El Titán Despierta (Serie Kat Drummond 18) 25. Necroseñor
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25. Necroseñor

Necroseñor

***NECROSEÑOR***

Vagaba por las calles como un espectro vengativo mientras el mundo se derrumbaba a mi alrededor. Mi antiguo dominio era un polvorín que estallaba en aquel preciso instante con todo el vigor, la lujuria, el miedo y la codicia de una tierra sumida en una oscuridad tanto mágica como mundana.

La guerra en los cielos no significaba nada para quienes vivían en el infierno de abajo.

Los aviones surcaban el cielo, abrasando la tierra con fuego y metal.

Cuando aquellas aves de acero y muerte sucumbían, se precipitaban contra el suelo y abrían grietas de chatarra y hormigón en llamas.

Pocos llegaban a entrar en la propia Hope City.

Los combates aéreos entre aquellos lobos voladores que ladraban en el cielo tenían lugar justo sobre nuestras cabezas.

Las cabezas de los olvidados. Los despreciados.

Aquellos a quienes habían tachado de insalvables e irrecuperables.

Hope City abandonó los suburbios. Así que me apoderé de ellos.

Las bandas y yo. Bandas que se remontaban a medio siglo antes de que el Cataclismo fuese siquiera una idea habían labrado sus propios reinos, allí donde el Consejo y los mejores agentes de Hope City no se atrevían a poner un pie.

Las necropandillas, los cárteles de vampiros, los invocadores de demonios y los hechiceros callejeros los sustituyeron, o los elevaron a posiciones de poder recién adquirido.

Con el sufrimiento causado por la extrema pobreza y la violencia, las lineas wey ni siquiera necesitaban magia negra para oscurecerse. Lo hacían por sí solas. Y atraían a gente como yo.

Y, aun así, el Consejo no podía hacer nada. Aunque todos sus villanos se criaban en los poblados de chabolas y los bloques de viviendas. El Consejo ni siquiera lo intentaba.

Y ahora había llegado la guerra. Y, como siempre, los suburbios serían los primeros en sufrir.

Era lógico que su reina hubiera regresado.

Avancé sin que nadie reparase en mí por unas calles que llevaban décadas sin ser asfaltadas. Estaban cubiertas de grietas, baches y cráteres. Un proyectil de artillería impactó contra el suelo más adelante y levantó una nube de metralla, bruma rosada y ceniza.

La gente intentaba huir por donde yo había venido. Se apartaban mucho de mí, pues percibían el aura que me rodeaba. Podía verlo en sus ojos. Lo había visto en los de Kat y Cindy. Hasta Treth me miraba como si estuviese viendo a un demonio.

Bueno, quizá tuviera razón. Metafóricamente. Yo no era un demonio.

Los demonios no eran malvados. Simplemente existían.

Yo había elegido aquello.

Y ahora iba a terminarlo.

Pese a los proyectiles que volaban sobre sus cabezas, que se estrellaban contra viejos bloques de viviendas en ruinas, arrasaban chabolas y masacraban a cualquier desdichado que se encontrase en su trayectoria, muchos no huían.

Por cada familia que escapaba entre gritos, cargada con una mínima parte de sus pertenencias o artículos de primera necesidad mientras corría en busca de refugio, había una docena de oportunistas que rompían escaparates, asaltaban chabolas y manoseaban a quienes solo intentaban salvar la vida.

La guerra puede sacar lo mejor y lo peor de una persona. Y en los suburbios abundaban ambas cosas.

Seguí avanzando casi por inercia. Conocía el camino de vuelta.

Lo llevaba grabado a fuego en el alma. El lugar donde los vampiros habían terminado por sepultar a mis padres bajo el fuego y los escombros.

El lugar donde El Mentor me había abandonado para entregarse a las mezquinas conspiraciones del Cónclave. El lugar donde Kat me había salvado...

No sabía qué haría allí. Pero sí sabía una cosa. Ya no era Candace Evergreen. Al menos, no del todo. No la Candace que conocía Treth. No la que conocía Kat.

Era algo más. O menos. O algo distinto.

Y sabía que debía volver allí. Estar aquí. Porque, aunque la Necroseñor hubiera perecido, aquella tierra seguía siendo suya. Seguía siendo mía. Y la muerte no suponía ningún obstáculo para mí.

—¿Adónde vas, niñita?

Me detuve. Y me volví para enfrentarme al insolente que se había atrevido a hablarme así.

Un matón con el rostro cubierto de cicatrices de acné y sin dientes delanteros sonrió con una mueca enfermiza, demasiado repugnante incluso para la oscuridad. Al menos, para la oscuridad que había en mí.

Empuñaba un cuchillo Bowie cubierto de sangre. Ya había estado ocupado. La invasión apenas llevaba una o dos horas en marcha y él ya había encontrado víctimas.

—Está solita —dijo otro matón, que apareció a mi espalda mientras se relamía. Llevaba una camiseta interior blanca y sucia que dejaba al descubierto los brazos. Los tenía cubiertos de tatuajes. Una calavera con una serpiente que se deslizaba por su boca y sus cuencas oculares.

Reconocí aquella bandera . Aquel símbolo de las bandas.

Lo que significaba que me pertenecían.

Vi a otro joven con los matones. Sujetaba un bate de críquet al que habían clavado varios clavos. No tenía sangre. Eso significaba que era demasiado cobarde para derramarla o que aquello era su iniciación.

