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El barco se dirigía hacia el sur de la laguna veneciana. Había algo realmente mágico en salir de Venecia al amanecer con su mayor tesoro escondido en el vientre de un barco de pesca. Rebecca estaba obviamente de buen humor y canturreaba una canción.
“¿Qué estás cantando?”, le pregunté.
“Ciao Venezia, una canción que Umberto da Preda solía cantar. Es muy ñoña, pero me encanta.”
“Me encanta cuando te pones ñoña”, respondí riendo.
“¿Cuál es el plan ahora? ¿David va a notificar el descubrimiento a las autoridades italianas?”
“No lo sé, pero honestamente, no lo creo. Sólo crearía una pesadilla diplomática.”
“Supongo que sí.”
“Pero podemos preguntarle ahora, aquí viene.”
David se acercó a nosotros vestido de nuevo con su ropa negra deportiva.
“Nos preguntábamos”, le dije a David, “qué va a pasar ahora.”
“Bueno, hemos arreglado un bonito vuelo privado para que volváis a Roma. Todas vuestras pertenencias privadas ya están recogidas y esperándoos en un discreto aeropuerto cercano.”
“Pero ¿qué va a pasar con los objetos del Templo?”, preguntó Rebecca. “¿Los vas a llevar a Israel sin nosotros? ¡También somos parte del equipo que los ha descubierto!”
“Es un poco más complicado que eso, me temo”, respondió David.
“¿Qué quieres decir?”, pregunté un poco sorprendido.
“No podemos llevar los objetos del Templo a Israel. Al menos por ahora.”
“¿Qué quieres decir con que no podemos llevarlos a Israel ahora?”, preguntó Rebecca alzando la voz.
“Acabo de terminar de hablar con el Primer Ministro y el Presidente de Israel. Han decidido mantener esta operación en secreto por el momento. Recuerda, es su decisión, no la mía.”
“Pero me da la impresión de que estás de acuerdo con ella, ¿o me equivoco?”, intervine.
“En efecto, estoy de acuerdo con esa decisión.”
“Pero ¿por qué?”
“No puedo decíroslo ahora mismo. Pero no os preocupéis, tendréis la oportunidad de hacer todas las preguntas que queráis al Primer Ministro y al Presidente cuando os reunáis con ellos en Roma esta noche.”
“El Primer Ministro y el Presidente de Israel vienen a Roma hoy?”, preguntó Rebecca con un tono sorprendido.
“Sí. Pero que quede clara una cosa: es un viaje de incógnito y a ambos se os pide cortésmente que guardéis esta información de manera completamente confidencial. Espero poder contar con que seáis tan discretos como podáis, al menos hasta que hayáis hablado con el Presidente y el Primer Ministro.”
“Así que nada de publicar un selfi con la menorá en Facebook, supongo...”, respondí bromeando.
“Bueno, puedes intentarlo, pero comprobarás que vuestros smartphones van a tener problemas de cobertura hasta que lleguemos a Roma.”
“¿Quieres decir que los habéis bloqueado?”, pregunté.
“Digamos que están bajo control. Tanto para vuestra propia seguridad como para la nuestra.”
“Pero...”
“Nada de peros, amigo mío. No podemos arriesgarnos con esta operación. Ahora relajaos y disfrutad del viaje. Os lo habéis merecido completamente.”