El testamento de Elías (Provenance 1) 6
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Cuando atracamos el barco, David nos pidió que permaneciéramos a bordo mientras sus hombres aseguraban el perímetro. Les llevó bastante tiempo hasta que uno de ellos nos dio el visto bueno para desembarcar.

Pese a haber estado precedentemente en la isla, la experiencia de visitarla justo antes del alba tenía un sabor particular. La visibilidad a través del salvaje bosque era casi nula, y pese a las potentes linternas del equipo de David había que medir cada paso para no tropezar con la maleza.

Al llegar a las ruinas del antiguo monasterio, David hizo una señal para que nos paráramos.

“El pozo debe estar no lejos de aquí, no lejos de la costa oeste de la isla”, indicó David.

Continuamos nuestro camino a través de la maleza hasta que llegamos a un pequeño claro en el bosque.

“Hemos llegado. Si os fijáis, allí están los cuatro agujeros de recogida de las aguas pluviales, y aquí debería estar el pozo”, dijo señalando un punto indefinido en medio de la vegetación.

Efectivamente, escarbando entre la hierba y el detritus encontramos las cuatro pilelle agujereadas para permitir el paso del agua pluvial, y en el centro del cuadrado imaginario que formaban, otrora ocupado por el brocal que vimos en casa de Riccardo Favaro,

había una losa que con seguridad había sido puesta allí para evitar que nadie cayera en el pozo.

David cogió el teléfono y mantuvo una corta conversación en hebreo.

Al poco tiempo, los dos tipos más grandes de la tripulación aparecieron trayendo dos largas barras de metal y comenzaron a manipular la baldosa de piedra con ellas.

Al levantarla, todo lo que vimos fue oscuridad.

Entonces David tomó un pequeño guijarro del suelo y lo tiró en el agujero.

Escuchamos un débil chapoteo. David se volvió hacia nosotros con una sonrisa y preguntó:

“¿Habéis buceado alguna vez?”