—Ahora le toca a Mik, jefe —dijo el matón que estaba detrás de mí, señalando al joven del bate de críquet. Así que debía de ser su iniciación. Algo con lo que jamás habíamos perdido el tiempo cuando yo estaba al mando. Cómo había decaído mi dominio.

Chasqueé la lengua.

El matón que estaba a mi espalda dio un paso hacia mí, furioso.

—¿Qué coño me has dicho?

—Creo que le gustas, ouen . Dale un beso.

Cuatro dedos salieron volando cuando la mano del matón se acercó a mí, dejando a su paso una estela roja.

Yo sostenía la Necroespada, de un negro reluciente y aún rezumando sombras.

Antes de que el hombre al que había cortado pudiera siquiera gritar, recité una sencilla combinación de un poco de Grafscripp y muchas palabras de la maldición de corrupción.

El cabecilla dio un paso adelante y se abalanzó sobre mí con el cuchillo mientras gritaba obscenidades.

Qué lástima para él que no supiera mantener la boca cerrada.

Un gas tóxico le entró por las fosas nasales y descendió hasta la garganta.

Soltó el cuchillo y se agarró el cuello.

La sangre empezó a brotarle de la boca, las orejas y la nariz.

Los ojos se le hincharon y después estallaron, derramando aún más sangre sobre el asfalto.

El matón que había perdido los dedos cayó de culo. Intentó alejarse a rastras. Me acerqué a él. El olor a orina se mezcló con el de la sangre, el fuego y el caucho quemado.

—¡Estábamos de broma, tío! —sollozó—. Solo era una broma. Íbamos a dejarte marchar.

—¿Igual que dejasteis marchar a los demás?

Mi voz vibraba con una intensidad oscura, como si una entidad tenebrosa repitiese mis palabras.

—¡Por favor! ¡ Asseblief ! Déjame marchar. Lo siento. No lo sabía. Yo no...

Le hundí la Necroespada en el corazón. No merecía las lineas wey. Extraje la hoja de su pecho y me volví hacia el tercer matón.

Seguía inmóvil, paralizado. Palidecía a toda velocidad. También él contribuía al hedor a orina.

Di un paso hacia él y se volvió para huir.

Los arcanos oscuros y la sombramancia brotaron de mis labios. Un humo negro atrapó al joven y lo estampó contra la pared de ladrillo agrietada de una tienda de la esquina.

Oí un crujido. Hizo una mueca de dolor bajo el peso de la manifestación de sombras que le oprimía el pecho. Si pronunciaba una sola palabra, lo aplastaría como a un insecto.

—Yo no... he hecho nada —jadeó cuando me planté ante él, observándolo como si ya fuese un cadáver sobre mi mesa.

—Pero estabas a punto de hacerlo... —lo acusé con voz gélida.

—Yo... iba a rajarme. No iba a... uf... hacerlo.

Incliné la cabeza mientras lo miraba. Los dos matones a los que ya había matado no bastaban. Quería más. Pero él podía serme útil.

—Tu jefe... —exigió mi voz impregnada de oscuridad—. Llévame con él.

Asintió con entusiasmo. Sin vacilar.

Dejé que la manifestación de sombras se dispersara. No temía que aquel hombre me tendiera una emboscada. Ya lo había quebrado. No había sido difícil.

Cayó al suelo, boqueando y agarrándose el pecho. Me quedé de pie sobre él, con la Necroespada en la mano, y lo miré con ojos fríos e impasibles.

—Llévame con tu jefe —repetí.

Alzó la vista, sorprendido de que yo siguiera allí. De que existiera siquiera. Pero asintió y me condujo calle abajo.

El saqueo continuaba con fervor por toda aquella calle devastada por la guerra. Apostaría a que seguiría habiendo saqueadores hasta instantes antes de que los tanques Impi atravesaran los escombros.

El joven al que había reclamado de nuevo como súbdito mío no me miraba. Caminaba encorvado, ocultando su vergüenza y su miedo, o quizá intentando mantenerse agachado para evitar la metralla.

Resonó un disparo. Una pistola. Eso lo sabía por mi estancia en Europa. Lo cual significaba que era poco probable que se tratase de los Impi.

Mis sospechas se confirmaron cuando doblamos una esquina y llegamos por detrás de un grupo de matones que llevaban en los brazos las mismas banderas que los anteriores.

El líder sostenía una pistola humeante apuntada hacia el cielo.

Ante la puerta de cristal destrozada de una tienda había un anciano que aferraba una escoba.

—Ese ha sido tu primer y último disparo de advertencia, oupa . Apártate.

El anciano negó con la cabeza, aterrorizado pero desesperado.

—¡Esto es todo lo que tengo, Charlie! Te daba latas de Coca-Cola recién sacadas de la nevera cuando solo eras un niño.

—Y ahora me darás la nevera. Y todo lo demás —respondió Charlie. No podía verle los ojos, pero los recordaba. De un azul claro e intenso. Fríos como el hielo.

Algunos de los matones de Charlie se abalanzaron sobre el anciano. Él intentó golpearlos con la escoba, pero eran demasiado rápidos. Demasiado fuertes. Agarraron la escoba y tiraron al hombre al suelo. Y no dejaron de reír en ningún momento.

—Es el fin del mundo, ou man —explicó Charlie, rompiendo un poco su actitud glacial con una risita—. No tiene sentido que te aferres a jou dinge .