo los puntitos de la estación principal del teleférico eran engullidos por socavones. La propia estación se desmoronó hasta quedar reducida a polvo.

La Ciudadela empezó a elevarse y, debajo de ella, un par de ojos nos observaban mientras corríamos para salvar la vida. Sentí la tormenta que había en ellos. Y una furia ancestral que no conocía razón ni descanso.

Aquel era el final. De verdad.

Trudie avanzaba a grandes zancadas, arrastrando a Pranish como si fuera un muñeco de trapo, mientras los demás seguíamos corriendo y acelerábamos cuando Adamastor empezó a ponerse en pie, convirtiendo nuestro camino en una pendiente. Cada vez más pronunciada.

Yo podía volar. Podía escapar. Podía sobrevivir.

Pero entonces morirían todos aquellos a quienes amaba. Podía salvar a Brett. Podía salvar a Candace.

Pero solo a uno. Y no era capaz de tomar esa decisión.

El fuego brotó de la tierra y nos chamuscó la ropa. Estallaron tormentas, y los rayos cayeron sobre nuestro camino mientras este se volvía cada vez más empinado. Hasta que empezamos a caer.

No podía salvarlos a todos. No podía salvarme a mí misma.

Hope City estaba condenada.

Cerré el ojo descubierto.

***

La cacofonía del fin del mundo cesó y fue sustituida por el sonido, mucho más familiar, de los disparos y la artillería. El aire sofocante había vuelto a tornarse frío y empezaba a llover.

Abrí los ojos y descubrí que todos mis amigos y yo estábamos de pie sobre otro precipicio, muy lejos de allí.

Un hombre vestido con elegancia, provisto de un par de cuernos y alas semejantes a las de un murciélago, flotaba más allá del borde del acantilado. Tenía las manos en los bolsillos y una sonrisa traviesa en el rostro.

¡El Archidemonio! Dioses, nunca había imaginado que me alegraría de volver a verlo.

A su espalda, Table Mountain había quedado partida en dos.

La tumba del Titán se había abierto y el Titán se alzaba sobre mi ciudad, con la cabeza casi perdida entre las nubes.

Su carne era de roca fundida y granito gris.

Su barba ondulante estaba hecha de nubes de tormenta.

E incluso desde allí oíamos su rugido. Las tempestades azotaban la ciudad y derribaban edificios, tanques, soldados y civiles.

El mundo tembló cuando se volvió y dio un paso devastador hacia Ciudad Vieja.

—La verdadera batalla ha comenzado, Cruzados —dijo el Archidemonio, divertido por el título—. Estoy deseando ver cómo se desarrolla.

A lo lejos se abrieron grietas alrededor del Titán. El Mentor no se conformaba con dejar que Adamastor acaparara toda la diversión. De una grieta emergió una figura gigantesca. Una criatura con tres pares de alas demoníacas. Desapareció en la ciudad.

El Archidemonio miró a Cindy y a Conrad, que habían palidecido al contemplarla.

—Uno de mis hermanos ha hecho su entrada, invitado por Senor White. Será mejor que echéis un vistazo.

Dicho eso, desapareció.

La novedad del breve regreso del Archidemonio se desvaneció de inmediato mientras contemplábamos nuestra ciudad en un silencio tenso.

En el fondo de nuestras entrañas, todos habíamos estado esperando que llegara aquel día, aunque nos hubiéramos repetido que no era posible. Que nunca llegaría. Que el Titán permanecería dormido para siempre.

Pero había llegado.

El Titán estaba despierto. Y Hope City estaba condenada.