23. Tratado
Tratado
El mundo se quedó inmóvil. Las luces azules y rojas de la policía siguieron parpadeando incluso después de que las sirenas enmudecieran.
Los policías se quedaron mirando. Atónitos. No podía culparlos. Yo sentía lo mismo.
Tenía el mismo aspecto que la última vez que lo había visto, en el Sexto Convento.
Su revuelto abrigo negro aún estaba manchado de tierra.
Era como si solo hubieran transcurrido unos instantes desde que Treth lo había derribado de un empujón.
Pero ya no tenía aquella mirada aterrada.
Volvía a parecer seguro de sí mismo. Casi arrogante.
No me gustaba verlo así. No me gustaba verlo en absoluto. Pero ahora sabía que había sido una necedad esperar que aguardase hasta el final de aquella guerra para volver a enfrentarse a mí.
—¿Ni siquiera un abrazo? —preguntó, ensanchando la sonrisa—. ¿Ni siquiera un cómo estás ?
No respondí. Concentré toda mi energía en fulminarlo con la mirada.
Sin embargo, no cargué contra él ni hice ademán de atacarlo.
Algo me decía que no era el momento ni el lugar.
Podía entrar y salir de la existencia caminando por el vacío.
Podía abrir grietas a otros reinos para soltar engendros de los salones sobre la ciudad. Y lo haría.
Pero, de momento, quería hablar. Así que lo dejé.
Chasqueó la lengua y negó con la cabeza, dejando caer los brazos a los costados como si lamentara la rabieta de una niña pequeña.
—Tenemos una historia en común, Kat. Creía que eso significaría algo.
Treth, Ariel, Arden, Hammond y muchos de los Espíritus del Recipiente más beligerantes se manifestaron a mi lado. Furiosos.
El Mentor levantó las manos en un gesto conciliador. Vi en sus ojos que no solo veía a Treth. Los veía a todos.
—No he venido a luchar. Lo sabes. De lo contrario, ya habrías intentado neciamente atravesarme con esa espada del vacío tuya.
No, tú entiendes este pequeño baile nuestro.
Yo hablo, tú escuchas. Yo conspiro, tú rumias.
Pese a todo lo que hemos vivido, es una rutina cómoda a la que he acabado tomando bastante cariño.
Suspiró.
—Por desgracia, todo lo bueno debe llegar a su fin.
—¿Qué quieres? —grité al fin, con los dedos ansiando aferrar la empuñadura de una espada o apretar un gatillo. Pero no serviría de nada. Pese a todo, aún no estaba preparada para enfrentarme a él. Todavía no. Ahora no.
—¡Sabes lo que quiero! —espetó, con una voz que de pronto era gélida y ardiente a la vez—. Que cumplas con tu cometido. Que seas la protectora contra el apocalipsis. Pero sé que jamás entrarás en razón. Así que busco ponerle fin a todo esto.
Miró hacia el este, hacia el sol naciente.
—Sé que tienes mucho entre manos, pero, después de todo lo que hemos vivido, espero que saques tiempo para mí. Por supuesto, respeto tu tiempo. Al fin y al cabo, eres una chica ocupada. Y el Imperio Loco no espera a nadie.
Volvió a mirarme, y la intensidad de su mirada me dejó clavada en el sitio. El odio en estado puro, la locura, el poder y toda una multitud de emociones que ningún ser humano debería sentir.
—Nos reuniremos mañana al amanecer para nuestro enfrentamiento final.
En la Ciudadela Titán, el verdadero corazón de esta ciudad maldita.
Cuando acabes con esta insignificante invasión de unos necios aún más insignificantes, te enfrentarás a mí.
Y entonces, solo entonces, decidiremos el destino de Hope City.
En aquel momento, el estampido de un rifle resonó desde las filas policiales. Las balas se detuvieron justo delante de El Mentor.
Él se rio y chasqueó los dedos. Una bruma roja brotó cuando los tiradores cayeron y sus compañeros se abalanzaron sobre ellos para intentar salvar a sus necios amigos.
Dio un paso atrás y su cuerpo se desdibujó en el vacío.
—Esta será nuestra batalla final, Kat Drummond. Hagamos que sea espectacular.
Con la misma rapidez con la que había llegado, desapareció en el vacío y dejó al mundo sumido en el silencio.
Nadie hizo el menor ruido. Ni siquiera un murmullo.
Ningún policía ni criminal abrió fuego. Todos habían oído la declaración de El Mentor.
Y todos necesitaban tiempo para asimilar lo que se había dicho.
Hasta que todas las radios de los chalecos y los coches de policía empezaron a atronar al unísono.
Todos los policías se pusieron a escuchar y responder. Palidecieron. Y a la cacofonía del crepitar de la estática y sus voces frenéticas se sumaron murmullos y tonos de llamada a mi espalda.
Desde todas partes oía la misma noticia: Sir Lowry’s Pass había caído. Somerset West había caído. El Imperio se acercaba al centro de Hope City.
La batalla no estaba por llegar. Ya había llegado.
Ante mí, los policías gritaban frenéticamente por sus radios, miraban a sus comandantes y volvían la vista hacia mí. El policía del sombrero estrafalario, el que sostenía el receptor del megáfono, estaba horrorizado. Pálido. No sabía qué decir. Ni qué hacer.
No podía culparlo. ¿Qué haces cuando se acerca el fin?
La mayoría de la gente no lo sabía. Pero yo sí.
Di un paso al frente. Unos cuantos policías me apuntaron con sus armas. La mayoría no se movió. Parecían derrotados. Sin esperanza.
—¡El enemigo está aquí! —grité, mientras mi voz adquiría un volumen sobrenatural al amplificarla Treth con el Vasija.
—Han cruzado la Línea de los Tres Puntos, han arrasado nuestro país y ahora amenazan el mismísimo corazón de nuestra ciudad.
Veo que muchos de vosotros ya os habéis rendido.
¿Para qué seguir? Esta ciudad está en ruinas.
Sus bosques, antaño prístinos, están cubiertos de ceniza.
La sangre corre por sus calles. ¿Para qué defender una ciudad derrotada?
Hice una pausa. ¿Para qué? ¿Para qué enfrentarse a lo inevitable? Sentí que el fuego se alzaba en mi corazón, al tiempo que mi abrigo se inflamaba y me vestía con un infierno.
—Pero no estamos derrotados. Todavía no.
Porque nos hemos enfrentado al terror una y otra vez.
Infinitas veces. He estado junto a muchos de vosotros, hombro con hombro, mientras monstruos y maníacos asediaban nuestra ciudad.
En Observatory, cuando El Señor Necro intentó destruirnos a todos, esta ciudad estuvo al borde del abismo.
Sobrevivimos. Cuando ese hombre que controla el vacío soltó a sus monstruos sobre nuestra ciudad, resistimos.
Cuando Loviatar sumió esta ciudad en la oscuridad, ¡aguantamos hasta que volvió la luz!
No solo yo. No solo unos pocos. ¡Todos nosotros!
Porque no es un solo hombre ni una sola mujer quien mantiene la línea frente a la aniquilación. Somos todos nosotros...
Llegaron varios coches, y vi aparecer a Trudie y su manada, dispuestas a luchar contra la policía pese a oponerse a El Vigía.
Dispuestas a defenderme a pesar de todo lo demás.
Jane se unió a ellas junto a un grupo de ayudantes armados que vestían camisetas de Vote Phoenix .
Llegaron más coches. Cazadores de monstruos y civiles.
Cientos de ellos. Dispuestos a apoyarme aunque yo los hubiera abandonado.
Dispuestos a perdonarme. Y a luchar a mi lado, fuera quien fuese el enemigo.
Habían acudido todos. Volví la cabeza hacia el recinto.
Vi muchos más rostros. El de Brett, lleno de amor.
Los de Cindy y Guy, con una fe inquebrantable en mí.
Heather, cubierta de sangre invisible, pero todavía creyendo en mí.
Y Conrad, que había sido uno de los primeros en encaminarme por esta senda.
En convertirme en la cazadora que era hoy.
Y sus rostros hicieron que mi fuego brillara con más fuerza. Y que mi voz sonara más alta y firme.
—Defiendo esta ciudad porque significa algo para mí.
No es un lugar que gobernar. Ni un lugar que explotar.
Nunca he querido fama. Nunca he querido ser una diosa.
Y no lo soy. Solo soy alguien que se alzó contra la oscuridad.
Y eso no me hace especial. Porque, entre todos estos rostros, puede que vea miedo, pero también veo supervivientes.
Veo entereza. Y veo a un pueblo que jamás se ha rendido.
Pese a todo lo que ha tenido que soportar.
Apreté los puños. Vi los rostros de los muertos. Los que estaban en el Vasija y los que no lo habían logrado. Todos y cada uno de ellos. Nunca se habían rendido. Y yo tampoco lo haría.
—Nunca he querido nada de esta ciudad. Pero ahora pido una cosa.
Que no perdamos la esperanza. Que, cuando esos tanques y esas hordas entren marchando en nuestra ciudad, no cedamos.
Que nos alcemos desafiantes ante la invasión y mantengamos la línea.
Os pido que, penséis lo que penséis de mis actos, defendáis algo más grande que todos nosotros.
¿Una forma de vida? ¿Un país? ¿Una ciudad? ¿Una idea?
Todo.
—Defendeos los unos a los otros —bramé—. Porque hay cosas por las que merece la pena luchar.